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Francisco: El profeta ausente

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«Un profeta no carece de honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa», Marcos 6:4.

El reciente fallecimiento del Papa Francisco ha abierto un espacio de reflexión sobre su legado, marcado por un pontificado de cercanía global y un particular distanciamiento geográfico: su tierra natal. A lo largo de su papado, Francisco recorrió el continente americano, visitando países como Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba, México, Estados Unidos, Colombia, Chile y Panamá. Sin embargo, Argentina, el hogar que lo vio nacer y crecer, nunca fue destino de sus viajes papales. Esta ausencia, cargada de simbolismo, nos invita a explorar las razones detrás de esta supuesta paradoja.

La cita bíblica de Marcos 6:4, que mencionamos anteriormente, encuentra un paralelismo significativo en el Evangelio de Mateo, donde se narra un episodio similar en la vida de Jesús: “Viniendo a su patria, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos , Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas esas cosas? Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y en su casa” (Mateo 13:54, Reina-Valera 1960).

El precitado fragmento se me viene a la mente con mucha fuerza al analizar la relación de Francisco con su patria. Esta frase no sólo describe una experiencia bíblica, sino una realidad humana, demasiado humana: la dificultad de ser reconocido y valorado en el propio entorno. La familiaridad puede generar escepticismo y las dinámicas personales y políticas pueden eclipsar el reconocimiento del mérito. En el caso de Francisco esta cita adquiere una dimensión particular, entrelazándose con las complejidades de la decadente política argentina.

Antes de su elección como Papa, la figura de Jorge Bergoglio estuvo marcada por tensiones con diversos sectores políticos argentinos. Sus posiciones, a menudo críticas, generaron muchísimas controversias y polarización. Siendo Arzobispo de Buenos Aires, mantuvo una relación compleja y tirante con diversos sectores políticos, puesto que sus posiciones, percibidas por algunos como críticas y por otros como una defensa de los valores tradicionales, generaron bastantes controversias. Estas fricciones previas, arraigadas en el contexto político local, influyeron definitivamente en su decisión de mantener cierta distancia durante su papado.

Un punto de fricción notable fue su postura frente a la aprobación de la ley del matrimonio igualitario, sancionada en el año 2010. Bergoglio, en ese entonces, expresó su firme oposición, calificándola como un ataque al “proyecto de Dios”. Concretamente, en una carta dirigida a los sacerdotes de Buenos Aires afirmó: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es una pretensión destructiva del plan de Dios. No se trata de un mero instrumento legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.» (Carta del Cardenal Jorge Bergoglio a los sacerdotes de Buenos Aires, julio de 2010).

Además de las tensiones ideológicas y las controversias por sus posturas, Bergoglio fue objeto de campañas de difamación y críticas personales por parte de políticos y sectores específicos. Estas campañas, a menudo motivadas por intereses políticos, buscaron desacreditar su figura y socavar su influencia. Un ejemplo notable, fue la acusación de complicidad con la dictadura militar, que fue utilizada por algunos sectores políticos para intentar ensuciar su imagen. Al final, estas acusaciones, aunque nunca fueron probadas, lograron por un tiempo desacreditar su figura y socavar su influencia.

Durante el gobierno de los Kirchner, las tensiones se intensificaron al extremo. Algunos políticos oficialistas criticaron abiertamente sus declaraciones sobre la pobreza y la desigualdad, interpretándolas como ataques al gobierno. Por ejemplo, Aníbal Fernández, entonces Jefe de Gabinete, realizó declaraciones públicas donde denostaba las posturas del cardenal, al señalar que “hay que leerlo con mucha atención, porque cuando uno lo lee, uno tiene que ver que lo que está haciendo es política, y no está haciendo religión. Y cuando se hace política, se hace con intenciones políticas” (Declaraciones de Aníbal Fernández, 2012, sobre las críticas de Bergoglio a la situación social del país). Estas críticas, que continuaron incluso después de su elección como Papa, buscaban desacreditar su autoridad moral y política, sobre todo utilizando acusaciones de un supuesto pasado para minar su imagen.

Las campañas de difamación y las críticas personales, sumadas a las tensiones ideológicas, crearon un clima de polarización en torno a la figura de Bergoglio: estas dinámicas políticas influyeron de lleno en su decisión de mantener una distancia prudente con Argentina durante su papado, buscando evitar que las divisiones locales afectaran su rol como líder espiritual global.

Ahora bien, tras la elección de Jorge Bergoglio como Papa Francisco en marzo de 2013, se produjo un cambio notable en la actitud de muchos sectores políticos argentinos. Aquellos que antes lo criticaban, difamaban o mantenían una relación distante, comenzaron, milagrosamente, a expresar admiración y buscar su cercanía. Este giro inesperado se manifestó en declaraciones públicas, gestos simbólicos e innumerables visitas de comitivas de impresentables al Vaticano.

Un ejemplo concreto fue el cambio rotundo de postura de algunos miembros del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. A pesar de las tensiones previas, la presidenta expresó públicamente su alegría por la elección de Francisco y destacó su “humildad” y “compromiso”. En un mensaje oficial, declaró: “En nombre del Gobierno y del pueblo argentino, quiero expresar mi alegría y mi reconocimiento por la elección de nuestro compatriota, el cardenal Jorge Bergoglio, como nuevo Papa Francisco. Su humildad, su compromiso con los pobres y su trayectoria pastoral son un motivo de orgullo para todos los argentinos” (Declaración de Cristina Fernández de Kirchner tras la elección de Francisco, marzo de 2013).

Este cambio de tono fue evidente también en otros funcionarios y legisladores, quienes comenzaron a destacar las virtudes del nuevo Papa y a buscar oportunidades para mostrar su cercanía. Claro ejemplo de esto fueron las innumerables visitas de diversos políticos argentinos al Vaticano: figuras que antes expresaban abiertamente náuseas por Bergoglio, buscaban ahora audiencia con Francisco, intentando vender y proyectar una imagen de cercanía ideológica y apoyo. Estas visitas, a menudo acompañadas de declaraciones públicas, buscaban capitalizar el prestigio y la popularidad creciente del nuevo Papa.

Además, algunos medios de comunicación, siempre ateos y progresistas, que antes criticaban fervorosamente a Bergoglio, comenzaron a destacar sus virtudes y a elogiar su liderazgo. Este cambio en la cobertura mediática también contribuyó a crear una imagen de consenso y admiración en torno a la figura del Papa. Este giro “inesperado” (oportunista) plantea interrogantes sobre la autenticidad y las motivaciones detrás de esta nueva veneración. ¿Fue un cambio genuino de actitud, o una estrategia política y mediática para capitalizar la fama del nuevo Papa? ¿Reflejó un reconocimiento sincero de su liderazgo espiritual, o una búsqueda de beneficios políticos personales?

Ahora bien, es necesario, a esta altura del texto, pensar en la postura de Francisco ante semejante maremoto de lame botas interesados y oportunistas. Desde el comienzo de su pontificado, Francisco, en su rol de líder religioso global, buscó tender puentes y promover el diálogo. Sin embargo, esta relación fue dinámica y estuvo lejos de ser lineal, evidenciando acercamientos selectivos y tensiones latentes. Su apertura hacia sectores políticos que antes lo criticaban, aunque comprensible desde una perspectiva pastoral, generó debates sobre la naturaleza de su relación con el poder en Argentina.

Un ejemplo paradigmático de su intento de acercamiento, aunque también fuente de controversia, fue su postura en relación con la detención de Milagro Sala, líder social y política argentina condenada por diversos delitos. Francisco envió una carta privada a Sala expresando su preocupación y cercanía, lo que fue interpelado por algunos sectores como una crítica implícita al sistema político y judicial del gobierno de Mauricio Macri. Esta acción generó diversas reacciones, desde quienes valoraron su sensibilidad social hacia quienes la consideran una injerencia en asuntos internos. Aunque la carta fue privada, su contenido trascendió, generando un debate patético entre el periodismo rentado de un lado y el periodismo rentado del otro.

Precisamente, la relación con el gobierno de Macri (2015-2019) fue notablemente fría. Si bien hubo encuentros protocolares en el Vaticano, no se percibió una sintonía política o ideológica. Las diferencias en la visión sobre la pobreza, la justicia social y los derechos humanos fueron evidentes. No se recuerdan declaraciones públicas de fuerte confrontación directa, pero la falta de efusividad y la distancia marcaron este periodo concreto.

Un capítulo aparte merece la relación con el actual presidente, Javier Milei. Durante su campaña presidencial, Milei profirió descalificativos muy duros hacia la figura del Papa, llegando a calificarlo “personaje nefasto”, “comunista”, y “defensor de dictaduras” (entre otros tantos que no podemos enunciar). Estas declaraciones generaron un profundo rechazo en amplios sectores de la sociedad argentina y cierta adhesión por otros tantos. Sin embargo, tras su elección como presidente, Milei adoptó un tono conciliador, invitando al Papa a visitar Argentina y retractándose por sus dichos anteriores sostuvo: “Si Su Santidad desea visitar su patria, será recibido con todos los honores que corresponden a un jefe de Estado y líder espiritual de la Iglesia Católica.» (Carta de invitación de Javier Milei al Papa Francisco, noviembre de 2023).

Posteriormente, en un encuentro personal en el Vaticano, Milei le pidió disculpas por sus expresiones pasadas. Este giro drástico ilustra la complejidad de las dinámicas políticas y la influencia que la figura papal puede ejercer, incluso sobre quienes inicialmente se mostraron más críticos y maleducados.

Estos ejemplos demuestran que el acercamiento del Papa no implicó una aceptación acrítica de todos los sectores políticos. Su diálogo fue selectivo y estuvo marcado por sus propias convicciones y su rol como líder espiritual con una visión global. Las respuestas políticas a sus gestos y declaraciones fueron igualmente diversas, reflejando las profundas divisiones ideológicas presentes en la decadente cultura y política Argentina actual.

Ahora, tras su fallecimiento, llega una nueva ola de elogios y reconocimientos, lo cual nos habilita a realizar una pregunta crucial: ¿es éste un reconocimiento genuino o una manifestación de idolatría interesada? La rapidez con la que algunos sectores políticos y mediáticos, otrora críticos, se sumaron al coro de alabanzas, invita a reflexionar sobre la autenticidad de este reconocimiento tardío.

Para concluir, simplemente expresamos que la ausencia de Francisco en Argentina durante su papado, sumada a la repentina efusión de elogios tras su muerte, nos lleva a cuestionar la naturaleza del reconocimiento y la valoración. ¿Es necesario que un profeta abandone su tierra para ser apreciado? ¿O es la muerte el único escenario donde se permite el reconocimiento sin reservas? La figura de Francisco, en su relación con Argentina, nos invita a reflexionar sobre la complejidad de la identidad, el poder y la memoria colectiva. ¿Es este reconocimiento póstumo un acto de contrición, o una manifestación de la volubilidad de la opinión pública? La respuesta, quizás, resida en la honestidad con la que cada uno examine su propia relación con la figura del Papa ausente.

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina

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La depresión como encrucijada existencial- Lisandro Prieto Femenía

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“La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”

Camus, 1955/1942, p. 78.

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la depresión, un fenómeno que no se agota en un diagnóstico clínico ni se limita a la simple suma de neurotransmisores. De hecho, se alza como un problema filosófico que fuerza a repensar la relación intrínseca entre sentido, libertad e identidad. Cuando la vida parece vaciarse de contenido, es decir, cuando el mundo circundante muestra su silencio ante nuestras demandas de coherencia, surge la pregunta por el sentido que ha atravesado toda la reflexión existencialista.

El pensador Albert Camus interrogó frontalmente la condición humana frente al absurdo, señalando que la conciencia de ese choque brutal entre nuestra sed innata de significado y la indiferencia cósmica no debe conducir, sin más, a la rendición. Desde su perspectiva en “El mito de Sísifo”, el absurdo es la consecuencia de un encuentro: “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo” (Camus, 1955/1942, p. 30). Si optamos por entender la depresión como una respuesta radical a la experiencia de lo absurdo, encontramos en ella, paradójicamente, una lucidez cargada de dolor, que es el reconocimiento íntimo que los marcos habituales de sentido han colapsado.

Aquella dolorosa lucidez abre, sin embargo, caminos interpretativos notoriamente divergentes. Desde la perspectiva sarteana, la libertad humana se entiende como absoluta y radical, y la consecuente angustia no es otra cosa que la revelación de la nada que subyace a toda elección. Por consiguiente, la depresión podría interpretarse como una forma externa de esa angustia, manifestándose cuando la posibilidad de acción se torna insoportable y la libertad misma se experimenta como una carga sin horizonte. Jean-Paul Sartre sostuvo categóricamente que “el hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 2018/1943, p. 627), y que la depresión expone el coste concreto de esta condena: la parálisis de la decisión y la imposibilidad de proyectarse hacia futuros que antes insuflaban motivo a la acción.

Frente a este abismo, Camus propuso una reacción que eludía los consuelos metafísicos y apelaba, en cambio, a la revuelta: afirmar la propia conciencia del absurdo sin por ello renunciar a la vida. De este modo, la tensión entre reconocer la falta de sentido y aún así elegir la permanencia en el mundo constituye uno de los dilemas más punzantes que la depresión impone a la filosofía.

Por su parte, Søren Kierkegaard nos brinda un aporte a esta discusión, sobre todo en los matices cruciales sobre la autenticidad y la desesperanza. Para el danés, la desesperación no es una simple patología, sino una modalidad intrínseca de la relación del yo consigo mismo, a la que definió como “la enfermedad mortal” (Kierkegaard, 2019/1849, p. 12). En su descripción de “La enfermedad mortal”, la desesperación nace de la incapacidad del sujeto de sintetizar las dimensiones constitutivas del yo -lo finito y lo infinito, lo temporal y lo eterno-. Por lo tanto, conlleva una lectura moral y existencial profunda, revelando incoherencias en el modo en que se vive. Vista así, la depresión podría leerse no sólo como un fallo biológico, sino también como una advertencia radical sobre la falta de autenticidad, un llamado perentorio a revisar las propias premisas vitales. No obstante, reducir la desesperación a una mera oportunidad de autenticidad es correr el riesgo de culpabilizar al sujeto que la padece, puesto que la vivencia de vacío es simultáneamente diagnóstico existencial y sufrimiento que desborda cualquier exigencia de realización. Dicha reducción es tan patética e inútil como cuando a un depresivo alguien le dice: “no estés triste” o “échale ganas”.

Este doble filo nos conduce inevitablemente al interrogante sobre el sufrimiento como vía de conocimiento. Existen tradiciones filosóficas que han considerado el padecimiento como una escuela donde se revelan rasgos fundamentales de la condición humana. El abatimiento extremo puede, en ocasiones, destapar verdades incómodas sobre la fragilidad del proyecto, la contingencia de los deseos y la finitud ineludible que subyace a toda esperanza. Empero, afirmar que el sufrimiento depresivo confiere una verdad profunda exige suma cautela. En este punto, es crucial entender que no todo dolor es una epifanía, ya que la agonía puede deformar la percepción, introducir sesgos cognitivos incapacitantes y cerrar todo horizonte de sentido. Por consiguiente, la pregunta filosófica pertinente no es si el sufrimiento ilumina siempre, sino cómo podemos dialogar con él sin caer en la tentación de romantizarlo o de instrumentalizarlo como un acceso privilegiado a la sabiduría.

También la cuestión de la libertad frente a la depresión demanda una respuesta compleja que reconozca las causas biológicas sin neutralizar, por ello, la responsabilidad existencial. Las evidencias científicas sobre predisposiciones genéticas o desequilibrios neuroquímicos no anulan que la experiencia del yo deprimido siga siendo, en su esencia, una situación moral y existencial.

Si bien es cierto que la libertad, entendida como posibilidad de respuesta, se ve gravemente debilitada por condiciones que limitan la capacidad de acción, esta libertad persiste en la medida en que el sujeto logra, con el apoyo adecuado, reconectar con proyecciones significativas.

Existe, además, una lectura crítica que vincula la depresión con formas de resistencia pasiva en el marco social. En sociedades que demandan productividad constante, el colapso anímico puede funcionar como un silencio revelador frente a las exigencias claramente deshumanizadoras. Al respecto, Byung-Chul Han señaló en su obra “La sociedad del cansancio”, cómo la lógica neoliberal produce sujetos agotados, híper-expuestos y auto-explotados. Desde esta óptica, la depresión puede interpretarse como un síntoma social y político más que como un fallo individual, si bien esta interpretación no debe jamás sustituir la atención clínica necesaria con los profesionales pertinentes.

A esta crítica social, se suma la desazón intrínseca a la experiencia de la posmodernidad líquida. El sociólogo ZygmuntBauman, al reflexionar sobre esta nueva configuración, identificó la paradoja de una vida definida por la ausencia de anclajes sólidos: proyectos, vínculos e incluso identidades se vuelven provisorios, flexibles hasta el punto de la fragilidad. En este mundo de opciones ilimitadas, la elección constante se convierte en una condena, pues, como argumenta el autor polaco, “ser moderno significa estar condenado a una elección incesante, a cambiar constantemente, a revisar sin cesar las decisiones tomadas y a estar siempre dispuesto a descartarlas y a tomar otras en su lugar” (Bauman, 2013, p. 88).

Esta saturación de posibilidades conduce a la fatiga de la voluntad donde la satisfacción siempre es fugaz. Por su parte, Gilles Lipovetsky profundizó en esta saturación al describir la era del vacío, donde la hipertrofia del individualismo y el hedonismo conducen a una profunda insatisfacción existencial. El sujeto posmoderno, aunque inmerso en la abundancia material, se siente desarraigado, puesto que “absorto en su culto al bienestar y en la obsesión por sí mismo, se encuentra más sólo y desorientado que nunca” (Lipovetsky, 2008, p. 110). Por lo tanto, el vacío depresivo no es sólo la pérdida de un sentido personal, sino el eco amplificado de una cultura que promete la felicidad a través del consumo y la auto-realización perpetua, pero sólo entrega desazón.

También, el yo en la depresión se fragmenta. La autopercepción moderna se resquebraja y se hacen patentes capas de identidad que la rutina social mantenía ocultas. La drástica disminución de interés, la sensación de extranjería hacia uno mismo y la pérdida de un proyecto vital con sentido son elementos que modifican la conciencia de sí y pueden, paradójicamente, permitir un tipo peculiar de autoconocimiento. Al respeto, Martin Heidegger, en su obra “Ser y tiempo”, habló del “Dasein” (el “ser-ahí”, o sea, nosotros, como seres-en-el-tiempo) como una proyección fundamental hacia el futuro, sosteniendo que perder esa proyección afecta la apertura misma al mundo (Heidegger, 2003/1927). Cuando el proyecto futuro se desvanece, la temporalidad ser contrae y la existencia se centra en un presente paralizante e incapacitante. Desde otro ángulo, la máscara del yo social se ve desenmascarada, de tal forma que lo que emerge en el “yo depresivo” podría ser la revelación de la artimaña de identidades construidas exclusivamente para cumplir roles externos, dejando al descubierto un núcleo doliente que demanda reconocimiento y cuidado.

Paralelamente, la dimensión ética y social impone responsabilidades claras a la colectividad. juzgar moralmente a quien yace en la desesperanza resulta éticamente injusto, por lo que la valoración moral debe distinguir con precisión entre la exigencia de responsabilizar al sujeto y la compasión necesaria que reconoce limitaciones profundas. además, la depresión reclama una respuesta de justicia social ineludible. Si la estructura social vigente produce condiciones que favorecen el sufrimiento psíquico, la ética colectiva debería demandar transformaciones estructurales. En este sentido, Michel Foucault mostró en su “Historia de la locura en la época clásica” cómo las prácticas sociales y los saberes institucionales configuran las posibilidades de subjetivación: así, la patología mental no es únicamente una cuestión médica, sino también política (Foucault, 2012/1961). El deber ante el sufrimiento del otro, en consecuencia, no consiste sólo en consolar, sino en transformar: reclamar por instituciones, redes de apoyo y modos de vida que mitiguen las causas estructurales del padecimiento.

Otro vínculo que no podemos dejar pasar en esta reflexión es la conexión entre depresión y nihilismo. Si el nihilismo es la vivencia del derrumbe de los valores trascendentes, la depresión puede ser una encarnación palpable de esa vivencia. Sin embargo, Friedrich Nietzsche propuso una respuesta activista: la transvaloración, la creatividad que convierte el sufrimiento en una fuerza propulsora. Su llamado, lejos de trivializar el dolor, invita a imaginar posibilidades de sí que logren transformar ese dolor en un motor vital. Por eso, el arte y la filosofía ofrecen rutas de redención parcial, no como remedios mágicos, tampoco como sustitutos de los tratamientos médicos, sino como prácticas capaces de re-encuadrar la experiencia, alimentar la imaginación y abrir horizontes de sentido nuevos. Ciertamente, no todo en la depresión puede sublimarse, pero la creación simbólica persiste como una de las estrategias más poderosas que permiten resistir la noche del ánimo.

En conclusión, queridos lectores, hemos querido demostrar que la depresión convoca a una filosofía que no se conforma con clasificaciones meramente técnicas sino que exija una reflexión profunda que articule el sentido, la libertad, la identidad, la ética y el lenguaje en su intrincada complejidad. Ante la tiranía del rendimiento y la crisis de sentido de nuestro tiempo, ¿estamos dispuestos realmente a repensar las formas sociales que producen este sufrimiento anímico y a crear prácticas de escucha que restituyan un nombre y una compañía a quienes se ven obligados a callar?

Más allá de la clínica, que es fundamental, ¿cómo podemos sostener la tensión irresoluble entre reconocer las causas biológicas innegables y, al mismo tiempo, asumir las responsabilidades éticas y políticas sin caer en la culpa individualizadora ni en la despolitización facilitas del dolor ajeno? Y, por último, ante el silencio opresivo que la depresión impone en la vida de un ser humano, ¿qué modos de palabra, qué gestos artísticos y qué acciones colectivas pueden, de verdad, abrir una rendija hacia nuevos y urgentes porvenires existenciales? Que estas preguntas resuenen y persistan es la condición mínima para no dejar a la deriva a quienes atraviesan, en la más absoluta soledad, la noche profunda del alma.

Referencias

Bauman, Z. (2013). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Camus, A. (1955). El mito de Sísifo (J. O’Brien, Trad.). Gallimard/Hamish Hamilton. (Obra original publicada en 1942).

Foucault, M. (2012). Historia de la locura en la época clásica. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1961).

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Kierkegaard, S. (2019). La enfermedad mortal. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1849).

Lipovetsky, G. (2008). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.

Sartre, J.-P. (2018). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. Losada. (Obra original publicada en 1943).

Wittgenstein, L. (2009). Tractatuslogico-philosophicus. Routledge. (Obra original publicada en 1921)

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Resurge hegemonía de Taiwán en el nuevo escenario geopolítico centroamericano Por Dionisio De Jesús

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El principio de una sola China, luego de desembarcar “con todos los hierros” en el Istmo Centroamericano hace ya varias décadas, (Costa Rica) y haber arreciado esa llegada en los últimos 10 años, por primera vez, se ve amenazada su hegemonía por la de Taiwan, (que nunca ha tirado la toalla) la China de las sombras, la que nunca ha renunciado a volver a recuperar lo que cree suyo: la China que es parte de una misma historia milenaria, pero no políticamente hablando, porque una es la de Chiang Kai-Set; y la otra, de Mao Tse-Tung, el líder de la Revolución Cultural China.

Bajo esa política, China Popular ha estructura una avasalladora estrategia de abrir relaciones con alrededor de 181 a 185 naciones. Quedando muy pocos Estados con relaciones reciprocas con Taipéi, lo que le fue cerrando el accionar geopolítico, cultural, económico y de cooperación en cualquier índole a la Isla de Formosa. Solo siendo apoyada por su incondicional aliado: los Estados Unidos, poniéndose a prueba, hoy más que nunca, esa lealtad en un momento en que las tensiones en el mar de China Meridional, lo que para algunos analistas pone en juego la tranquilidad y la paz mundial.

A principios de este año de 2026, 12 estados mantienen relaciones diplomáticas formales con Taiwán, incluyendo a la Santa Sede (Ciudad del Vaticano) y 11 estados miembros de la ONU.

Los aliados diplomáticos se concentran principalmente en el Caribe, Latinoamérica, Oceanía y África. Algunos de los países que reconocen a Taiwán incluyen:

Belice, Guatemala, Haití, Paraguay, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas. Otros aliados en el Pacífico como el pequeño Estado de Nauru (que rompió lazos en 2024, pero suele incluirse en los recuentos recientes de cambios).

Bajo este escenario, y teniendo como telón de fondo el arreciamiento de la nueva política norteamericana de querer recuperar lo que” creían suyo”, pero que un intruso como China Popular entró al patio de su casa y empezó a ordenar la cuadra.

Bástenos señalar que, bajo este panorama, Taiwan, ni corto ni perezoso ha arreciado su embestida diplomática, sabiéndose heredero de unas relaciones con muchos países que luego de décadas bajo su égida, miraron a China Popular, buscando otros horizontes de cooperación, tecnología, dinero fresco y demás. Todo arropado por la sombrilla ideológica de un nuevo frente respecto de la cooperación sur-sur y el llamado multilateralismo que se venía ofreciendo a los países emergentes, que más luego se agruparon en los llamados BRICS, lo que hoy son el nuevo hegemón de la contrapolítica para los países europeos y las otras alianzas de la que participa Estados Unidos, sobre todo las económicas, principalmente.

Pero volvamos al patio trasero de los Estados Unidos, es decir, América Latina, en donde se puede decir la máxima de que “si tu no saca a bailar tu mujer otro te la va a bailar”, y eso fue precisamente lo que por inacción o lo que fuese, China Popular, hizo la tarea de cortejar a estos países que estaban pasando muy mal en todos los sentidos por el disque abandono “del amigo del norte.”

Hoy, luego de la recomposición vía elecciones, de los gobiernos del Istmo, Taiwan viene a tratar de retomar hegemónicamente lo que cree, su espacio natural conquistado por más de 80 años en estas naciones que se sirvieron de los avances, que en materia de agricultura, educación, tecnología, asesoría militar, medio ambiente, cultivos varios, ofreció a estos países, aparentemente, a cambio de nada, solo para mantener alejada a la China Popular, que para ellos era mucho políticamente hablando en tiempos de la guerra fría y la supremacía de Estados Unidos en la región.

Si hacemos un poco de historia de cómo todos estos países del Istmo cayeron en los brazos de Taiwan, tenemos que aceptar que, aparte de lo político, estuvieron la características económicas y de postración de estos pueblos respecto de una carencia de recursos educativos, económicos, crisis institucionales, acceso negados a las nuevas tecnologías, faltas de estrategias militares, y Taipéi se lo puso en bandeja de plata, por apoyo de su socio estratégico Estados Unidos, aparte de los recursos frescos en materia de préstamos, que no importaba los intereses, estos países los necesitaban, y de qué manera, ayudando a una clase política a perpetuarse en el poder y ganar elecciones de la manera que fuera.

El Salvador tuvo 84 años de relaciones; entraron tanto en la vida institucional y política que ya parecían imprescindibles y necesarios, ayudaron a construir el edificio de la Cancillería, infraestructuras de las más varias características, la sede del SICA también fue donada por Taiwán como apoyo a las relaciones para la Integración siendo “el socio estratégico” más confiable fuera del Istmo, sus relaciones se rompieron en 2018 con una izquierda, el FMLN, que buscó tardíamente los brazos de la China de Mao a la que tanto habían idolatrado, pero que extrañamente éstos salieron del poder justo cuando pudieron disfrutar de sus mieles y fue Nayib Bukele y su gobierno quienes terminaron cosechando los acuerdos que esa misma izquierda firmó con China una vez rompieron con Taiwan; Guatemala empezó sus relaciones desde el 1933, con mucho apoyo en proyectos de agricultura, cultura, educación, comercio, siendo todavía uno de sus socios que les quedan en la región; hoy recién esta semana han refrendado unos acuerdos en “la expansión del proyecto Clubes de Ciencias. Esta iniciativa está orientada a fortalecer el aprendizaje en áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM) entre niñas, niños y jóvenes del país”. “Apostar por la ciencia en la niñez es invertir en un futuro más innovador, más inclusivo y lleno de posibilidades”, informó la sede diplomática.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dionisio De Jesús
Diplomático, poeta
dionisiodejesus@gmail.com
Dionisio de Jesús. Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Estudió educación, mención filosofía y letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Realizó estudios de Postgrado en Mercadeo en la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD), donde impartió docencia; obtuvo Maestría en Mercadeo, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, (PUCMM), donde también fue docente y terminó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en España, Young & Rubicam, Madrid, España, homologada por la Universidad Complutense. Diplomado en Diplomacia Cultural, auspiciado por la Cancillería de Costa Rica, la Cancillería de El Salvador y la Embajada de la República Dominicana en Costa Rica. Cursó una Especialización en Negociación y Diplomacia Climática, Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular, INESDYC, Cancillería de la República Dominicana. Taller-Diplomado: “Conociendo la Institucionalidad del SICA”, impartido por el Instituto Centroamericano de Administración Pública-ICAP, la Embajada Dominicana en Costa Rica. Diplomado y Especialización sobre el Sistema de la Integración Centroamericana, Niveles I y II, auspiciado por la Cancillería de El Salvador, Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, Vicepresidencia de El Salvador y la Fundación Alemana, Hanns Seidel Stiftung., pendiente presentación trabajo final para optar por el grado de Maestría. Ha publicado 12 libros de poemas; sus textos han sido antologados en más de 15 antologías en República Dominicana y el extranjero. Laboró como Director Creativo en las más grandes y prestigiosas agencias de publicidad de su país, entre los años de 1987-2004. Ha sido profesor de marketing, publicidad y comunicación en universidades de República Dominicana y El Salvador. Ha sido consultor de campañas políticas en su país, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras, entre los años 2000-2025. Produce desde El Salvador, el Podcast:” Bitácora Centroamericana y Caribeña”, cada lunes a las 7:00 PM, hora de El Salvador, trasmitido por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV.

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RAMADAN Y CUARESMA por Randa Hasfura

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Hay coincidencias de calendario que son casi metáforas históricas. Este año (por casi primera vez en la historia) el Ramadán y la Cuaresma comienzan el mismo día. Esto ya había sucedido allá en 1863, cuando el Ramadan empezó la noche del Miércoles de Ceniza, pero nunca hasta ahora habían despertado juntos bajo el mismo amanecer. Dos civilizaciones religiosas, dos maneras de entender el sacrificio… y, sobre todo, dos maneras de tomárselo en serio.

Durante un mes entero, millones de musulmanes no comen ni beben absolutamente nada desde el alba hasta la puesta del sol. Nada significa nada: ni café, ni agua, ni pan ni excusas… El cuerpo participa obligatoriamente en la disciplina del alma. La sed, que es la necesidad más primaria del ser humano, se convierte en oración fisiológica. El hambre deja de ser una molestia para convertirse en un recordatorio: dependes de Dios incluso para tragar saliva.

En buena parte del catolicismo contemporáneo, la Cuaresma se ha convertido en una “modernidad” dietética. No comer carne el viernes… pero sí mariscos, sushi, gastronomía sofisticada que en cualquier otra cultura sería lujo festivo. El antiguo sacrificio medieval (pan, agua, abstinencia real) ha sido sustituido por la reinterpretación culinaria: el pecado es comer carne, pero el camarón relleno entra al cielo sin dificultad.

No es un problema gastronómico. Es un problema espiritual.

El cristianismo nació como una religión donde desiertos, vigilias, ayunos y martirios la caracterizaban. La penitencia no era simbólica sino pedagógica; el cuerpo debía aprender lo que el alma afirmaba. Sin embargo, la modernidad confortable ha transformado y trastocado la liturgia… como decía mi párroco ¿adònde dice en la Biblia específicamente que no hay que comer carne? eso es “simbólico” decía… y entonces la penitencia ha pasado a ser compatible con el placer, lo cual es casi una contradicción.

El islam, en cambio —al menos en este punto— conserva intacto el aspecto antiguo de la religión: si la fe no afecta al estómago, no ha penetrado realmente en la persona.

Durante el mismo mes, dos creyentes rezarán al mismo Dios de Abraham: uno aprenderá a dominar sus necesidades; el otro elegirá no comer filete sino langosta un viernes.

No se trata de superioridad moral ni de competencia entre religiones. Se trata de coherencia. El sacrificio religioso siempre ha sido un lenguaje universal: privarse para recordar que no somos autosuficientes. Cuando el sacrificio se vuelve elegante, deja de ser sacrificio. Se vuelve tradición social.

Tal vez este cruce histórico no sea una casualidad, sino un espejo. Y los espejos rara vez resultan cómodos.

 

 

 

 

 

 

 

Randa Hasfura

Abogada, notaria y dipolmática salvadoreño-palestina

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