2

Connect with us

Opinet

COVID-19 e integración regional. Marruecos y África ejemplo para Centroamérica

Publicado

el

El COVID-19 es un fenómeno que desbordó la salud pública para configurarse como el factor dinámico que -para mal y para bien- está cambiando tanto las relaciones internacionales como la economía global.

El COVID-19 ha recibido, aún en bloques de naciones con profundo arraigo como la Unión Europea (UE), una respuesta fundamentalmente nacional. Mientras en Hungría el primer ministro Viktor Orban aprovechó la crisis sanitaria para concentrar más poder unipersonal en contracorriente de los principios y valores democráticos de su país y la UE; en Suecia, se apeló a la educación del pueblo para balancear las medidas sanitarias con las libertades individuales, y nunca sometieron a cuarentena a la población; mientras Italia, Francia y España, experimentaron la mayor cantidad de muertes desde la Segunda Guerra Mundial, sufrimiento extremo al que se sumó el Reino Unido un mes después. De hecho, cuando escribimos estas líneas, los tres países mediterráneos alcanzan un alivio por fin en sus cifras de muertes y nuevos contagios, en contraste con el Reino Unido que recorre el tramo ascendente de la crisis con el antecedente de su primer ministro hospitalizado por COVID-19.

Los efectos de la pandemia -en Asia, África, y América Latina y el Caribe- también han sido heterogéneos, pero en el curso de la emergencia se observan indicadores comunes sobre los cuales reflexionaremos en este artículo.

Wuhan está localizada en el centro de la vasta región sureste. Su posición es privilegiada y así lo exhibe la historia china tanto por su ubicación en la cuenca del Río Yangtzé (“el Gran Río”) como por su recorrido de más de 900 kilómetros hasta Shanghai y el Océano Pacífico. La transición china de economía emergente a potencia económica globalizada, con los terribles saldos medioambientales por todos conocidos, envolvió a Wuhan para bien y para mal. Por ello, la propagación del coronavirus estaba asegurada por la conectividad global del Siglo XXI pero China hizo muy poco o casi nada para su contención, por el contrario, ocultó la existencia de este nuevo virus hasta que las muertes en Wuhan desbordaron el control político del Partido Comunista y el silencio que había mantenido el director de la Organización Mundial de la Salud (Napoleón Campos, El Diario de Hoy, “Coronavirus. Historia y Globalización”. 04/03/2020, p. 17) El debate sobre su origen -si natural o en laboratorio- está ya abierto y difícilmente será zanjado por China ante la demanda tanto de investigaciones desde Australia pasando por Europa hasta Norteamérica como de reparación ante la recesión económica mundial.

Curiosamente, las naciones en el vecindario chino no han sido las más afectadas por el COVID-19. La frontera entre China y Corea, antes de la división entre Norte y Sur durante la Guerra Fría, era de casi 1,500 kilómetros. Corea del Sur, viejo amigo y cooperante de Centroamérica, se ha erigido como ejemplo en el combate anti-coronavirus: para mayo no registra ni fallecidos ni nuevos contagios. En la India, el país más poblado del planeta después de China (la frontera entre India y China es de más de 3 mil kilómetros), donde se registró el primer contagiado tan pronto como el 30 de enero y se temió lo peor, al 5 de mayo el coronavirus está relativamente contenido pues los contagiados confirmados son de 47 mil, con casi 13 mil recuperados y tan sólo 1,600 fallecidos. El primer ministro, Narendra Modi, manifestó el 27 de abril que la economía del país se encontraba en «buen estado» y pidió que se extendieran las medidas de restricción de movimientos por el coronavirus en los principales focos de contagio del país. «No existe motivo alguno para preocuparse por la situación económica», dijo Modi. Insistió en que el confinamiento podía ser levantado en algunas regiones. Modi solicitó a las autoridades de las diferentes regiones a preparar un plan de retorno a la «normalidad».

En América Latina y el Caribe (ALC), nuestro hermano centroamericano, Costa Rica, está por ponerle fin a la pandemia. Costa Rica es refugio de miles de nicaragüenses que huyen de la tiranía de Daniel Ortega; su proeza sanitaria es de aplaudir por haber conquistado un balance nada fácil entre población residente y un flujo de refugiados a mediana escala. Al 4 de mayo, ALC registran alrededor de 280 mil contagiados y 15 mil fallecidos la mayoría en Brasil (más de 8 mil muertes) seguido por México (2,271) y Ecuador (1,569). Las cifras son relativamente bajas en comparación a EEUU y Canadá en contagios y fallecidos. En las Américas, a ALC -con una población de 650 millones de habitantes, el doble de la de EEUU- corresponden tan sólo el 17 % de contagios confirmados y el 8 % de los fallecidos. Lamentablemente, al igual que en la UE, a pesar de los esquemas de integración regional y hemisféricos, la respuesta ha sido nacional como ya señalamos punteando Costa Rica como la salida más exitosa ante la crisis sanitaria.

En África, un continente con 1.3 mil millones de habitantes (el doble de ALC), los liderazgos históricos se han expresado también ante la pandemia robusteciendo, afortunadamente, la integración regional. El rey de Marruecos, Mohamed VI, lanzó el 15 de abril una propuesta a los mandatarios africanos para combatir la pandemia de manera conjunta y coordinada. El monarca marroquí alentó a configurar un cuadro operativo para la gestión concertada durante el curso del coronavirus. “Se trata de una iniciativa pragmática y orientada hacia la acción que permita que se compartan las experiencias y buenas prácticas con vistas a hacer frente al impacto sanitario, económico y social de la pandemia”, recogió un comunicado oficial de Marruecos.

La iniciativa del Rey Mohammed VI fue calificada como «no solo práctica y realista, sino también inclusiva y de sentido común» por el Vicepresidente Ejecutivo de la Academia Diplomática Africana, Mohamed H’Midouche. El enfoque participativo, que sustenta esta iniciativa, se fundamenta en los métodos de gestión más modernos, subrayó H’Midouche: el intercambio de «mejores prácticas» y la adopción de un enfoque de gestión basado en los resultados (incluidos los indicadores de desempeño), los cuales facilitarán el monitoreo y la evaluación de la matriz de acciones a ser aprobadas y adoptadas por los Jefes de Estado africanos en las próximas semanas.

El 20 de abril, la entidad legislativa de la Unión Africana (UA), el Parlamento Panafricano (PAP), con sede en Sudáfrica, saludó la iniciativa del monarca marroquí y destacó la trascendencia de compartir los conocimientos y la tecnología para enfrentar el COVID-19. La UA es la entidad hemisférica de África (el equivalente de la OEA). De hecho, los términos de inclusión y sentido común contenidos en la iniciativa del Rey de Marruecos están siendo ejecutados a cabalidad por el mismo Centro de Control de Enfermedades de la UA, con sede en Etiopía; sirva de ejemplo la fase de ensayos clínicos del té de hierbas patentado por el gobierno de Madagascar cuya base es la Artemisa (Artemisia Vulgaris) utilizada tradicionalmente para la cura del paludismo. El gobierno de Madagascar reporta ahora que el té es efectivo para curar y prevenir el coronavirus tras siete días de consumo. El té es distribuido masiva y gratuitamente, y goza de la aceptación entre los 27 millones de habitantes de la isla que reporta tan sólo 151 contagios y ningún fallecido.

Al 4 de mayo, los 55 Estados miembros de la UA registran casi 50 mil casos confirmados de contagio por COVID-19 y 2 mil fallecidos. Para quienes pensaron que el relativo subdesarrollo de no pocos países africanos iba a desembocar en una mortandad, las cifras como vemos son alentadoras: el gigante poblacional, Nigeria, de 200 millones de habitantes, a la fecha registra 2,800 contagios y menos de 100 fallecidos; el otro gigante, Sudáfrica, de 60 millones de habitantes, reporta casi 8 mil contagios y 138 fallecidos.

Como ya lo he señalado en otras de mis publicaciones en CRONIO, Marruecos, con una población de 37 millones, comparte con nosotros temas y problemáticas de interés nacional, regional, y mundial, al tiempo que Marruecos es socio extrarregional del Sistema de la Integración Centroamericana. Si bien en su territorio se registran, a la fecha, 5,200 contagiados confirmados, los fallecimientos son menos de 200, sin embargo, como lo anunció el 24 de abril su Ministro de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, al menos 341 marroquíes han fallecido en el exterior por coronavirus fundamentalmente en países de Europa. México reportó, oficialmente el 29 de abril, que 567 de sus connacionales habían muerto en el mundo por COVID-19 (2,271 fallecidos en territorio mexicano). A finales de abril, los países del “Triángulo Norte” reportaron como connacionales fallecidos en el exterior por COVID-19: El Salvador, 122 (13 en territorio nacional); Guatemala 64 (19 en territorio nacional), y Honduras a 39 (83 en territorio nacional). Debemos reconocer que las diásporas han puesto su cuota de sacrificio ante la pandemia.

La iniciativa de integración regional y combate al COVID-19 del Rey de Marruecos para África daría positivos frutos en Centroamérica donde ha predominado la lógica de “sálvese quien pueda”. Frente al éxito de Costa Rica destaca, lamentablemente, la tiranía de Daniel Ortega en Nicaragua. El 7 de abril, la directora de la Organización Panamericana de la Salud expresó la preocupación de su organización “por la respuesta al COVID-19 que se ve en Nicaragua”. Consideró “inadecuados la prevención y el control del COVID-19 en Nicaragua”. En El Salvador, a los errores en la aplicación de las medidas sanitarias como los primeros “albergues” donde confinaron viajeros de todos los orígenes que arribaban al aeropuerto internacional Oscar Arnulfo Romero, las aglomeraciones propiciadas por el propio gobierno el 30 de marzo para recibir un bono de US$ 300 y las decisiones penitenciarías hacinando aún más a los presos en las cárceles, se suman los irrespetos al Estado de Derecho, a la Independencia Judicial, a la Separación de Poderes y a la institucionalidad democrática. Un deterioro jurídico y político no visto en El Salvador desde la firma de los Acuerdos de Paz en enero de 1992.

Como si la crisis sanitaria no fuera suficiente, los países centroamericanos enfrentan la caída de las remesas que envían los paisanos desde el exterior junto al desplome de su productividad nacional y de las exportaciones demandadas desde EEUU por el shock en el consumo y la destrucción de empleos (30 millones de solicitudes para beneficio por desempleo había recibido el gobierno estadounidense a finales de abril, un indicador de la recesión en curso siendo del 4.8% la caída del PIB). Honduras reporta entre el 13 de marzo y el 13 de abril una baja en las remesas del orden del 43%. Los bancos centrales de El Salvador y Guatemala reportan disminuciones intermensuales de febrero a marzo del 3% y el 8%, respectivamente. El desplome se profundizará de abril-mayo en adelante.

Las remesas juegan el doble rol: evitan que miles de familias caigan en la pobreza y sacan de la pobreza a miles de familias más. Su disminución, en este contexto de vulnerabilidad, se traducen en hambre entre la población. Y de agudizarse el hambre habrá más migrantes -seguramente hasta nuevas caravanas- hacia el norte del continente. De hecho, la última caravana salió de Honduras apenas el 1 de febrero pasado. Estos factores son claves en la ecuación política que esperamos de cada gobierno, y de la región centroamericana en su conjunto, para la reconstrucción post-coronavirus. De no hacerlo, se precipita una crisis humanitaria no vista desde las guerras civiles del siglo pasado que desbordará los daños por la pandemia.

Una última reflexión.

Cuando se inicien las vacunaciones masivas a finales del 2020 y principios del 2021, el COVID-19 será una página por pasar en la historia de cada uno, de cada familia, de cada colectividad. El COVID-19, para entonces, habrá causado cientos de miles de muertes y millones de contagios, y millones más padecerán traumas emocionales por las pérdidas sufridas y las cuarentenas forzosas, si bien a la larga los daños serán limitados y acotados, y el mundo entero estará mejor preparado para futuras epidemias. Pero, el futuro no estará cifrado allí sino en las heridas para la convivencia ciudadana sobre todo en los países donde se respondió a la crisis sanitaria con autoritarismo, con violaciones a los Derechos Humanos, y sin audacia política. Estas heridas tardarán muchos años en sanar.

Por Napoleón Campos.

Especialista en Temas Internacionales.

Opinet

El Mundial no cambió a los gigantes… cambió a los pequeños

Publicado

el

Randa Hasfura Anastas

Al final, la lógica terminó imponiéndose.

Francia, España, Argentina e Inglaterra son las cuatro selecciones que llegaron hasta las semifinales. Si alguien mira únicamente ese dato, podría decir que este Mundial no tuvo nada de extraordinario. Los grandes siguen siendo los grandes.

Y tendría razón… pero solo a medias.

Porque si algo nos dejó esta Copa del Mundo no fue la caída de los gigantes, sino el nacimiento de quienes ya no les tienen miedo.

Hace algunos años era impensable imaginar a Paraguay eliminando a Alemania. O a Marruecos dejando en el camino a Holanda. O a Noruega sacando a Brasil del torneo. México llegó hasta enfrentarse de igual a igual con Inglaterra. Egipto hizo sufrir a Argentina. Cabo Verde demostró que ya nadie entra a una cancha solo para cumplir el calendario.

Los favoritos terminaron avanzando, sí. Pero ya no avanzan tan tranquilos.

Y esa diferencia dice mucho más de lo que parece.

Durante décadas vivimos con la idea de que siempre ganarían los mismos. Que las grandes potencias estaban destinadas a dominar mientras los demás simplemente competían con dignidad.

Hoy esa distancia sigue existiendo, pero cada vez es más corta. El fútbol solo nos lo “recordó”.

Porque eso mismo está ocurriendo fuera de las canchas.

El mundo ya no funciona como hace cincuenta años. Han aparecido nuevas economías, nuevos liderazgos, nuevas voces que reclaman un lugar en la mesa donde antes solo se sentaban unos pocos.

Independientemente de la opinión política que cada uno tenga, por ejemplo muchos ven en Palestina la imagen de un pueblo que continúa resistiendo frente a un adversario mucho más poderoso, las redes ayudaron a darle protagonismo en el mundo.

Y no significa que las potencias hayan dejado de ser poderosas. Significa algo mucho más sencillo: el resto del mundo decidió competir.

La historia está llena de ejemplos.

Hubo un Egipto que parecía eterno. El imperio de Alejandro Magno conquistó gran parte del mundo conocido. El Imperio otomano dominó durante siglos tres continentes. En su momento parecían imposibles de desafiar.

Sin embargo, todos terminaron comprendiendo la misma lección: ningún poder permanece intacto para siempre, no porque tienden a destruirse, sino porque otros comienzan a crecer.

Un gran ejemplo es El Salvador. Hace apenas unos años, muy pocos habrían apostado un solo peso por verlo destacar en el escenario internacional. Sin embargo, hoy aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones sobre seguridad, inversión, turismo y transformación institucional. Demuestra que los países pequeños también pueden cambiar su destino cuando deciden competir y dejar de verse a sí mismos como débiles.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. No estamos viendo el fin de los gigantes, sino el final del miedo hacia ellos.

Tal vez esa sea también la mejor manera de entender el momento que vive el mundo. Los grandes siguen estando ahí. Siguen siendo fuertes. Pero ya no juegan solos.

Porque el cambio no comienza cuando el poderoso deja de ser fuerte.

El cambio comienza cuando el pequeño descubre que también puede ganar.

Continue Reading

Opinet

¿Libertad y moralidad en la era de la post-verdad? Releyendo la “Crítica de la razón práctica”

Publicado

el

Por: Lisandro Prieto Femenía

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto más frecuente y constantemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”. Immanuel Kant, Crítica de la razón práctica, Conclusión (AA V, 161)

Si la “Crítica de la razón pura” estableció los límites de lo que podemos conocer, dejando la metafísica fuera del alcance de la razón teórica, la “Crítica de la razón práctica” (1788) de Immanuel Kant se erige sobre ese vacío para explorar el reino de la acción humana. Tras clausurar la posibilidad de un conocimiento de la libertad, el alma o la inmortalidad, Kant se enfrenta a la pregunta ineludible: ¿cómo podemos, entonces, justificar la moralidad? Pues bien, el filósofo prusiano no busca aquí describir cómo se comportan los seres humanos, sino prescribir cómo deberían comportarse. Se trata de un giro de lo empírico a lo normativo, de la pregunta “¿qué puedo saber?” a la pregunta fundamental “¿qué debo hacer?”.

La grandeza de Kant en esta obra reside en su intento por fundamentar la moralidad no en la felicidad, el deseo o la autoridad religiosa, sino en la razón misma. Su propósito es construir una ética universal, válida para todos los seres racionales, que no dependa de circunstancias contingentes. La moralidad, para Kant, no puede basarse en un bien externo o en una recompensa esperada, pues tales motivos serían egoístas y, por tanto, carecerían de valor moral genuino. El valor de una acción, en esta perspectiva, no reside en sus consecuencias, sino en la intención con la que se lleva a cabo, y esa intención solo tiene valor moral si obedece la ley.

En este punto, es necesario recordar que el concepto central de la ética kantiana es el “imperativo categórico”. A diferencia de los imperativos hipotéticos (“si quieres sacar buenas notas, debes estudiar”), que dependen de un fin particular, el imperativo categórico es un mandato de la razón que se impone de manera incondicionada. Se trata de una ley que nos dicta cómo debemos actuar, independientemente de nuestros deseos o de las consecuencias. Kant lo formula en su obra de diversas maneras, pero la primera y más conocida es la siguiente: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (Kant, 1788, AA V, 30).

Esta fórmula nos obliga a pensar si la norma que guía nuestra acción (la “máxima”) podría ser aplicada por todos los seres racionales sin caer en contradicción. Por ejemplo, la máxima de “mentir para salir de un apuro” no puede ser universalizada, pues si todos mintieran, la mentira perdería su eficacia, y la comunicación misma se haría imposible. Siguiendo el silogismo kantiano, la mentira es, por tanto, moralmente prohibida.

La segunda formulación, igualmente crucial, se centra en la dignidad de los seres humanos y versa así: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio” (Kant, 1788, AA V, 42). Esta máxima nos impide instrumentalizar a las personas, tratándolas como simples objetos para nuestros fines. El ser humano, en tanto que es racional, posee un valor intrínseco e incondicionado, una dignidad que debe ser respetada en todo lugar y en todo momento. Para Kant, esta capacidad de darnos la ley moral a nosotros mismos es la “autonomía de la voluntad”, la fuente de toda moralidad. Así, desde este enfoque, no obedecemos a una ley externa, sino a la ley que nuestra propia razón nos dicta.

Ahora bien, seguramente en este punto del texto usted, caro lector, se preguntará: “¿por qué me estás sugiriendo leer a Kant hoy?” Excelente pregunta, porque si somos conscientes de que en nuestra era, marcada por la “post-verdad”, donde los hechos objetivos son a menudo suplantados por las emociones, los caprichos y las narrativas personales, la urgencia de retornar a Kant se vuelve evidente. Desde nuestra perspectiva, la post-verdad es una enfermedad de la razón, un nihilismo disfrazado que destruye los cimientos de la verdad compartida y, con ella, la posibilidad de una moralidad universal. Al socavar la objetividad, también se socava la idea de que existen derechos y obligaciones (para todos por igual) que nos vinculan más allá de nuestros gustos, intereses o sentimientos.

La “Crítica de la razón práctica” emerge en este contexto como un antídoto contra la estupidez reinante. Kant nos recuerda que la moralidad no es una cuestión de opiniones subjetivas o consensos sociales, sino que es un mandato de la razón misma. Su imperativo categórico nos exige elevarnos por encima del relativismo y el egoísmo, obligándonos a considerar si nuestras acciones podrían ser una ley para todos. La moral posmoderna nos incita a preguntarnos: “¿Qué es la verdad para mí?”, mientras que Kant, por el contrario, nos confronta con una pregunta mucho más exigente, a saber, “¿Qué es lo correcto para todos los seres racionales?”. Al fundamentar la moralidad en la razón autónoma, Kant nos proporciona una brújula en un mar de confusión, una herramienta para distinguir lo correcto de lo conveniente, y un recordatorio de que la dignidad humana y el deber no son conceptos negociables o deconstruibles. La obra de Kant, en definitiva, nos desafía a reconstruir, desde la razón, el terreno ético que la post-verdad ha dinamitado sigilosa y astutamente.

Y ya que estamos en tiempos en los que se habla mucho de libertad, es fundamental recordar que, en la “Crítica de la razón pura”, Kant había demostrado que la libertad no es cognoscible por la razón teórica. La causalidad opera en el mundo de los fenómenos, donde todo evento tiene su correspondiente causa. Sin embargo, en la “Crítica de la razón práctica”, Kant realiza un movimiento audaz: la libertad, que no pudo ser demostrada como un objeto de conocimiento, es postulada como un “hecho de la razón” (FaktumderVernunft). En pocas palabras: no sabemos que somos libres porque tengamos experiencia de ello, sino porque la conciencia de la ley moral nos lo impone. La ley moral nos dice “debes”, y el “debes” implica que “puedes”. Es decir, si estamos obligados a actuar de cierta manera, es porque todos somos capaces de hacerlo. La libertad, en este sentido, es la condición de posibilidad de la moralidad misma.

Al respecto, el filósofo Karl Jaspers, en su obra titulada “Kant”, hace puntual hincapié sobre este asunto al indicar que “la libertad, de la que no tenemos conocimiento, es la condición para que podamos actuar moralmente. La ley moral es el motivo por el cual sabemos que somos libres, aunque no sepamos qué es la libertad misma” (Jaspers, 1957, p. 110). La razón práctica, al postular la libertad, nos ofrece una certeza a la que la razón teórica no podía acceder. La libertad es la bisagra que une el mundo inteligible (el de las ideas de la razón) con el mundo sensible (el de los fenómenos naturales). Kant no resuelve la dicotomía entre esos dos mundos, pero sí traza un camino para que, a pesar de que nuestros cuerpos están sujetos a leyes de la naturaleza, nuestra voluntad pueda ser el origen de acciones libres y morales.

Pero espere, hay más: la ética de Kant no se detiene en la libertad. La razón práctica tiene la capacidad de postular ciertas verdades que, aunque incognoscibles, son necesarias para que la moralidad tenga sentido. Estos son los “postulados” de la razón práctica: la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. La ley moral nos exige una perfección completa y constante (y sí, era prusiano el muchacho). Dado que esta santidad no es alcanzable en una vida finita, Kant postula la inmortalidad del alma como una garantía de que habrá un tiempo infinito para alcanzarla. La existencia de Dios, por su parte, es postulada como garante de que la virtud (la obediencia a la ley moral) se corresponda, en última instancia, con la felicidad. Esta armonía final entre virtud y felicidad es lo que él llama “el sumo bien”.

La noción del “sumo bien” o summumbonum es uno de los conceptos más debatidos, y a menudo, malinterpretados de la filosofía kantiana. No es un detalle secundario, sino un punto culminante de la moralidad, un postulado que une la virtud con la felicidad y, en última instancia, justifica la fe. Kant introduce este concepto en la segunda parte de la “Crítica de la razón práctica”, en la sección titulada “Dialéctica de la razón pura práctica”. Lo define como la síntesis o la unión de dos elementos que la experiencia a menudo muestra separados: la virtud y la felicidad. Para él, la virtud (obediencia a la ley por el deber mismo) es el bien supremo (supremum), es decir, el bien incondicionado y principal. La felicidad, por su parte, es el bien condicionado, la satisfacción de todos nuestros deseos y necesidades, algo que buscamos por naturaleza, pero que por sí misma carece de valor moral.

El problema que Kant identifica es que la moralidad, tal como la conocemos, nos exige que seamos virtuosos, pero no nos garantiza que seamos felices. De hecho, a menudo parece todo lo contrario: la persona que actúa con rectitud suele sufrir, mientras que el injusto parece prosperar. Si la moralidad nos exige una renuncia a la felicidad en aras del deber, ¿no convierte esto a la razón práctica en algo insosteniblemente trágico, injusto o absurdo? Kant rechaza esta conclusión, porque la razón práctica no puede admitir una contradicción tan profunda. Para ello, postula la necesidad de que exista una conexión entre ser digno de la felicidad y la felicidad misma. Esta “armonía final” entre virtud y felicidad es lo que él llama “el sumo bien”.

Esta conexión no puede ser demostrada en el mundo sensible, donde las leyes naturales y la causalidad operan de forma mecánica. Es por ello que el sumo bien se convierte en un postulado de la razón práctica. Para que el proyecto moral tenga sentido, debemos creer en la posibilidad de esta unión. Esta creencia se fundamenta en la necesidad de que la virtud, al ser el bien principal, sea también el fundamento para merecer la felicidad. Kant explica que, si bien la moralidad no nos enseña a cómo ser felices, sí nos enseña cómo ser dignos de la felicidad. El sumo bien, por lo tanto, no es el motor de nuestras acciones, sino el resultado final de una vida moralmente recta. La búsqueda del sumo bien no es la motivación de la acción moral, sino la esperanza que sostiene a la voluntad de cumplir con el deber. Es, en este contexto, que la existencia de Dios y la inmortalidad del alma se convierten en postulados necesarios para hacer posible el sumo bien en tanto que sólo un ser omnipotente y moralmente perfecto, es decir, Dios, podría garantizar que la virtud sea recompensada con la felicidad en una existencia más allá de la vida terrenal.

En definitiva, el sumo bien es el objeto final de la moralidad y la culminación del sistema ético kantiano. Es la idea de un mundo donde la virtud y la felicidad coinciden, una idea que no es un objeto de conocimiento, sino un objeto de fe racional, necesaria para que el cumplimiento del deber no sea un acto de heroísmo sin sentido. Aún así, la premisa de Kant sigue siendo la misma: la moralidad no es una cuestión de gustos o convenciones sociales, sino un mandato de la razón que nos exige trascender el interés propio para vivir en un mundo donde la dignidad de cada persona sea un fin en sí misma.

En conclusión, queridos lectores, queda claro que si bien la ética kantiana es rigurosa, es también objeto de serias críticas. ¿Es posible aplicar el imperativo categórico en todas las situaciones sin caer en dilemas irresolubles? ¿Qué sucede cuando dos deberes kantianos entran en conflicto, como el deber de decir la verdad y el deber de proteger una vida? Y si la moralidad depende de la libertad, ¿cómo podemos afirmar que somos libres si la razón pura nos dice que no podemos conocer tal cosa? Kant abrió un abismo entre el reino de la necesidad natural y el reino de la libertad moral, un abismo que, sin un puente, parece dejar a la razón dividida. Pero no tema, caro amigo, en nuestra próxima entrega exploraremos si la “Crítica del juicio” ofrece alguna solución a esta fractura dicotómica.

Datos de contacto

  • Correos electrónicos de contacto: lisiprieto@hotmail.com y lisiprieto87@gmail.com
  • Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0
  • What’sApp: +54 9 2645316668
  • Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
  • Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
  • X: @LichoPrieto
  • Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
  • LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
  • Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
  • Donaciones (opcionales) vía Mercado Pago: +5492645316668
Continue Reading

Opinet

Oscar Martínez Peñate presenta “Modelo Bukele”, una lectura política sobre la transformación del Estado salvadoreño

Publicado

el

Por

El escritor e investigador salvadoreño Oscar Martínez Peñate aborda la evolución política reciente de El Salvador en su libro Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, una obra que busca interpretar el ascenso de Nayib Bukele, la ruptura del bipartidismo y los cambios institucionales registrados desde 2019.

La publicación corresponde a la segunda edición de 2026 y retoma un proyecto editorial iniciado en 2025 bajo el título La experiencia Bukele: El renacer del Estado. El libro fue publicado por Editorial Nuevo Enfoque y reúne más de 150 páginas dedicadas al análisis político, histórico y social del país.

Más que limitarse a describir la gestión gubernamental, Martínez Peñate intenta construir una interpretación doctrinaria del llamado “Modelo Bukele”. Su tesis central sostiene que El Salvador atraviesa un proceso de refundación estatal que no responde plenamente a las categorías tradicionales de izquierda, derecha, socialdemocracia o neoliberalismo.

El autor ubica el origen de esta transformación en el desgaste de ARENA y el FMLN, partidos que dominaron la política nacional durante tres décadas. Desde esa perspectiva, la llegada de Nuevas Ideas habría representado no solo un cambio electoral, sino una ruptura con la estructura partidaria surgida después de los Acuerdos de Paz.

La seguridad pública ocupa un lugar central en la obra. Martínez Peñate plantea que el combate contra las pandillas permitió al Estado recuperar territorios, restablecer su autoridad y modificar la vida cotidiana de comunidades sometidas durante años a extorsiones, amenazas y restricciones de movilidad. El propio prólogo reconoce, no obstante, que estas políticas han provocado debates sobre derechos fundamentales y sostenibilidad institucional.

El libro también analiza el papel de las redes sociales, la movilización ciudadana y la capacidad de Bukele para conectar con sectores que ya no se sentían representados por partidos, sindicatos o movimientos sociales tradicionales. El autor interpreta ese fenómeno como una nueva forma de organización política, integrada por distintas generaciones y articulada principalmente alrededor de una identidad común.

Otro de los aportes de la publicación es su intento por convertir una experiencia política todavía en desarrollo en objeto de estudio académico. La obra incluye capítulos sobre institucionalidad, elecciones, movimientos sociales, políticas públicas, seguridad, educación, economía, turismo y la posible consolidación del “bukelismo” como corriente ideológica.

El enfoque de Martínez Peñate es claramente favorable al proyecto político del presidente Bukele, por lo que el libro puede leerse tanto como una defensa intelectual del oficialismo como una fuente para comprender la narrativa con la que sus simpatizantes explican la transformación del país. Ese posicionamiento no resta interés al texto, pero sí obliga al lector a contrastar sus conclusiones con otras investigaciones y voces críticas.

Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño aparece en un momento en que la experiencia salvadoreña genera atención internacional, admiración, cuestionamientos y debates sobre seguridad, democracia y concentración del poder. La obra se incorpora así a una discusión que trasciende a El Salvador: si el fenómeno Bukele constituye una fórmula replicable, una experiencia excepcional o una etapa política cuyo verdadero alcance aún está por definirse.

Óscar Martínez Peñate, autor del libro El Modelo Bukele: Refundación del Estado salvadoreño, en su Segunda Edicion.

Continue Reading

Publicidad

Lo Más Leído