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Imaginando una potente interposición sacra

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una capitulación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal.»- Papa Francisco, Encíclica Fratelli Tutti, No. 261 (3 de octubre de 2020).

La imagen de la guerra, con su cruda realidad de destrucción y deshumanización, a menudo nos empuja a la desesperanza. Pero, hace un tiempo un hombre sabio me propuso imaginar un escenario que fracturaría esta situación: ¿qué pasaría si, en el epicentro de la vorágine, emergiera un acto de audacia moral tan radical que sacudiera los cimientos de la lógica bélica? En cada hombre, y por extensión en cada sociedad, se libra una lucha perenne entre el bien y el mal. Las guerras, tristemente, no son gestadas por dirigentes como Putin, Trump o Netanyahu por razones humanitarias o en busca del bien común. No debemos ser ingenuos: son impulsadas por la fría ambición de poder político y económico, sin importar en absoluto las vidas humanas que se pierden en la contienda —a veces millones—, las familias truncadas, los desplazados, los mutilados, etc. Esa profunda falta de humanismo es la marca de quienes orquestan la guerra, revelando una perversión en sí misma, motivada exclusivamente por intereses económicos y políticos.

Imaginemos por un instante una escena, quizás utópica en su idealismo, pero profundamente reveladora en su potencia simbólica, en la cual, en medio del intercambio incesante de misiles israelíes e iraníes, más unos cuantos drones y cohetes de los degenerados milicianos de Hamás, el Sumo Pontífice León XIV, con una convicción inquebrantable, decide cruzar las líneas del frente.

En esta visión distópica, casi apocalíptica, veríamos al Papa no en un púlpito o en un palacio apostólico, sino en las ruinas de Gaza, arrodillado sobre el polvo y los escombros que alguna vez fueron hogares, escuelas u hospitales. Su figura, símbolo de una fe que trasciende fronteras y dogmas, se alza frágil pero inmensa frente a la trayectoria inminente de los proyectiles. Con los brazos extendidos, o quizás con las manos juntas en señal de súplica, su voz resuena en un grito desesperado que busca ahogar el estruendo de esta ambiciosa guerra: «¡NO! ¡Haya paz!» Su presencia, un faro de humanidad en el epicentro de la barbarie, se interpone físicamente entre la furia de los misiles y la desolación de las ciudades asediadas y sus habitantes desahuciados. Proponer que el Papa lidere personalmente y de cuerpo presente en el conflicto, es un «decir basta» rotundo al mal, a la destrucción sin sentido, a la perversión inherente a la guerra.

Este acto, cargado de una inmensa fuerza moral y espiritual, nos obliga a contemplar la esencia de la guerra y la delgada fibra de nuestra humanidad. ¿Sería la figura del Papa, encarnación de la moral y la compasión universal, suficiente para que los dedos de quienes aprietan los gatillos duden? ¿Detendría un piloto de un F-16 o un operador de dron su misión al ver la silueta de León XIV en el objetivo, o los milicianos de Hamás pausarían sus lanzamientos al presenciar tal sacrificio? Esta hipotética interposición no solo detendría el fuego, sino que pondría a prueba la misma lógica de la beligerancia, preguntándonos si hay un límite moral que ni siquiera la brutalidad del conflicto se atrevería a cruzar. La situación nos confronta con la tesis de Carl von Clausewitz, quien en su obra fundamental De la Guerra (1832) afirmó que «la guerra no es más que la continuación de la política con otros medios». Si este acto del Sumo Pontífice tuviera éxito en detener la violencia, ¿significaría que la política y la moralidad tienen un medio superior, capaz de trascender la propia guerra?

La imagen del Papa en el campo de batalla no es meramente un acto de heroísmo, sino una provocación profunda a las conciencias e intereses. Algunos podrían tacharlo de ingenua quijotada, un gesto insignificante ante la implacable maquinaria de guerra y los intereses geopolíticos. Sin embargo, otros lo percibiríamos como un acto de valentía suprema, una manifestación pura de la conciencia moral que busca despertar la humanidad dormida en el fragor de la batalla. Esta acción radical nos fuerza a inquirir sobre la prevalencia de los imperativos morales frente a la inercia de la estrategia militar y la seguridad nacional. ¿Podría la empatía y la compasión dictar una pausa, un momento de reflexión que rompa el ciclo de la venganza?

La posibilidad de un acto así, de un líder espiritual interponiéndose físicamente en un conflicto armado, no es enteramente ajena a nuestro imaginario cultural. Se vienen a mi mente dos escenas sublimes de la ficción, como las retratadas en la aclamada serie «The Young Pope», donde el enigmático Pío XIII (Jude Law) avanza con una calma sobrenatural hacia una escuela con niños rehenes, logrando que su sola presencia detenga el enfrentamiento. De manera similar, en «The New Pope», presenciamos a un ficticio Juan Pablo III (John Malkovich) confrontando el horror crudo de un devastador ataque terrorista al visitar el lugar mismo de la tragedia, donde su voz se eleva en un potente y desgarrador «¡No!» ante la violencia y el sufrimiento allí vertido. Estas representaciones cinematográficas, si bien no se acercan a la realidad, anclan la poderosa idea de que una figura inmensa de autoridad moral, incluso desprovista de poder material, puede ejercer una influencia transformadora. Nos invitan, en definitiva, a considerar si esa potente fuerza simbólica, esa profunda fe en la conciencia ajena, podría efectivamente trascender el cálculo brutal de la guerra e inspirar un cese a la violencia.

Más allá de una interrupción momentánea, la cuestión fundamental radica en si un acto simbólico podría catalizar un cambio real en la dinámica del conflicto. ¿Podría sembrar la semilla de una reflexión más profunda en los líderes y las poblaciones, obligándolos a confrontar el costo humano y moral de sus acciones? Para las poblaciones civiles, ya sea en Gaza, Irán o Israel, este gesto podría ser la materialización de una esperanza largamente anhelada o, paradójicamente, una dolorosa revelación de la impotencia ante la barbarie. Mediante esta ficción reflexiva y su correspondiente simbología poderosa, se nos invita a considerar si la mera figura de autoridad espiritual podría forzar un replanteamiento de los objetivos bélicos y un retorno a la senda de la democracia o la confirmación de la decadencia total de la humanidad en su conjunto.

La puesta en escena de un acto tan disruptivo debe ser, para ser verdaderamente contundente y efectiva, necesariamente sorpresiva, impidiendo que los servicios de inteligencia puedan neutralizarla. Su difusión debe ser universal y en directo, garantizando que el mundo entero sea testigo de la interposición. Y el Pontífice no debería estar solo: su figura ha de ir acompañada de las verdaderas víctimas del conflicto, posicionándose en el lugar central de los hechos. Esta imagen busca no solo hacer reflexionar a aquellos «perversos» que dirigen la guerra, sino algo mucho más potente: busca movilizar a la humanidad toda, que no quiere ni necesita ninguna guerra, y hacer que diga «¡basta!» —y basta para siempre. En ese sentido, la potencia de la figura papal, como bien señalaba un personaje como Voiello en la ficción precitada, reside en la conciencia colectiva de sus mil quinientos millones de seguidores. Un ataque a su líder, en tal circunstancia de simbolismo puro, no sería perdonado, despertando el corazón y la mente de millones de cristianos y católicos que quizás hoy profesan una fe teórica, una caridad de pacotilla. ¿Qué clase de caridad cristiana es ver que matan a millones de indefensos por intereses espurios, para luego irme a la cama a rezar un par de avemarías y dormir como un tronco, inmerso en un absoluto individualismo cínico? El cristiano cree que la vida sigue igual, y no es así; los que mueren y sufren son semejantes, hermanos en Cristo.

La pregunta sobre la efectividad de una interposición papal se extiende con igual urgencia al conflicto entre Ucrania y Rusia, donde la devastación, el desplazamiento masivo y la pérdida de vidas son una constante diaria. Aquí, la complejidad es aún mayor, con una confrontación de gran escala entre potencias militares y una dimensión territorial y soberana ineludible. ¿Qué forma tomaría una acción significativa del Pontífice en este escenario?

Si León XIV decidiera visitar las ruinas de Mariupol o interponerse en la línea del frente en el Donbás, su acto no solo sería un grito moral, sino un desafío directo a la Realpolitik que subyace a la invasión. Su presencia allí, desarmada y vulnerable, podría exponer la cruda verdad de la agresión y la resistencia, forzando a los actores a confrontar la humanidad de sus adversarios. ¿Sería la conciencia del liderazgo ruso o ucraniano, por un instante, capaz de anteponer la vida humana a los objetivos militares o territoriales? La historia nos ha mostrado que, en la brutalidad de la guerra moderna, incluso los símbolos más poderosos pueden ser ignorados o utilizados para la propaganda mezquina. Sin embargo, el riesgo de dañar una figura tan venerada podría ser un cálculo político de alto costo, capaz de influir en las decisiones de ataque o defensa.

Estas hipotéticas interposiciones, ya sea en Gaza o en Ucrania, plantean la cuestión de la autoridad moral en un mundo secularizado y multipolar. ¿Tiene la fe aún el poder de detener las balas? La visión de un líder espiritual arriesgando su vida por la paz no solo desafía a los beligerantes, sino que interpela a la comunidad internacional. Demuestra que la inacción no es una opción, que la indiferencia es complicidad y que la búsqueda de la paz es una responsabilidad compartida, no delegable solo a la diplomacia o militar. En los actuales escenarios de devastación, la figura del Pontífice se erige como un recordatorio de que, más allá de la política y la geopolítica, persiste una dimensión trascendente de la moralidad humana, una que clama por el fin del avasallamiento impune y asqueroso sobre la dignidad humana.

Ahora bien, no solo en el cine y las series podemos encontrar aliento. La historia de la Santa Sede está marcada por numerosos esfuerzos por mitigar conflictos, a menudo a través de una diplomacia discreta pero persistente. Un ejemplo paradigmático lo tenemos nosotros mismos, los argentinos, en la mediación de Juan Pablo II en el conflicto del Beagle con Chile a finales de los años 70 y principios de los 80. Cuando ambas naciones estaban al borde de una guerra por la soberanía de unas islas en el Canal de Beagle, la intervención de Su Santidad, a través de su enviado personal, el cardenal Antonio Samoré, logró detener las operaciones militares y sentar las bases para un tratado de paz que evitó un derramamiento de sangre masivo. El Papa actuó como un árbitro moral y político a la distancia, utilizando el peso de su autoridad moral y espiritual para facilitar el diálogo y el entendimiento entre gobiernos militarizados.

Sin embargo, el acto que imaginamos en Gaza, Irán o Ucrania trasciende con creces esta diplomacia tradicional. No se trata de una mediación negociada desde los confines del Vaticano, ni del envío de un emisario con mensajes de paz. Se trata más bien de una interposición in situ, un acto de presencia física vulnerable y directa en el epicentro de la confrontación. Esta diferencia es crucial, porque el Papa, en nuestra hipótesis, no busca sólo el cese de las hostilidades a través de la negociación, sino que se convierte él mismo en el punto de fricción moral, en el obstáculo humano para la continuación de la violencia. Es un cambio de paradigma: de la influencia diplomática a la encarnación viva del imperativo de la paz. Este gesto, si bien puede parecer desesperado, es en su esencia un llamado a la conciencia que busca despertar una respuesta humana inmediata, incluso cuando las estructuras políticas y militares parecen haber olvidado el valor intrínseco de cada vida. En la historia hemos visto que al mundo lo han dirigido muchos perversos, malignos, que destruyen vidas como si ellos fueran los que deciden quiénes viven y quiénes mueren. Nadie les debe haber dado esa facultad, sino que la han tomado ellos mismos gracias a la imbécil pasividad de los buenos, de ese famoso rebaño de «boludos» que no hacen nada. Pues bien, es hora de que alguien se les pare de manos, y el Papa es el indicado.

En definitiva, amigos míos, la imagen de un Pontífice arrodillado entre misiles, gritando por la paz en las ruinas de la desolación es, en su raíz, un acto de fe. No solo fe religiosa, sino fe en la capacidad de la humanidad para detener su propia autodestrucción. Este escenario hipotético-ficticio, que desafía la lógica implacable de la avaricia geopolítica, subraya una verdad fundamental a menudo subestimada en el cálculo del poder: la inmensa autoridad moral que una figura como el Papa puede ejercer.

Más allá de la oración y de los llamados a la paz emitidos desde el balcón de San Pedro, León XIV posee una investidura única, apoyada por una comunidad de más de mil quinientos millones de católicos en todo el mundo. Esta vasta congregación no es solo un número; es una red de influencia espiritual y moral que impregna sociedades y culturas y, en última instancia, las conciencias individuales de millones de personas, incluyendo a muchos de aquellos que están en posiciones de poder. El poder de interceder, de movilizar la conciencia global y de personificar el clamor por la paz, no debe ser subestimado. Cuando la diplomacia corrupta tradicional languidece y la razón estratégica prevalece sobre la vida humana, un gesto de tal magnitud, una interposición in situ que desafíe la sed de muerte de la guerra, podría ser el catalizador inesperado que rompa con el ciclo interminable de la violencia naturalizada. Cristo en su momento hizo esto: se expuso a las fuerzas del mal para crear la doctrina del amor y de la paz. No podemos seguir pidiendo amor y paz a los perversos en forma «elegante», ingenua diría, porque se nos ríen en la cara. Pero ponerlos en ridículo, en la posición de tener que decidir si atacar cuando el mismísimo Papa está «poniendo el pecho a las balas», no solo hace reflexionar a los perversos, sino algo mucho más potente: hace que la humanidad diga “¡basta!”. Es también el recordatorio de que los seres humanos, incluso en sus momentos más oscuros, albergamos la capacidad de elegir la compasión sobre la confrontación, la razón sobre la venganza y la paz sobre el abismo del exterminio.

Lisandro Prieto Femenía
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina

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Analizando la arquitectura del abismo geopolítico- Lisandro Prieto Femenía

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“La violencia, al ser por naturaleza instrumental, es racional solo si es efectiva para alcanzar el fin que debe justificarla”- Hannah Arendt (1970, p. 79).

El acontecimiento que nos ocupa hoy exige situarlo en el terreno de la reflexión política y moral antes que en el mero registro periodístico de versiones de supuestos hechos. El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a objetivos iraníes no es una simple maniobra táctica, sino una acción que plantea una tensión imposible de soslayar entre el derecho a la autodefensa y el principio de soberanía de los Estados. Cuando las potencias recurren a la fuerza con la pretensión de neutralizar amenazas, la cuestión no se agota en la eficacia militar, sino que reabre interrogantes profundos sobre la legitimidad, la racionalidad instrumental y las consecuencias imprevisibles de esa acción. El discurso oficial presenta la operación como una respuesta necesaria para eliminar peligros inminentes, pero esta narrativa me resulta insuficiente si no se explicitan criterios claros que justifiquen por qué la violencia es preferible a la contención, la negociación o los canales multilaterales.

La guerra en sí, como instrumento político, tiene la particularidad de transformar la temporalidad de la decisión: la imposición de la fuerza acorta deliberaciones que, en condiciones pacíficas, requerirían procedimientos institucionales más amplios. Esta condensación temporal, demás, traslada la responsabilidad moral desde el espacio compartido de la política a la esfera de la decisión ejecutiva. Quienes autorizan bombardeos en nombre de la seguridad nacional o global asumen, con ello, la potestad de definir enemigos y objetivos, una potestad que debería ser objeto de escrutinio público y jurídico previo. Al respecto, resulta imperativo rescatar lo que Hannah Arendt señala en su obra “Sobre la violencia” (1970), donde advierte que la violencia aparece allí donde el poder está en peligro, pero en su propio ejercicio termina por socavar la base misma de lo político. La autora sostiene con lucidez que “donde la violencia ya no es respaldada y limitada por el poder… se produce un cambio de dirección: la meta ya no es la potencia, sino la destrucción” (Arendt, 1970, p. 52).

Esta potestad de definir al enemigo nos remite inevitablemente a la tesis de Carl Schmitt en su obra “El concepto de lo político” (1932), donde postula que la distinción específica a la que puede reducirse el accionar político es la distinción entre el amigo y el enemigo. Para él, “soberano es quien decide sobre el estado de excepción” (Schmitt, 1922/2009, p. 13), y esa distinción no es una cuestión de derecho, sino de pura autoridad que se manifiesta precisamente cuando el orden normal se suspende. Pues bien, el ataque a Irán es un reflejo de esta lógica schmittiana en su estado más puro: el Ejecutivo de dos países no sólo identifica una amenaza, sino que, al designar al “otro” como enemigo absoluto, lo sitúa por encima del marco normativo internacional para actuar en un vacío legal autopercibido como legítimo.

Para comprender la naturaleza del actor atacado, es preciso analizar la estructura del poder en Irán, definida como una República Islámica Teocrática donde la ley religiosa prevalece sobre la civil. El mando supremo recae en el Líder Supremo (Ayatolá), un cargo vitalicio que concentra el control total de las Fuerzas Armadas, la Guardia Revolucionaria, casi la totalidad de las empresas públicas y los servicios de Inteligencia, supervisando además al Consejo de Guardianes que veta leyes y candidatos. Esta jerarquía clerical constituye el centro real del poder, operando bajo una lógica antioccidental que busca la eliminación de lo que denominan el “régimen sionista”, financiando para ello a milicias regionales como Hamás, Hezbolá y los Hutíes. La ofensiva actual busca, según los comunicados de Washington y Tel Aviv, “aniquilar” este régimen y su industria de misiles para terminar con lo que consideran una “amenaza existencial”.

Sin embargo, esta audacia estratégica no ocurre en un vacío geopolítico, sino que parece encontrar su condición de posibilidad en la erosión de los equilibrios de poder globales. La incursión norteamericana e israelí cobra una dimensión distinta si se analiza bajo la premisa de que sólo ha sido ejecutable gracias a la “distracción” de Rusia en su propio frente bélico contra Ucrania. Este desplazamiento de la atención y los recursos rusos ha generado un intersticio de impunidad para los intereses de Washington y Tel Aviv en Oriente Medio. Al respecto, es pertinente rescatar los aportes de Zygmunt Bauman, particularmente en su obra “Varianza de la modernidad” (2007), en la que sostiene que “el poder se mueve con la velocidad de la señal electrónica (…) y la capacidad de actuar depende de la capacidad de escapar a la mirada o a la interferencia del adversario” (Bauman, 2007, p. 112). En este sentido, la guerra en Ucrania funciona como una pantalla de invisibilidad relativa que permite a la coalición occidental reconfigurar el mapa global sin la habitual contrapresión efectiva del Kremlin.

A este complejo tablero se suma la desconcertante pasividad de una Europa que contempla el conflicto como un asunto lejano, ajeno. Jürgen Habermas, en ¡Ay, Europa! (2009), nos advierte que “una Europa que sólo se preocupa por sus propios equilibrios económicos internos corre el riesgo de volverse irrelevante en la defensa de un orden cosmopolita basado en el derecho” (Habermas, 2009, p. 84). Esta omisión convalida indirectamente la ley del más fuerte, manifestándose de forma dramática en la Organización de las Naciones Unidas. Ante los ojos del ciudadano común y de las víctimas mortales de toda guerra, la ONU parece hoy una entidad con los ojos vendados, incapaz de frenar la omnipotencia prepotente de actores que operan bajo sus propios métodos. Sobre éste aspecto en particular, Hans Morgenthau ya anticipaba esta fragilidad en “Política entre las naciones” (1948), al sostener que “el derecho internacional es un derecho descentralizado cuya efectividad depende en última instancia del equilibrio de poder” (Morgenthau, 1948/1986, p. 312).

En esta instancia del texto es fundamental precisar que esta reflexión no busca tomar partido por una facción o ideología específica. No se trata aquí de ser pro-palestino, pro-sionista o pro-norteamericano. Recordemos que en filosofía la tarea no es el alineamiento dogmático, sino la reflexión crítica en pos del bien común y la dignidad humana. Como seres supuestamente pensantes que somos, debemos defender que ni una sola gota de petróleo ni ningún pedazo de tela triste- como lo son las banderas que se usan para justificar exterminios- valen más que una vida humana. El imperativo ético nos obliga a exigir que las reglas claras del derecho internacional recuperen el vigor que nunca debieron perder. En su ensayo “Sobre la paz perpetua” (1795), Immanuel Kant planteaba que el derecho internacional debe fundarse en un federalismo de Estados libres y no es el dominio de uno sobre otro, pues “el estado de paz entre hombres que viven juntos no es un estado de naturaleza, que es más bien un estado de guerra (…) debe, por tanto, ser instaurado” (Kant, 1795/2012, p. 66). La recuperación de este marco legal no es una opción diplomática, sino una necesidad para salvaguardar los derechos universales de todos los seres humanos frente a la arbitrariedad del poder técnico y militar.

Ahora bien, tampoco podemos olvidar el contexto iraní, puesto que no representa un objetivo estratégico: es un actor cuya soberanía ha sido históricamente tensionada. La República Islámica se sitúa en una encrucijada donde su estructura estatal es el blanco de una lógica de “fuerza máxima” que ignora la complejidad interna de su sociedad. Al golpear objetivos en suelo iraní, se ignora que la legitimidad de una acción estatal está íntimamente ligada a la minimización de daños injustos. La vulnerabilidad de la infraestructura civil iraní subraya una asimetría que no sólo es bélica, sino profundamente ética.

Paralelamente, en esta arquitectura de la excepción, el rol de los medios masivos de comunicación y las redes sociales resulta determinante como aparato de resonancia y legitimación. Los medios no sólo transmiten los hechos, sino que participan en la normalización de la excepcionalidad, convirtiendo la emergencia en un régimen permanente. Por su parte, la inmediatez de las redes sociales atomiza la reflexión, transformando el horror en un espectáculo de consumo rápido y masivo que erosiona la capacidad de escrutinio. Esta dinámica nos introduce en la problemática de la racionalidad instrumental, donde el pensamiento se reduce al cálculo de medios para fines. Arendt explora esto en “Eichmann en Jerusalén” (1963) señalando que “cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar” (Arendt, 1963/2003, p. 74). La “banalidad” se manifiesta cuando el bombardeo se procesa como un dato logístico y la destrucción de centros urbanos se convierte en una variable estadística que se vende como “necesaria”.

Lejos de blindar respuestas concluyentes, y siendo fieles al espíritu filosófico crítico que no se deja endulzar por ninguna ideología dominante, procedemos a preguntar: ¿puede la comunidad internacional recuperar instrumentos de justicia que impidan que las decisiones de guerra queden circunscritas a ejecutivos que actúan conforme al régimen de la excepción? Ante la evidente inoperancia de los organismos internacionales, ¿estamos asistiendo al acta de defunción del derecho como regulador de la convivencia humana o seremos capaces de restaurar un orden donde la vida prevalezca sobre el interés geopolítico? Si aceptamos que la dignidad humana es innegociable, ¿cómo justificamos el silencio ante una racionalidad técnica que sustituye el pensamiento por el automatismo de la destrucción?

En definitiva, amigos míos, ¿es posible reconstruir una ética política global basada en la alteridad cuando el rostro del otro desaparece bajo el cálculo de una conveniencia oportunista? ¿Qué queda de nuestra integridad si permitimos que el estruendo de los misiles y la ceguera de las banderas apaguen definitivamente la voz de la razón pública y el respeto por lo sagrado de la existencia humana?

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1970). Sobre la violencia (G. Solana, Trad.). Alianza Editorial.

Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).

Bauman, Z. (2007). Varianza de la modernidad. Paidós.

Clarín. (1 de marzo de 2026). Estados Unidos e Israel atacan Irán. Recuperado de https://www.clarin.com/mundo/estados-unidos-israel-atacan-iran-vivo-fuerzas-defensa-israelies-identificaron-misiles-iranies-lanzados-territorio_0_2i8KD05K54.html

El País. (2 de marzo de 2026). Última hora del ataque de EE UU e Israel contra Irán, en directo. Recuperado de https://elpais.com/internacional/2026-03-02/ultima-hora-del-ataque-de-ee-uu-e-israel-contra-iran-en-directo.html

Habermas, J. (2009). ¡Ay, Europa! (P. Madrigal, Trad.). Trotta.

Kant, I. (2012). Sobre la paz perpetua (J. Abellán, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1795).

La Nación. (28 de febrero de 2026). EEUU e Israel lanzan ataques contra Irán. Recuperado de https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/paso-a-paso-como-fue-el-ataque-de-eeuu-a-iran-y-como-se-llego-hasta-aca-nid28022026/

Morgenthau, H. J. (1986). Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz (F. J. Perea, Trad.). Grupo Editor Latinoamericano. (Obra original publicada en 1948).

Schmitt, C. (2009). Teología política (F. J. Conde y J. L. Villacañas, Trads.). Trotta. (Obra original publicada en 1922).

NOVEDADES: Ya está disponible la nueva sección de «Cine y filosofía» con artículos sobre las piezas cinematográficas más importantes de la historia y su correspondiente análisis filosófico,estético, político, existencial y cultural relacionado con nuestro presente. Para adquirir dichas reflexiones contactar por privado.

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Centroamérica crece, pero la pobreza y las desigualdades persisten

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47, 730 millones de dólares fue la suma que llegó a la subregión en 2025 producto del envío de remesas, principalmente de los Estados Unidos, según estimaciones y datos de los bancos centrales de los países del Istmo. Yo no sé contar hasta ahí. De ese “pisto”, más de la mitad, un 65% fue destinado al consumo. Lo otro, mal que bien, a inversión de capital y uno que otros emprendimientos. Casi todo se va por el mar del ostracismo, porque a lo que nada nos cuesta, hagámosle fiesta, mientras “el otro” doblando el lomo por allá y los demás en francachela permanente. “Así no hay toro que llegue a buey”.

Los tres países que más recibieron remesas fueron, en orden: Guatemala, El Salvador y Honduras. Tres naciones que conforman el llamado “Triángulo Norte” de Centroamérica.

Guatemala: Lideró la región con un récord de $25,530.2 millones. El Salvador: Recibió un total de $9,987.91 millones, lo que equivale al 20.9% del total del Triángulo Norte. Honduras: Se posicionó en tercer lugar con una cifra cercana a los $9,826 millones (según proyecciones oficiales y datos preliminares de cierre del año). Fuera del Triángulo Norte, Nicaragua, ocupa la cuarta posición regional con ingresos que superan los $5,000 millones anuales.

Aquí esta lo interesante, solo en El Salvador, de todo ese dinero recibido en los 12 meses del año 2025, sigue siendo bajo o ínfimo: Inversión Directa: Históricamente y según reportes de inicios de 2026, solo aproximadamente el 1.3% de las remesas se utiliza específicamente para fines de inversión.

Emprendimiento: Una parte de los recursos se canaliza hacia pequeños negocios y la inversión en vivienda o educación, aunque el Banco Central de Reserva (BCR) destaca, que la mayoría se destina “a cubrir gastos de alimentación y necesidades personales”. Porque como son naciones con demasiadas carencias, el que está fuera, es el que provee la manutención y otros gastos de los familiares que se quedan en el lar nativo. Por eso es, que usted ve todos los días “los Malls” llenos de lunes a domingo, de personas haciendo compras de las más variadas.

Considerando el total de $9,987.9 millones, la inversión directa (basada en el 1.3%) rondaría los $130 millones, sin contar la inversión indirecta en activos fijos como inmuebles. Ya que, en este momento, la inversión inmobiliaria de este país esta sustentada por los “hermanos lejanos”, que son los que llevan la carga de “este grupo de mantenidos”. Así ha sido desde que empezó la migración de los países del “Triángulo Norte” por allá en los años 80, debido a las situaciones de inestabilidad política que acarrearon inestabilidad social, producto del laboratorio que fue esta parte del mundo por las potencias hegemónicas de Rusia y Estados Unidos en la llamada “cool war”.

Como se le vea, las remesas representan el 24% del PIB salvadoreño y son el motor principal del consumo doméstico. El gobierno ha señalado que sigue siendo un reto («imperativo») incentivar que estos flujos se muevan del consumo hacia la inversión productiva.

Pero a pesar del bajo uso directo de las remesas para emprender, el sector de la MYPE (Micro y Pequeña Empresa) cerró 2025 con un aumento de 8.5 puntos en su índice de confianza, siguiendo con las estadísticas del BCR, lo que sugiere un entorno favorable para quienes deciden invertir sus ahorros o remesas en nuevos negocios, y esto es un aliento para el sector empresarial que ve una pujanza en sectores como turismo: Impulsado por proyectos de infraestructura nacional. Tecnología: Crecimiento en servicios digitales y comercio electrónico. Salud: Mayor demanda de servicios privados especializados.

Eso es para El Salvador, que, bajo el esquema de la nueva meca de la seguridad en la subregión, muchos salvadoreños, de la vieja guardia, así como de las nuevas generaciones de emprendedores, ven ahora una oportunidad para regresar al país y emprender lo que siempre soñaron, un negocio en su terruño, sabiendo que se sienten seguros de su seguridad.

Con Guatemala y Honduras la ecuación no pinta igual. Estos países están pasando por momentos muy álgidos respecto de la cuestión ciudadana y la incertidumbre de vivir en constante acoso por los grupos delincuencias y las pandillas. Honduras, con sus enormes riquezas naturales igual se podría decir de Guatemala, viven horas de angustias y los que se fueron, no ven el poder regresar y emprender, y los que se quedaron y esperan que sus deudos le sustenten viven con “el credo en la boca”, porque no saben en qué momento les va a tocar enfrentar lo indescifrable, la violencia.

Tal vez Nicaragua, con su régimen tan particular campea la violencia de las pandillas y la gente trata de acostumbrarse a la vida que lleva así, pero en lo económico, quizás, son los que tienen algunas cosas más que aseguradas, por ejemplo, la salud y la educación, por lo que dijimos atrás, es una sociedad que esta permeada por una condición especial, pero los emprendimientos con el dinero que les llega a los Nica por concepto de remesas, no es lo que prima y siguen siendo presas de la ayuda oficial y se una situación cuasi calamitosa, no hay crecimiento y viven en una especie de limbo social, esperando hasta que Dios quiera que los saque de donde están.

Los Ticos, se jactan de ser un país de adelantos y que ellos difícilmente emigran y reciben “unos molongos” para subsistir de parte de algún familiar, pero en los últimos años, no ha ido bien la cosa, pues de ser “la Suiza de América”, ya no saben ni lo qué es. Crecen las pandillas, los asesinatos, los atracos, en una frase: la inseguridad ciudadana, a tal punto que Rodrigo Chaves, el actual presidente, le ha pedido ayuda a Nayib Bukele sobre la seguridad y entre las promesas de campaña que hizo su pupila Laura Fernández que ganó, fue seguir la construcción de la mega cárcel réplica del CECOT de El Salvador.

Costa Rica registró 873 homicidios en 2025, posicionándose como el tercer año más violento en la historia del país, con un promedio de 2,4 asesinatos al día. Aunque la cifra representa una leve disminución de 3 casos respecto a 2024, la violencia se mantuvo sostenida, impulsada principalmente por el narcotráfico y el sicariato. Y eso ha ido alejando a la inversión extranjera que veía a esta nación como la tierra prometida de Centroamérica. ¿Hacia qué país corre esta inversión? Hacia la República Dominicana y algunas naciones del sudeste asiático, así como Bangladéh y Sri Lanca, donde la mano de obra “es un atraco”.

Bajo este panorama, la CEPAL proyecta un escenario desafiante para Centroamérica hacia 2026, caracterizado por “un bajo crecimiento económico y el riesgo de que la pobreza persista debido a la pérdida de dinamismo en el consumo y la demanda externa”. Aunque la pobreza regional mostró una leve reducción en 2024 (25.5%), la región, incluyendo a países con altas tasas como Honduras y Guatemala (49.8% y 47% respectivamente), sigue lastrada por la desigualdad y alta vulnerabilidad climática.

Piénsese en esta “dos últimas temporadas de inviernos”, donde tanto los fenómenos de “el niño como la niña” han hecho estragos en países tan vulnerables como Honduras y Guatemala, y tantos las veleidades del clima, como el abandono estatal a los sectores productivos del campo han hecho que más gente de las zonas rurales y subrulares caigan en algún nivel de pobreza. Y eso, que, en los gobiernos de la izquierda del El Salvador, entiéndese el FMLN, la pobreza extrema cayó bastante: “La pobreza se redujo significativamente, con cifras que señalan una disminución de la pobreza extrema del 12% al 4.5% de los hogares, y una reducción general de la pobreza de aproximadamente 15 puntos porcentuales”, según análisis económicos y datos de la época.

Siguiendo con las estadísticas de la CEPAL, la pobreza por ingresos en América Latina y Centroamérica se estimó en 25.5% en 2024, alcanzando su menor tasa, pero con una «lenta tendencia a la reducción». Según el organismo, “persisten tasas altas de pobreza, con Honduras y Guatemala mostrando niveles significativamente elevados, mientras Costa Rica registra niveles inferiores”.

La CEPAL advierte que, “la baja calidad del empleo, la informalidad, la inversión limitada en infraestructura y la alta vulnerabilidad a crisis climáticas obstaculizan la reducción de la pobreza en la subregión”. Por último, este organismo multilateral sentencia que: “La pobreza en la región ha vuelto a niveles prepandemia, pero enfrenta un estancamiento en la reducción de la desigualdad”. Aun y con todo el dinero que está llegando producto de las remesas, pero si se usa para “vivir en francachela permanente”, y no se invierte, poca esperanza hay. Aunque hay que decirlo, ahora se están invirtiendo los papeles gracias a la embestida de Trump con los inmigrantes y más de uno están mandando “los dolaritos” no para que sus familiares vayan a comerse “un pollo Campero”, sino para que se pongan a rendir, por lo que pueda venir si cualquier día de estos llega el ICE y les dan una patada por C, y les echa del paraíso.

Dionisio De Jesús
Diplomático, poeta

Dionisio de Jesús. Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Estudió educación, mención filosofía y letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Realizó estudios de Postgrado en Mercadeo en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), donde impartió docencia; obtuvo Maestría en Mercadeo, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, (PUCMM), donde también fue docente y terminó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en España, Young & Rubicam, Madrid, España, homologada por la Universidad Complutense. Diplomado en Diplomacia Cultural, auspiciado por la Cancillería de Costa Rica, la Cancillería de El Salvador y la Embajada de la República Dominicana en Costa Rica. Cursó una Especialización en Negociación y Diplomacia Climática, Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular, INESDYC, Cancillería de la República Dominicana. Taller-Diplomado: “Conociendo la Institucionalidad del SICA”, impartido por el Instituto Centroamericano de Administración Pública-ICAP, la Embajada Dominicana en Costa Rica. Diplomado y Especialización sobre el Sistema de la Integración Centroamericana, Niveles I y II, auspiciado por la Cancillería de El Salvador, Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, Vicepresidencia de El Salvador y la Fundación Alemana, Hanns Seidel Stiftung., pendiente presentación trabajo final para optar por el grado de Maestría. Ha publicado 12 libros de poemas; sus textos han sido antologados en más de 15 antologías en República Dominicana y el extranjero. Laboró como Director Creativo en las más grandes y prestigiosas agencias de publicidad de su país, entre los años de 1987-2004. Ha sido profesor de marketing, publicidad y comunicación en universidades de República Dominicana y El Salvador. Ha sido consultor de campañas políticas en su país, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras, entre los años 2000-2025. Produce desde El Salvador, el Podcast:” Bitácora Centroamericana y Caribeña”, cada lunes a las 7:00 PM, hora de El Salvador, trasmitido por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV.

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El rugido de la vulgaridad como liturgia del poder- Lisandro Prieto Femenía

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“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

Para comprender la naturaleza hiperreal de este fenómeno patético, Jean Baudrillard ofrece una perspectiva desoladora pero precisa sobre la disolución de “lo político”. Lo que presenciamos en el estrado no es política en el sentido clásico de la gestión de lo común, sino su simulacro, es decir, una puesta en escena donde el grito y el insulto sustituyen a la acción real. Baudrillard sostiene que hemos entrado en una fase donde el signo ya no representa una realidad, sino que la precede y la constituye, en lo que él denomina la “precesión de los simulacros”. En este sentido, el berrinche presidencial es una “obscenidad” en términos baudrillardianos: la exposición total y cruda de lo que debería permanecer en la esfera de lo privado (el odio, el impulso ciego, el exabrupto) para saturar el espacio público hasta volverlo irrespirable. Asimismo, el autor afirma con contundencia que “lo obsceno es lo que pone fin a toda mirada, a toda imagen, a toda representación. No es lo que se oculta, sino lo que se exhibe con demasiada proximidad, lo que no deja lugar a la escena” (Baudrillard, J., 1978, Cultura y simulacro, p. 74). Al llamar “ratas” a los legisladores, se rompe la escena política de la representación- basada en el respeto a la investidura y la alteridad- y se instala la obscenidad de un poder que sólo sabe mostrarse a través del impacto violento, anulando cualquier profundidad deliberativa y dejando al ciudadano en un estado de fascinación hipnótica ante el desastre.

Esta puesta en escena del agravio revela, fundamentalmente, una profunda infantilización de la política. Un presidente que se expresa a través de arrebatos de enojo perpetuo, los gritos y los insultos- gestos propios de la etapa pulsional del desarrollo- no es más que la metáfora de una inmadurez sistémica en la que está embebida una sociedad que ha abandonado el ejercicio del pensar. Neil Postman, en su análisis sobre la degradación del discurso público, advertía que cuando la política se convierte en una extensión del espectáculo, el contenido desaparece en favor del impacto visual y emocional primario. Puntualmente, nos dice que “cuando un pueblo se confunde con una audiencia y sus asuntos públicos en un vodevil, entonces la nación está en peligro; la cultura muere porque la gente no sabe de qué se ríe ni por qué ha dejado de pensar” (Postman, N., 1991, Divertirse hasta morir, p. 161). Pues bien, en la actualidad, el grito presidencial es el aplauso que reclama una sociedad minorizada que prefiere la gratificación inmediata de la ofensa- el “berrinche” que castiga al enemigo- antes que el esfuerzo laborioso, lento y racional de la argumentación crítica. La madurez política, que implica reconocer la complejidad y la legitimidad del disenso, ha sido canjeada por una catarsis adolescente que confunde la agresión con la fortaleza.

A este escenario se suma un abismal quiebre generacional, moral y político que fractura la experiencia compartida de la realidad. Mientras la juventud del siglo XXI, criada en la inmediatez de las redes y la lógica del trolling, parece haber asimilado estas expresiones como formas legítimas de “disrupción” o “rebeldía” contra un sistema percibido caduco, quienes hemos habitado este mundo por más de tres décadas asistimos a esta naturalización con una complejidad que raya la angustia. No se trata de una resistencia conservadora al cambio, sino de una incomprensión de fondo ante la caída de los diques éticos del lenguaje. Para Baudrillard, ésta es la era de la “disolución de lo social”, donde los vínculos se vuelven transparentes, gélidos y puramente operativos e instrumentales. La violencia verbal ya no causa escándalo porque se ha convertido en una “hiperrealidad” mediática donde el dolor del otro no se siente como real. También, según Zygmunt Bauman, esta desconexión produce una fractura política donde “la comunicación electrónica permite que la agresión fluya sin el freno que antes imponía el reconocimiento del rostro del otro” (Bauman, Z., 2005, Ética posmoderna, p. 184). Esta perplejidad ante la violencia naturalizada nos deja inmovilizados: la sensación de no entender nada no es falta de inteligencia, sino la orfandad de no reconocer ya los códigos éticos de la sensatez que sostenían la convivencia mínima.

Complementariamente, para Hannah Arendt, esta degradación es el fin de la política como espacio de aparición y libertad. Si el lenguaje se reduce a insultos y descalificaciones zoológicas, la pluralidad humana desaparece bajo el peso de la etiqueta estigmatizante. Arendt sostuvo que la política es el ámbito donde los sujetos, a través del habla, revelan quiénes son en su singularidad. Cuando el discurso pierde su función persuasiva y se convierte en fusilamiento simbólico, la acción política se empobrece. Como ella misma señala, “dondequiera que la relevancia del discurso se halle en juego, la cuestión se convierte en política por definición, pues es el discurso lo que hace del hombre un ser político” (Arendt, H., 1996, La condición humana, p. 179). Así, el discurso que animaliza al opositor bajo el rótulo de “ratas” o “parásitos” atenta contra la propia posibilidad de la acción humana, reduciendo la pólis en un desierto de odio donde sólo impera el monólogo de un soberano que ha renunciado a la palabra para abrazar el rugido.

Pierre Bourdieu refuerza la precitada lectura al explicar el concepto de “violencia simbólica”, esa forma de dominación que arranca sumisiones a través de creencias socialmente inculcadas y categorías de percepción impuestas desde el poder. La vulgaridad organizada no es un desborde emocional, sino una forma de acumulación de capital simbólico que impone una visión del mundo donde el pensamiento es tildado, inmediatamente de complicidad. El autor explica que “la violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente inculcadas” (Bourdieu, P., 1996, Sobre la televisión, p. 22). En la Argentina del año 2026, esta técnica se manifiesta como una liturgia de odio que consolida un poder que ya no requiere de la persuasión, sino de la claudicación del interlocutor ante la fuerza del estigma masivo.

A este análisis añadimos también la perspectiva de Byung-Chul Han sobre la “infocracia” y la crisis de la verdad. Han sostiene que el régimen de información digital ha destruido la estabilidad de lo real, permitiendo que el afecto y la indignación sustituyan al juicio reflexivo. En una sociedad rota, la vulgaridad es el vehículo perfecto para la viralización del odio, porque “la crisis de la verdad es ante todo una crisis de la comunidad. La verdad es un lazo social. Se basa en una praxis comunicativa. Hoy, la verdad se desintegra en información, en noticias que se consumen y se desechan” (Han, B-C., 2022, Infocracia, p. 34). Esta desintegración es la que hace que los recursos discursivos decadentes y violentos sean rentables, puesto que ya no importa la veracidad de la acusación (“asesinos”, “golpistas”), importa que impacto emocional sea total y que mantenga a la audiencia en un estado de movilización permanente contra el fantasma del enemigo.

Esta mutación del lenguaje político socava los fundamentos de la democracia deliberativa de Jürgen Habermas. Para él, la legitimidad sólo puede emanar de un proceso de entendimiento mutuo basado en pretensiones de validez compartidas. Cuando la comunicación se rige por la injuria proferida desde la magistratura nacional, se rompe el “mundo de la vida” y se coloniza la palabra mediante el poder instrumental. Habermas nos advierte que “el concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como un medio de entendimiento sin más, en el que los hablantes y oyentes se refieren, desde el horizonte de su mundo de la vida, simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo” (Habermas, J., 1981, Teoría de la acción comunicativa, p. 45). El rugido del insulto fractura este horizonte común, reemplazando la búsqueda del acuerdo por una imposición que desprecia tanto la investidura de las instituciones como la lógica mínima de la sensatez.

En este contexto de orfandad discursiva y parálisis moral, la ética pública reclama una respuesta que no puede ser un mero decoro burgués o un formalismo vacío. Justamente por ello, Adela Cortina subraya la necesidad de una “razón cordial” que reconozca la dignidad del otro como un sujeto con razones válidas, incluso en el conflicto más enconado. La normalización de la injuria produce un empobrecimiento del lenguaje cívico que imposibilita la construcción de políticas justas, ya que “el insulto desactiva la posibilidad de comprender y, por tanto, de construir políticas justas” (Cortina, A., 1994, Ética mínima, p. 121). La cortesía política es, en rigor, la última salvaguarda de la paz social frente a la barbarie de la descalificación totalizadora.

Finalmente, queridos lectores, nos queda decir que esta decadencia nos sitúa ante una encrucijada que es tanto política como ontológica. Si aceptamos que la esfera pública sea el escenario donde triunfa quien más y mejor humilla porque “dice las cosas de frente”, habremos claudicado ante una forma de barbarie que prefiere el impacto del grito frente a la solidez de la verdad. La perplejidad que nos causa la violencia sistematizada es la señal de que algo fundamental en nuestra civilización se ha roto definitivamente.

A partir de lo precedentemente expuesto, cabe plantearnos las siguientes interrogantes para la reflexión. ¿Es posible sostener un sistema democrático cuando la palabra ha sido despojada de su función comunicativa y reducida a un proyectil de odio? ¿Hasta qué punto la fascinación por el “líder enojado” oculta una renuncia colectiva a la responsabilidad de pensar la complejidad del presente? ¿Cómo vamos a reconstruir el respeto y la sensatez en una sociedad que ha encontrado en la vulgaridad una forma de entretenimiento y en la humillación ajena una forma de justicia? ¿Estamos ante el fin de la política como diálogo para entrar en una era de simulacros de furia que sólo encubren nuestra incapacidad de imaginar un futuro común? ¿Cómo habitamos, en definitiva, la angustia de un mundo donde el respeto ya no es un código compartido, sino el residuo de una civilización que se desvanece ante el grito del berrinche soberano?

Referencias bibliográficas

Arendt, H. (1996). La condición humana (R. Gil Novales, Trad.). Editorial Paidós. (Obra original publicada en 1958).

Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro (P. del Carril, Trad.). Editorial Kairós.

Bauman, Z. (2005). Ética posmoderna (H. Cardoso, Trad.). Siglo XXI Editores.

Bourdieu, P. (1996). Sobre la televisión (G. Castro, Trad.). Editorial Taurus.

Cortina, A. (1994). Ética mínima: para la vida cotidiana. Alianza Editorial.

Habermas, J. (1981). Teoría de la acción comunicativa (M. Jiménez Redondo, Trad., Vol. 1). Editorial Taurus.

Han, B-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Editorial Taurus.

Postman, N. (1991). Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del espectáculo (V. Goldstein, Trad.). Editorial de la Tempestad.

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