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Francisco: El profeta ausente

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Por: Lisandro Prieto Femenía

«Un profeta no carece de honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa», Marcos 6:4.

El reciente fallecimiento del Papa Francisco ha abierto un espacio de reflexión sobre su legado, marcado por un pontificado de cercanía global y un particular distanciamiento geográfico: su tierra natal. A lo largo de su papado, Francisco recorrió el continente americano, visitando países como Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba, México, Estados Unidos, Colombia, Chile y Panamá. Sin embargo, Argentina, el hogar que lo vio nacer y crecer, nunca fue destino de sus viajes papales. Esta ausencia, cargada de simbolismo, nos invita a explorar las razones detrás de esta supuesta paradoja.

La cita bíblica de Marcos 6:4, que mencionamos anteriormente, encuentra un paralelismo significativo en el Evangelio de Mateo, donde se narra un episodio similar en la vida de Jesús: “Viniendo a su patria, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos , Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas esas cosas? Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra y en su casa” (Mateo 13:54, Reina-Valera 1960).

El precitado fragmento se me viene a la mente con mucha fuerza al analizar la relación de Francisco con su patria. Esta frase no sólo describe una experiencia bíblica, sino una realidad humana, demasiado humana: la dificultad de ser reconocido y valorado en el propio entorno. La familiaridad puede generar escepticismo y las dinámicas personales y políticas pueden eclipsar el reconocimiento del mérito. En el caso de Francisco esta cita adquiere una dimensión particular, entrelazándose con las complejidades de la decadente política argentina.

Antes de su elección como Papa, la figura de Jorge Bergoglio estuvo marcada por tensiones con diversos sectores políticos argentinos. Sus posiciones, a menudo críticas, generaron muchísimas controversias y polarización. Siendo Arzobispo de Buenos Aires, mantuvo una relación compleja y tirante con diversos sectores políticos, puesto que sus posiciones, percibidas por algunos como críticas y por otros como una defensa de los valores tradicionales, generaron bastantes controversias. Estas fricciones previas, arraigadas en el contexto político local, influyeron definitivamente en su decisión de mantener cierta distancia durante su papado.

Un punto de fricción notable fue su postura frente a la aprobación de la ley del matrimonio igualitario, sancionada en el año 2010. Bergoglio, en ese entonces, expresó su firme oposición, calificándola como un ataque al “proyecto de Dios”. Concretamente, en una carta dirigida a los sacerdotes de Buenos Aires afirmó: “No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es una pretensión destructiva del plan de Dios. No se trata de un mero instrumento legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.» (Carta del Cardenal Jorge Bergoglio a los sacerdotes de Buenos Aires, julio de 2010).

Además de las tensiones ideológicas y las controversias por sus posturas, Bergoglio fue objeto de campañas de difamación y críticas personales por parte de políticos y sectores específicos. Estas campañas, a menudo motivadas por intereses políticos, buscaron desacreditar su figura y socavar su influencia. Un ejemplo notable, fue la acusación de complicidad con la dictadura militar, que fue utilizada por algunos sectores políticos para intentar ensuciar su imagen. Al final, estas acusaciones, aunque nunca fueron probadas, lograron por un tiempo desacreditar su figura y socavar su influencia.

Durante el gobierno de los Kirchner, las tensiones se intensificaron al extremo. Algunos políticos oficialistas criticaron abiertamente sus declaraciones sobre la pobreza y la desigualdad, interpretándolas como ataques al gobierno. Por ejemplo, Aníbal Fernández, entonces Jefe de Gabinete, realizó declaraciones públicas donde denostaba las posturas del cardenal, al señalar que “hay que leerlo con mucha atención, porque cuando uno lo lee, uno tiene que ver que lo que está haciendo es política, y no está haciendo religión. Y cuando se hace política, se hace con intenciones políticas” (Declaraciones de Aníbal Fernández, 2012, sobre las críticas de Bergoglio a la situación social del país). Estas críticas, que continuaron incluso después de su elección como Papa, buscaban desacreditar su autoridad moral y política, sobre todo utilizando acusaciones de un supuesto pasado para minar su imagen.

Las campañas de difamación y las críticas personales, sumadas a las tensiones ideológicas, crearon un clima de polarización en torno a la figura de Bergoglio: estas dinámicas políticas influyeron de lleno en su decisión de mantener una distancia prudente con Argentina durante su papado, buscando evitar que las divisiones locales afectaran su rol como líder espiritual global.

Ahora bien, tras la elección de Jorge Bergoglio como Papa Francisco en marzo de 2013, se produjo un cambio notable en la actitud de muchos sectores políticos argentinos. Aquellos que antes lo criticaban, difamaban o mantenían una relación distante, comenzaron, milagrosamente, a expresar admiración y buscar su cercanía. Este giro inesperado se manifestó en declaraciones públicas, gestos simbólicos e innumerables visitas de comitivas de impresentables al Vaticano.

Un ejemplo concreto fue el cambio rotundo de postura de algunos miembros del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. A pesar de las tensiones previas, la presidenta expresó públicamente su alegría por la elección de Francisco y destacó su “humildad” y “compromiso”. En un mensaje oficial, declaró: “En nombre del Gobierno y del pueblo argentino, quiero expresar mi alegría y mi reconocimiento por la elección de nuestro compatriota, el cardenal Jorge Bergoglio, como nuevo Papa Francisco. Su humildad, su compromiso con los pobres y su trayectoria pastoral son un motivo de orgullo para todos los argentinos” (Declaración de Cristina Fernández de Kirchner tras la elección de Francisco, marzo de 2013).

Este cambio de tono fue evidente también en otros funcionarios y legisladores, quienes comenzaron a destacar las virtudes del nuevo Papa y a buscar oportunidades para mostrar su cercanía. Claro ejemplo de esto fueron las innumerables visitas de diversos políticos argentinos al Vaticano: figuras que antes expresaban abiertamente náuseas por Bergoglio, buscaban ahora audiencia con Francisco, intentando vender y proyectar una imagen de cercanía ideológica y apoyo. Estas visitas, a menudo acompañadas de declaraciones públicas, buscaban capitalizar el prestigio y la popularidad creciente del nuevo Papa.

Además, algunos medios de comunicación, siempre ateos y progresistas, que antes criticaban fervorosamente a Bergoglio, comenzaron a destacar sus virtudes y a elogiar su liderazgo. Este cambio en la cobertura mediática también contribuyó a crear una imagen de consenso y admiración en torno a la figura del Papa. Este giro “inesperado” (oportunista) plantea interrogantes sobre la autenticidad y las motivaciones detrás de esta nueva veneración. ¿Fue un cambio genuino de actitud, o una estrategia política y mediática para capitalizar la fama del nuevo Papa? ¿Reflejó un reconocimiento sincero de su liderazgo espiritual, o una búsqueda de beneficios políticos personales?

Ahora bien, es necesario, a esta altura del texto, pensar en la postura de Francisco ante semejante maremoto de lame botas interesados y oportunistas. Desde el comienzo de su pontificado, Francisco, en su rol de líder religioso global, buscó tender puentes y promover el diálogo. Sin embargo, esta relación fue dinámica y estuvo lejos de ser lineal, evidenciando acercamientos selectivos y tensiones latentes. Su apertura hacia sectores políticos que antes lo criticaban, aunque comprensible desde una perspectiva pastoral, generó debates sobre la naturaleza de su relación con el poder en Argentina.

Un ejemplo paradigmático de su intento de acercamiento, aunque también fuente de controversia, fue su postura en relación con la detención de Milagro Sala, líder social y política argentina condenada por diversos delitos. Francisco envió una carta privada a Sala expresando su preocupación y cercanía, lo que fue interpelado por algunos sectores como una crítica implícita al sistema político y judicial del gobierno de Mauricio Macri. Esta acción generó diversas reacciones, desde quienes valoraron su sensibilidad social hacia quienes la consideran una injerencia en asuntos internos. Aunque la carta fue privada, su contenido trascendió, generando un debate patético entre el periodismo rentado de un lado y el periodismo rentado del otro.

Precisamente, la relación con el gobierno de Macri (2015-2019) fue notablemente fría. Si bien hubo encuentros protocolares en el Vaticano, no se percibió una sintonía política o ideológica. Las diferencias en la visión sobre la pobreza, la justicia social y los derechos humanos fueron evidentes. No se recuerdan declaraciones públicas de fuerte confrontación directa, pero la falta de efusividad y la distancia marcaron este periodo concreto.

Un capítulo aparte merece la relación con el actual presidente, Javier Milei. Durante su campaña presidencial, Milei profirió descalificativos muy duros hacia la figura del Papa, llegando a calificarlo “personaje nefasto”, “comunista”, y “defensor de dictaduras” (entre otros tantos que no podemos enunciar). Estas declaraciones generaron un profundo rechazo en amplios sectores de la sociedad argentina y cierta adhesión por otros tantos. Sin embargo, tras su elección como presidente, Milei adoptó un tono conciliador, invitando al Papa a visitar Argentina y retractándose por sus dichos anteriores sostuvo: “Si Su Santidad desea visitar su patria, será recibido con todos los honores que corresponden a un jefe de Estado y líder espiritual de la Iglesia Católica.» (Carta de invitación de Javier Milei al Papa Francisco, noviembre de 2023).

Posteriormente, en un encuentro personal en el Vaticano, Milei le pidió disculpas por sus expresiones pasadas. Este giro drástico ilustra la complejidad de las dinámicas políticas y la influencia que la figura papal puede ejercer, incluso sobre quienes inicialmente se mostraron más críticos y maleducados.

Estos ejemplos demuestran que el acercamiento del Papa no implicó una aceptación acrítica de todos los sectores políticos. Su diálogo fue selectivo y estuvo marcado por sus propias convicciones y su rol como líder espiritual con una visión global. Las respuestas políticas a sus gestos y declaraciones fueron igualmente diversas, reflejando las profundas divisiones ideológicas presentes en la decadente cultura y política Argentina actual.

Ahora, tras su fallecimiento, llega una nueva ola de elogios y reconocimientos, lo cual nos habilita a realizar una pregunta crucial: ¿es éste un reconocimiento genuino o una manifestación de idolatría interesada? La rapidez con la que algunos sectores políticos y mediáticos, otrora críticos, se sumaron al coro de alabanzas, invita a reflexionar sobre la autenticidad de este reconocimiento tardío.

Para concluir, simplemente expresamos que la ausencia de Francisco en Argentina durante su papado, sumada a la repentina efusión de elogios tras su muerte, nos lleva a cuestionar la naturaleza del reconocimiento y la valoración. ¿Es necesario que un profeta abandone su tierra para ser apreciado? ¿O es la muerte el único escenario donde se permite el reconocimiento sin reservas? La figura de Francisco, en su relación con Argentina, nos invita a reflexionar sobre la complejidad de la identidad, el poder y la memoria colectiva. ¿Es este reconocimiento póstumo un acto de contrición, o una manifestación de la volubilidad de la opinión pública? La respuesta, quizás, resida en la honestidad con la que cada uno examine su propia relación con la figura del Papa ausente.

Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina

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Rusia-Ucrania, una guerra civil azuzada por intereses externos

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Viví siete años en la extinta Unión Soviética, donde estudié un año de ruso entre Moscú y Rostov del Don, y residí seis años en Kiev con prácticas de ingeniería agronómica en Dushambe (República de Tayikistán, Asia Central), Sochi (en el mar Negro) y en las afueras de Kiev, en un koljoz, granja colectiva, que producía maíz y trigo.

Ucrania era un remanso de paz para los estudiantes extranjeros becarios que gozábamos de todas las facilidades; una sociedad sin discriminación racial y sin conflictos étnicos. Estuve casado varios años con una ciudadana soviética cuyo padre, ruso, era un alto funcionario en la sección de la producción de leche y carne de la República Socialista Soviética de Ucrania, y cuya madre, ucraniana, era maestra. Mi esposa era rusa y en casa se hablaba ruso, la madre además hablaba el ucraniano.

Tanto en Kiev como en toda Ucrania el idioma oficial y dominante era el ruso, el ucraniano era el segundo idioma oficial. Pese a que en minoritarios círculos estaba ya la llama del nacionalismo ucraniano y del separatismo, estos eran irrelevantes.

Al igual que en toda la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Ucrania era un crisol de nacionalidades y etnias procedentes de las más de 150 nacionalidades de las 15 repúblicas soviéticas. Este fue el paisaje idílico de la Unión Soviética cuando me trasladé a Alemania Occidental, donde residí 25 años.

Allí, el 9 de noviembre de 1989, presencié la caída del muro de Berlín y el comienzo de una nueva etapa histórica para los países de Europa Oriental, debido a la implosión de la Unión Soviética y al colapso del llamado socialismo real.

El Pacto de Varsovia, la alianza militar del campo socialista, se autodisolvió. Lógico hubiese sido que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se autodisolviera, pero ocurrió lo contrario.

A pesar de las promesas que George Bush padre (EE. UU.), Margaret Thatcher (Reino Unido), Helmut Kohl (Alemania Occidental) y François Mitterrand (Francia) le hicieron al último presidente de la URSS Mijáil Gorbachov, de que la OTAN no se extendería ni un milímetro hacia el este, más allá de las por entonces fronteras de la OTAN, a partir de 1990 hasta nuestros días la OTAN pasó de tener 16 a 32 Estados miembros, la mayoría del Este Europeo, y con fronteras cercanas a Rusia. Ello constituye una amenaza militar a la seguridad nacional de Rusia, rodeada de bases militares estadounidenses y de la OTAN.

Es en este contexto cuando surge la problemática de Ucrania, donde la OTAN y EE. UU. propiciaron un golpe de Estado en 2014 contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Yanukovich, e instalaron gobiernos nacionalistas prooccidentales que propugnan por el ingreso de Ucrania en la OTAN y la Unión Europea. Un cruce de líneas rojas con la política de seguridad de Rusia que tendría en sus fronteras, a escasos metros, los misiles y bombarderos de la OTAN que podrían atacarla, en segundos.

A partir de 2014 Europa Occidental y EE. UU. propiciaron en Ucrania un nacionalismo fanático y un sentimiento antirruso incitando al Ejército ucraniano a atacar a la población rusa de la región del Donbas (Donetsk, Zaporoshie, Jerson y Lugansk) y que condujo a que Rusia reincorporara a su territorio la península de Crimea (de mayoría rusa e históricamente perteneciente a Rusia, pero «regalada» en 1954 por el secretario general del Partido Comunista de la URSS a Ucrania).

La escalada de violencia antirrusa del Donbas llevó a que en febrero de 2022 sus cuatro regiones se declararan independientes y solicitaran su anexión a la Federación rusa, para lo cual esta desató una operación militar especial que dura hasta el presente.

Más que un conflicto entre naciones, en Ucrania existe una guerra civil, pues Rusia y Ucrania (conocida como Pequeña Rusia antes de la Revolución de 1917) constituyen un mismo pueblo y una misma sangre con una misma base lingüística y religiosa, pues son pocas las diferencias entre el ucraniano y el ruso, y entre la Iglesia ortodoxa rusa y ucraniana. Guerra civil que lleva más de dos millones de bajas en ambos bandos y siete millones de emigrados.

Occidente, sobre todo Inglaterra y Alemania, han manipulado las ilusiones de Ucrania de pertenecer a Occidente y el acceso al bienestar de Europa Occidental, cuando solo están siendo utilizados para desgastar y destruir a la Federación rusa. Ucrania jamás será parte de la Unión Europea, de la OTAN, ni de Occidente por una razón de peso: son eslavos. Al igual que los rusos. Ese mismo pueblo eslavo al cual por siglos históricamente Europa Occidental ha tratado de destruir. Desde las invasiones suecas y de los caballeros de las órdenes de Livonia y Teutonia, derrotados por Alexander Nevsky en el siglo XI, pasando por las invasiones de Napoleón Bonaparte y Adolfo Hitler en siglos recientes.

Vuelvo la vista al presente y me parece increíble que dos pueblos hermanos se estén autodestruyendo como marionetas guiadas por titiriteros externos. Rusia ha demostrado históricamente una invencible capacidad de resistencia que le ha hecho salir adelante y derrotar al enemigo a pesar de encontrarse en las más difíciles circunstancias.

Las actuales visitas a Moscú y Kiev de los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, así como del secretario de Exteriores del Vaticano, Paul Richard Gallagher, para buscar una solución política al conflicto, son esperanzadoras. No tanto por voluntad política de los europeos, sino por el pragmatismo de Trump que prefiere hacer negocios (la reconstrucción de Ucrania) y no la guerra, y por el cansancio de cuatro largos años de cruenta confrontación entre Rusia y Ucrania, que ponen los muertos.

El hecho de que los emisarios personales de Donald Trump hayan sido recibidos personalmente por Vladímir Putin en su oficina del Kremlin significa que ambos están retomando «el espíritu de la cumbre de Alaska», celebrada en Anchorage el 15 de agosto de 2025, que fue el primer cara a cara entre los dos mandatarios desde la operación rusa en 2022, y el primer encuentro con Putin durante su segundo mandato, donde Trump buscó negociar un acuerdo para poner fin al conflicto, sin la participación del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

No hay duda de que estas negociaciones directas entre ambas potencias, teniendo en cuenta que la guerra arancelaria con China se ha vuelto prioridad para EE. UU., pueden llevar a una paz duradera en Europa Oriental y a un adiós a las armas.

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Bukele marca un antes y un después y la oposición sigue sin propuestas, sostiene el Círculo Siglo XXI

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El Salvador atraviesa una transformación política y social que rompe con el rumbo de los gobiernos anteriores, sostiene el Círculo de Reflexión Política Siglo XXI en su boletín número 54, correspondiente al 21 al 28 de septiembre de 2026. La publicación presenta una valoración favorable de la gestión de Nayib Bukele y plantea que la seguridad, la educación y la salud constituyen los pilares de un proceso que denomina “reinvencionismo social”: una forma de reorganizar las prioridades del Estado para responder a las necesidades ciudadanas.

Uno de los señalamientos más contundentes del boletín apunta a los partidos tradicionales, a los que describe como organizaciones debilitadas por la falta de liderazgo, renovación y propuestas concretas. Según sus análisis, la oposición concentra sus esfuerzos en rechazar las decisiones del Gobierno, sin explicar cómo financiaría o ejecutaría sus propias alternativas. Desde esa lectura, el Círculo anticipa un escenario favorable al oficialismo en las elecciones de 2027 y sostiene que sus adversarios necesitan recuperar credibilidad y construir un proyecto nacional convincente.

Más allá de la disputa política, la publicación propone evaluar la gestión pública por los resultados que recibe la población. Como ejemplo, relata el caso de Los Toles, en Ahuachapán, donde contrasta las calles de tierra y lodo observadas durante la celebración de la independencia de 2025 con una carretera pavimentada y una nueva escuela un año después. El propio análisis introduce una precisión: construir infraestructura no garantiza por sí solo mejores aprendizajes. El siguiente reto consiste en comprobar si esas inversiones ayudan a completar los estudios y ampliar las oportunidades de los alumnos.

La tecnología ocupa otro lugar destacado. El boletín defiende la incorporación de la inteligencia artificial a la educación, acompañada de controles y un uso adecuado, y cuestiona que sus riesgos justifiquen abandonar las herramientas digitales. También destaca la formación continua como una vía para fortalecer las posibilidades laborales. En materia económica, plantea que la capacidad del Estado para anticiparse, planificar y ejecutar políticas puede marcar diferencias frente a dificultades externas, como las variaciones del mercado petrolero.

La seguridad y la identidad nacional completan los principales ejes de esta edición. El Círculo interpreta las muestras de apoyo a policías y militares durante el desfile del 15 de septiembre como una expresión de agradecimiento por la recuperación de la tranquilidad. Asimismo, propone rescatar la palabra “mara” en su sentido de grupo de amigos, desligándola de su asociación con las pandillas. Ambos planteamientos reflejan la tesis central de la publicación: que los cambios atribuidos al actual Gobierno también están modificando la convivencia y la manera en que los salvadoreños perciben su país.

 

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La advertencia de Pérez-Reverte ante el ocaso digital

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Foto: Arturo Pérez-Reverte 

Por: Lisandro Prieto Femenía

“La técnica, cuya esencia es el Encuadramiento, es el peligro supremo, pues amenaza al hombre en su esencia misma, cerrándole el acceso a una verdad más originaria y sustancial”

Heidegger, 1954/1994, p. 25

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre unas declaraciones de Arturo Pérez-Reverte, expuestas en un artículo titulado “Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable” (2025; Lecturas). Dichas apreciaciones, cargadas de un sombrío vaticinio sobre el advenimiento de un “apocalipsis digital” son una señalización ontológica sobre la fragilidad en la que se encuentra nuestra civilización. Cuando el escritor manifiesta su temor por el futuro de su hija en un mundo que se torna “desagradable”, está señalando una fractura en la continuidad de la experiencia humana.

Este apocalipsis no implica una aniquilación física, sino una erosión de los cimientos culturales que permitían al individuo interpretar la realidad con cierto grado de autonomía. El riesgo fundamental reside en que la digitalización absoluta del ser ha comenzado a devorar la memoria histórica, dejando al sujeto desprovisto de los instrumentos críticos necesarios para resistir a la manipulación de los algoritmos. En su intervención, el académico advierte que la estructura que sostenía la transmisión del saber se ha quebrado, dando paso a una intemperie intelectual donde la información de baja calidad sustituye al verdadero conocimiento.

Aquella transición hacia lo que podríamos denominar una “existencia líquida” encuentra su eco en el pensamiento de Zygmunt Bauman, quien en su obra titulada “Modernidad líquida”, advirtió que nos encontramos en una etapa donde las estructuras sociales y culturales han perdido su solidez, fluyendo sin dejar huella ni permitir arraigo alguno. Al respecto, el autor sostenía que en nuestra era la cultura ya no se percibe como una estructura de aprendizaje y formación de sabiduría, sino de consumo inmediato. Según sus propias palabras, “la cultura de la modernidad líquida ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, sino una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido” (Bauman, 2000, p. 167).

Esta posibilidad de desconexión con el pasado es precisamente la que Pérez-Reverte identifica como el núcleo de la catástrofe que se viene gestando paulatinamente hace más de dos décadas, pues una sociedad que habita un presente perpetuo y digitalizado es una sociedad totalmente incapaz de proyectar un futuro con sentido propio y profundo. La inmediatez que denuncia el escritor español no es otra cosa que la victoria aplastante de la obsolescencia programada aplicada al pensamiento humano.

Consecuentemente, la advertencia de Pérez-Reverte sobre la llegada de un tiempo “desagradable” se vincula estrechamente con la preocupación que tenía José Ortega y Gasset respecto al predominio de lo que él denominó la “hiperdemocracia”. En su obra fundamental titulada “La rebelión de las masas”, Ortega describe un tipo de hombre que, carente de proyectos y de memoria histórica, se siente dueño de una técnica que no comprende y que utiliza para imponer sus deseos inmediatos. Para el filósofo madrileño, este “hombre-masa” es aquel que “se siente perfecto” y que no admite ningún tipo de autoridad superior a su propia opinión trivializada y decadente. En este sentido, Ortega sostiene que “la historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha hecho tal como es. Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es lo natural del hombre, que vuelve a galope” (Ortega y Gasset, 1930/2005, p. 114). El apocalipsis digital que vaticina Pérez-Reverte es, en términos orteguianos, la culminación de este proceso de deshistorización, donde el individuo, encerrado en su propia pantalla, cree haber superado la necesidad de la herencia cultural, ignorando que es precisamente esa herencia la que le otorgaba la condición de persona.

Atendiendo a este último punto, es crucial entonces interpretar que, para Pérez-Reverte, esta pérdida de espesor histórico es equivalente a un desarme moral que deja a las sociedades de todo Occidente, y especialmente a sus jóvenes, en una situación de vulnerabilidad extrema ante la posibilidad de un conflicto real o un cataclismo global. El autor denuncia con frecuencia la “soberbia de los tiempos de paz”, esta ilusión de que la estabilidad y el confort son derechos naturales y permanentes.

Particularmente, en su obra “Los barcos se pierden en tierra”, reflexiona sobre cómo la falta de contacto con la aspereza del mundo real ha atrofiado el instinto de supervivencia. Según su perspectiva, hemos construido una sociedad de “niños sobreprotegidos” que carecen de la estructura psicológica para afrontar la tragedia. Al respecto, el autor indica con crudeza que “hemos educado a las nuevas generaciones en la idea de que la vida es un centro comercial con aire acondicionado, y cuando el aire acondicionado se corte, no sabrán ni cómo respirar” (Pérez-Reverte, 2011, p. 89). Esta orfandad de mecanismos de defensa no es sólo técnica, sino espiritual, puesto que se trata de una incapacidad de comprender que el horror forma parte inexorable de la existencia propiamente humana.

Paralelamente, esta “indefensión aprendida” ante la tragedia conecta con el sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. El filósofo bilbaíno defendía que la verdadera humanidad surge de la lucha agónica por la trascendencia y el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. En este sentido, Unamuno sospechaba de toda civilización que intentara anestesiar el dolor a través de la comodidad superficial. En su obra magna, “Del sentimiento trágico de la vida”, afirma que “el hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad tiene para el sufrimiento, o mejor dicho, para la angustia” (Unamuno, 1913/2005, p. 198).

Como podrán apreciar, la sociedad digital que Pérez-Reverte critica sería, para Unamuno, una sociedad que huye de la angustia existencial a través de la distracción tecnológica. Al eliminar el peso de la historia y el desafío de las dificultades, el mundo digital despoja al individuo de su “hombría” (en el sentido unamuniano), convirtiéndolo en un ser etéreo, sin raíces ni capacidad de sostenerse ante el vendaval de la realidad. En definitiva, queridos lectores, el miedo que Reverte (y muchos de nosotros) siente por su hija es el miedo a que viva en una paz ficticia y perversa que la deje desarmada ante el inevitable retorno del conflicto.

Adicionalmente, en su novela “El club Dumas”, el autor nos recuerda que los libros poseen una vida propia que custodia los secretos de nuestra identidad frente al caos del exterior. Allí se afirma que “un libro es la única prueba de que el hombre sea, quizá, algo más que un simple error de la naturaleza” (Pérez-Reverte, 1993, p. 112). Al perder el contacto con la palabra escrita y la narrativa de largo aliento, el individuo posmoderno se sumerge en lo que él denomina una “barbarie de corbata”, donde la tecnología oculta un vacío espiritual abismal. La amenaza digital, por tanto, no es sólo la pérdida de la privacidad, sino la amputación de la capacidad de reconocer el mal y la tragedia, elementos que la literatura clásica nos enseñaba a gestionar con dignidad y estoicismo. Al desterrar el estudio de la historia y las humanidades, se ha privado a la juventud de los mapas necesarios para navegar en tiempos de tormenta, dejándolos a merced de una sentimentalidad estéril y vacua que se desmoronará ante el primer oleaje de realidad.

Por consiguiente, amigos míos, la preocupación por las generaciones actuales radica en que éstas representan el último eslabón con el mundo analógico, aquel donde el libro y la reflexión pausada fungían como escudos ante la barbarie. El mundo digital, por el contrario, nos sumerge en una apariencia de transparencia que, lejos de liberarnos, nos esclaviza bajo el yugo pervertido de la visibilidad constante. Al respecto, Byung-Chul Han, en su análisis sobre la crisis de los objetos en “No-cosas: Quiebras del mundo de hoy”, argumenta que la información ha sustituido a las cosas, despojándonos de la estabilidad que nos brindaba el entorno físico. El filósofo coreano declara con lucidez que “la digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo; en lugar de guardar recuerdos, almacenamos datos” (Han, 2021, p. 14). Así, pasamos de tener álbumes de fotografías que al mirarlas sentíamos que volvíamos al pasado a tener mil gigas de memoria de fotos y videos que nos da pereza revisar: esta sustitución del recuerdo por el dato es la que genera la sensación de vacío y desamparo que Pérez-Reverte describe cuando advierte sobre la indefensión de quienes no han sido entrenados en la adversidad.

No es casual que haya elegido a Pérez-Reverte para presentar esta reflexión, puesto que su lucidez se manifiesta en su diagnóstico sobre la degradación del lenguaje, el cual es un vehículo fundamental para el pensamiento y la resistencia política. En sus columnas recopiladas bajo el título “Cuando éramos honrados mercenarios”, el autor vincula la pobreza léxica con la incapacidad de ejercer la rebeldía. Un mundo con menos palabras es un mundo con menos ideas y, por ende, más dócil ante el poder y más frágil ante la crisis. El escritor sostiene que el lenguaje es la última frontera de la libertad personal, afirmando que “si te quitan las palabras que definen tu mundo, te están quitando el mundo mismo” (Pérez-Reverte, 2009, p. 45). El apocalipsis digital es, en este sentido, un proceso de simplificación semántica donde el matiz desaparece en favor del impacto emocional y el clic efímero. Esta simplificación es la que impide que un púber de hoy pueda siquiera conceptualizar la magnitud de una gran guerra, viéndola como un fenómeno ajeno o una ficción de pantalla hasta que el estrépito de la cruda existencia lo alcance con ferocidad.

No obstante, el pesimismo del novelista es también una invitación a la resistencia frente a la uniformidad del pensamiento tecnocrático. Si el sistema digital es tan frágil como él sugiere, la recuperación de la cultura clásica y el pensamiento crítico se vuelven actos de rebelión necesarios para salvaguardar la dignidad del espíritu. El “apocalipsis” es, etimológicamente, una revelación, y lo que se nos está revelando hoy es la completa desnudez de un sujeto que ha confiado ciegamente toda su herencia al soporte efímero de una nube virtual. La advertencia sobre lo “desagradable” de este nuevo tiempo nos obliga a preguntarnos si aún estamos a tiempo de proteger el refugio de la interioridad. La técnica ha dejado de ser una herramienta para convertirse en un ecosistema que dicta las condiciones de nuestra libertad, y es en esa tensión donde se juega el destino de lo humano en las próximas décadas. El diagnóstico de Pérez-Reverte es una llamada de atención sobre el naufragio de una memoria colectiva que ya no encuentra puertos donde atracar, ni tripulación capaz de navegar en aguas turbulentas.

Para ir cerrando, queridos lectores, es necesario cuestionar si el miedo que expresa Pérez-Reverte no es, en realidad, el síntoma de una orfandad civilizatoria ya consumada e irreversible. ¿Es posible habitar un mundo donde la verdad se disuelve en el flujo incesante de la información de dudosa procedencia, sin perder por completo la capacidad de amar, de crear y de recordar con autenticidad? Quizá el verdadero apocalipsis no sea la caída técnica del sistema, sino la resignación a vivir en sus ruinas digitales y éticas sin extrañar siquiera la solidez de una biblioteca, el olor de las páginas de un libro o el peso de una historia compartida.

¿Qué quedará de nuestra identidad cuando el último servidor se apague y descubramos que hemos olvidado cómo leer el mundo con nuestros propios ojos? ¿Seremos capaces de reconstruir un sentido humano sobre los escombros de lo virtual, o estamos irremediablemente condenados a ser la última generación que tuvo plena conciencia de su propia pérdida y, sin embargo, no supo cómo evitarla? Finalmente, ¿es el apocalipsis digital el fin de nuestra historia o simplemente el comienzo de una nueva era de sombras donde el ser humano será, definitivamente, una pieza prescindible de su propio invento?

REFERENCIAS

  • Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (M. Miras, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
  • Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
  • Heidegger, M. (1994). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos (E. Barjau, Trad.). Ediciones del Serbal. (Obra original publicada en 1954).
  • Ortega y Gasset, J. (2005). La rebelión de las masas. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1930).
  • Pérez-Reverte, A. (1993). El club Dumas. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2009). Cuando éramos honrados mercenarios. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2011). Los barcos se pierden en tierra. Alfaguara.
  • Pérez-Reverte, A. (2025, 20 de marzo). Arturo Pérez-Reverte: «Me da miedo por mi hija… va a venir el apocalipsis digital y va a ser muy desagradable». En Lecturas. Recuperado de: https://www.lecturas.com/trending/arturo-perez-reverte-me-da-miedo-por-mi-hija-que-tiene-40-anos-va-venir-apocalipsis-digital-va-ser-muy-desagradable_191412
  • Unamuno, M. (2005). Del sentimiento trágico de la vida. Tecnos. (Obra original publicada en 1913).

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