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MARAS: El Control, Crimen y Migración de las pandillas que atenta con la seguridad de las naciones
En Chiapas pasan cosas como esta: cinco jóvenes de entre 18 y 24 años torturaron y asesinaron a Rudy Alonso Pacheco Niño, de 18 años, en el municipio de Acacoyagua, el pasado 26 de junio.
Dos de los presuntos asesinos, detenidos un mes después, son guatemaltecos, uno salvadoreño y tres mexicanos. Todos miembros de la mara Barrio-18.
Su víctima, a su vez, era mexicano que pertenecía a la «Mara Salvatrucha» (MS-13), de acuerdo con las autoridades.
Con la atención siempre puesta en su frontera norte, México olvida que el sur también existe en el mapa de la violencia.
Chiapas, estado del sur de México, empalmado con Centroamérica por su geografía, enfrenta graves problemas de seguridad atribuidos al arribo de jóvenes «maras».
Así llaman a los integrantes de pandillas centroamericanas como la «Mara Salvatrucha» y «Barrio 18», que son las más conocidas y que en Chiapas han reclutado ya a jóvenes mexicanos, desde hace al menos 20 años.
Héctor Castillo, investigador de la UNAM y especialista en grupos juveniles, lo compró al participar en un programa gubernamental que se llamó Hábitat, y que puso en marcha el gobierno de Felipe Calderón en distintas ciudades del país para prevenir la violencia.
Entre esas ciudades estaba Tapachula, capital de Chiapas y una de las ciudades más afectadas por la actividad de las «maras».
«El propósito era intervenir con los jóvenes, a partir de distintas actividades, para alejarlos de las pandillas, porque uno no puede llegar y enfrentar así nada más a las ‘maras'», explica.
Por algo la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), desde 2004, consideró a las «maras» como «un problema que atenta no solamente contra la seguridad pública de las personas, sino también contra la seguridad nacional del Estado».
Pandillas en expansión
Hace años que México detectó las actividades de grupos de «maras» en el país. Desde 1996 al menos, de acuerdo con la CNDH y Héctor Castillo.
Su presencia, sin embargo, progresivamente se expandió hasta llegar a 23 estados del país y sumar más 5.000 integrantes hasta 2005, año en que la CNDH hizo el estudio.

En este advertía además que en Chiapas habían nacido ya otras «clicas» (grupos considerados como «familias» que pertenecen a las «maras»), que en 2001 ya sumaban 200 grupos con al menos 3.000 pandilleros.
El problema entonces no es reciente, afirman especialistas. Y tampoco simple, aclaran. El fenómeno de las pandillas centroamericanas que operan en México es una mezcla que combina migración, pobreza, crimen y corrupción, y que exhibe la falta de políticas públicas en la región y las fallidas estrategias de seguridad como el Plan Frontera Sur, el cual consiste básicamente en el reforzamiento de la seguridad policial y militar.
Esta estrategia, sin embargo, no ha disuadido la operación de las pandillas en Chiapas. Y aun peor, al parecer su número y sus actividades ha aumentado en los últimos dos años: de 13 supuestos pandilleros detenidos en 2016, el número se elevó a 161 hasta febrero de 2018, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de Chiapas.

También aumentaron los homicidios vinculados a los enfrentamientos entre pandillas: de 18 ocurridos en 2016 pasaron a 22 en 2017 y este año suman 7, según las cifras oficiales.
Los especialistas advierten, sin embargo, que alrededor de estos números oficiales hay una «cifra negra», que impide conocer el total de los asesinatos o hechos violentos relacionados con las «maras», porque la mayoría de la veces sus delitos involucran migrantes sin documentos.
Para enfrentar el problema – que afecta sobre todo a los municipios de Suchiate, Tapachula, Mapastepec y Tuxtla Gutiérrez– las autoridades de Chiapas pusieron en marcha el Programa Antipandillas, que opera desde la Fiscalía de Inmigrantes.
Esta instancia colabora con los gobiernos de Guatemala y El Salvador, y ha detectado los vínculos entre las maras de Centroamérica y las que operan en México.
Incluso advierten que desde cárceles como «El Infiernito», en el departamento de Escuitla, Guatemala, o desde los centros de reinserción social para sentenciados 14 de Cintalapa y 3 de Tapachula salen las órdenes de asesinatos de los jefes maras a sus «clicas».
Así lo comprobaron cuando detuvieron a los asesinos de Rudy Alonso. De acuerdo con la investigación, en «El Infiernito» está recluido Fernando Muñoz Sinar, conocido como «El Happy» y/o «El Ratón», a quien identifican como el actual líder de la «clica» llamada «Sólo para Locos», de «Barrio 18».
En 2017 este líder contactó a Juan Carlos N, «El Pastrana», que se encuentra en el centro penitenciario número 14 de Cintalapa para formar una alianza para la venta de droga en toda la región del río Suchiate, la Costa de Chiapas y Tapachula.
Para ellos operaba Yener Aldair, conocido como «El Panzas», de 19 años, guatemalteco, quien encabezó el asesinato del joven mexicano vinculado con «MS-13» en Acacoyagua, por órdenes de «El Happy».
Pero la violencia en Chiapas no sólo ocurre entre pandillas. Los más vulnerables son los migrantes centroamericanos que salen de sus países para huir de estas.

Jóvenes detenidos como presuntos miembros de las “clicas” en Chiapas.
La doctora Ailsa Winton, investigadora de El Colegio de la Frontera Norte (Ecosur), explica que desde hace un par de años ha sucedido que los migrantes que abandonan sus países por el acecho de las pandillas, se encuentran en Chiapas a los mismos de quienes huyen.
«Se comenzó a escuchar que estos migrantes se habían topado con quienes los habían amenazado allá (en sus países) o que reconocía a pandilleros de su país aquí en México, en espacios públicos como el parque central de Tapachula o los albergues, donde las personas encargadas de estos han alertado de esta situación», explica.
Esto sucede porque los pandilleros siguen a sus víctimas, las persiguen hasta México, dice. Y aunque este tipo de situaciones ya se conocían, agrega, no hubo respuesta de las autoridades: ni atención ni protección para los migrantes, y tampoco investigación.
El riesgo de la criminalización
Centroamérica y México comparten una frontera de 1.149 kilómetros que se extiende desde el Océano Pacífico al Caribe y atraviesa algunos de los territorios más pobres de la región, donde apenas hay infraestructuras y empleo formal.
Parte de la frontera de 956 km entre México y Guatemala serpentea a lo largo de los ríos Suchiate y Usumacinta. Los 193 kilómetros restantes siguen el curso del río Hondo que divide a México de Belice.

En esa geografía Chiapas es la puerta de entrada de la migración proveniente de la cintura del continente. O como lo llaman ahora: del «Triángulo Norte» que forman Guatemala, El Salvador y Honduras, países donde la pobreza y la violencia de las pandillas han disparado los desplazamientos forzados.
Los números lo evidencian. De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 294.000 ciudadanos de esos países estaban registrados en 2017 como refugiados o solicitantes de asilo, lo que significa un aumento de 58% con respecto a 2016, y 16 veces más que en 2011.
La mayoría son mujeres y jóvenes que escapan del reclutamiento forzado de las maras o pandillas y de sus amenazas de muerte. «Están huyendo de la violencia», dice el investigador Iván Porras, también del Ecosur.
Para ellos, el primero de sus destinos es Estados Unidos, donde se encuentran 260.000 refugiados y solicitantes de asilo de Centroamérica, de acuerdo con cifras del ACNUR.
México –que ACNUR ya no considera un país de tránsito sino de destino– está en el segundo sitio con 12.700 solicitudes de asilo, seguido por Costa Rica con 3.200, Panamá con 1.400, y Nicaragua con 700.
Si la migración es un tema regional, también la seguridad lo es, dice el investigador Iván Porras. «No son fenómenos que puedan aislarse porque están vinculados», asegura.

Migración y seguridad a su vez están enganchados a las políticas migratorias de Estados Unidos y México, agrega Winton, del Ecosur.
«Si hay más controles migratorios en México y Estados Unidos, las personas que tienen que moverse están más sujetas a los grupos criminales, de quienes dependen para poder trasladarse de manera clandestina, pagándoles».
De modo que si cambia la política migratoria, cambia la migración y cambian los grupos criminales que se mueven en función de esos migrantes. Pero ni unos ni otros se detienen, a pesar de las políticas de seguridad que México ha aplicado como una especie de «tapón» para impedir que los centroamericanos lleguen a Estados Unidos.
Los resultados, parece, son contraproducentes debido a la corrupción de cuerpos policiacos y autoridades migratorias que extorsionan a los migrantes en su tránsito o son cómplices de los traficantes de personas.
De modo que los mecanismos de seguridad que ha implantado México para impedir la entrada de «maras», también han fermentado un caldo de cultivo para criminalizar la migración centroamericana y abandonarla a su suerte ante las acciones criminales de estos grupos.
«A quién recurren si están en el país de manera ilegal», pregunta Porras.
La presión migratoria
Apenas en enero de este año, los gobiernos de Guatemala, El Salvador y Honduras alertaron a México sobre los flujos masivos de pandilleros hacia Chiapas, como consecuencia de los operativos que esos países aplican contra esos grupos delictivos.
De inmediato se levantaron voces que demandaron a las autoridades federales y estatales controles más estrictos contra los migrantes que viajan sin papeles. Una de esas voces fue el Comité de Consulta y Participación Ciudadana en Materia de Seguridad Pública (Cocoparci).
Esta organización argumentó que los ciudadanos centroamericanos pueden recurrir a la Tarjeta de Visitante Regional (TVR), que en los últimos dos años ha permitido contabilizar aproximadamente 4.5 millones de ingresos legales por la frontera sur.
Una condición para acceder a la TVR es que los centroamericanos deben registrar y comprobar su identidad y domicilio. Por lo tanto, según la Cocoparci, muchos de quienes no tramitan la TVR es porque quiere ocultar quiénes son y de dónde vienen, tal vez porque tienen antecedentes penales.
Para Ailsa Winton, investigadora del Ecosur, estas son reacciones producto de la mala atención y comprensión de un problema como la violencia asociada a la migración y la movilidad, que termina distorsionando su percepción.
«Lo que sucede en Chiapas es que la gente ahora asocia más el refugio y a los refugiados con la criminalidad, y lo escuchamos en foros y de asociaciones civiles que argumentan que son los mismos criminales a quienes se les está beneficiando con la condición de refugiados», afirma.
Más allá de la xenofobia, que sí existe en México contra los centroamericanos, la preocupación de Winton es que, frente a esos argumentos y la falta de atención al problema, «las personas que necesitan protección quedan desprotegidas y los criminales pueden tener la libertad para seguir haciendo lo que hacen».
Ella y Porras coinciden que la atención debe ser regional y participar todos los gobiernos y autoridades involucradas.
Pero «no hay mucho interés, tampoco recursos asignados para atender el problema, y mucho menos comprensión sobre qué es la criminalidad, cómo operan esos grupos y su relación con la migración y movilidad en la región».
Por eso, historias como las de Rudy Alonso Pacheco, asesinado a machetazos, seguirán ocurriendo sin que nadie vuelva la vista hacia el sur.
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Esto es lo que se sabe del accidente que dejó siete policías muertos en Honduras
Una de las mayores tragedias viales que ha afectado a la Policía Nacional de Honduras en los últimos años ocurrió el miércoles en la cuesta de El Rodeo, sobre la carretera CA-5, donde al menos siete agentes policiales fallecieron y más de una veintena resultaron heridos tras un accidente entre un autobús institucional y una rastra.
Según informaron las autoridades hondureñas, en la unidad de transporte viajaban aproximadamente 35 uniformados que regresaban de la ciudad de Comayagua, luego de realizar diligencias relacionadas con la entrega de indumentaria policial.
#CRONIO En Honduras, siete policías fallecieron y otros 11 resultaron heridos tras un accidente de tránsito registrado el miércoles en el sector de El Rodeo, en Comayagua.
Tres de los lesionados se encuentran en estado crítico.
📹: Cortesía pic.twitter.com/ce09Eand9y
— Diario Digital Cronio (@croniosv) June 18, 2026
El director de Comunicación Estratégica de la Policía Nacional, comisionado Wilber Mayes Ríos, confirmó que entre las víctimas mortales se encuentran cinco hombres y dos mujeres. Además, indicó que varios de los lesionados fueron trasladados de emergencia a distintos centros asistenciales debido a la gravedad de sus heridas.
El accidente ocurrió cuando una rastra impactó contra el costado izquierdo del autobús de la Policía Nacional.
De acuerdo con las versiones preliminares, el vehículo pesado habría invadido el carril por donde circulaba el autobús policial. Las autoridades informaron que el conductor de la rastra se encuentra bajo requerimiento mientras continúan las investigaciones correspondientes para determinar las circunstancias del percance.
#CRONIO #ADVERTENCIA Tragedia en Honduras. Un accidente de tránsito registrado en el sector de El Rodeo, en Comayagua, dejó un saldo preliminar de siete policías fallecidos y 11 agentes lesionados. Según los reportes, tres de los heridos permanecen en estado crítico y reciben… pic.twitter.com/ovF2etvA31
— Diario Digital Cronio (@croniosv) June 18, 2026
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Epidemia de ébola en República Democrática del Congo supera las 200 muertes
Más de 200 personas han fallecido a causa del ébola en la República Democrática del Congo (RDC), poco más de un mes después de que se declarara la epidemia, informó este jueves el Centro Africano para el Control y la Prevención de Enfermedades (Africa CDC), organismo sanitario de la Unión Africana.
De acuerdo con la entidad, se han registrado 202 muertes y un total de 875 casos confirmados de la enfermedad, lo que representa una tasa de mortalidad del 23 %.
La provincia de Ituri, ubicada en el noreste de la República Democrática del Congo, se encuentra en el epicentro de la decimoséptima epidemia de ébola del país, declarada oficialmente el pasado 15 de mayo. Según el último balance oficial, el virus ha contagiado a 837 personas y ha provocado 196 fallecimientos en esa zona.
En la ciudad de Bunia se han confirmado 215 casos. Sin embargo, las capacidades de diagnóstico continúan siendo limitadas, mientras que científicos y autoridades sanitarias internacionales reconocen que aún se desconoce la verdadera magnitud de la crisis sanitaria.
En medio de la emergencia, el fútbol se ha convertido en un espacio de distracción para parte de los casi 100 millones de habitantes del país, quienes también enfrentan el conflicto armado en el este del territorio y los constantes ataques de grupos armados.
“Tenemos la esperanza”, expresó Nathanaël Amuli. Tras el empate entre Cabo Verde y España el pasado lunes, aficionados congoleños comenzaron a ilusionarse con las posibilidades de la selección nacional, conocida como los Leopardos.
No obstante, en Bunia el entusiasmo deportivo se vio afectado por las restricciones sanitarias. A primeras horas de la tarde, alrededor de un centenar de jóvenes se congregaron frente a una pantalla gigante en el centro de la ciudad, portando camisetas de la selección nacional y banderas de la República Democrática del Congo pintadas en sus rostros.
Sin embargo, la actividad no pudo desarrollarse como esperaban debido a que las autoridades prohibieron desde finales de mayo las reuniones de más de 50 personas como medida para contener la propagación de la epidemia de ébola.
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Costa Rica captura a dirigente de equipo de fútbol acusado de narcotráfico en Estados Unidos
Las autoridades de Costa Rica arrestaron el miércoles a un presunto narcotraficante colombiano, identificado como Wilder Eusse Osorio, presidente del equipo de fútbol Municipal Liberia de la primera división, quien es requerido en extradición por Estados Unidos por presuntos cargos relacionados con el tráfico de cocaína.
De acuerdo con el organismo judicial costarricense, Eusse Osorio, colombiano nacionalizado costarricense, enfrenta acusaciones en un tribunal de Texas por presuntamente traficar cocaína.
El director general del Organismo de Investigación Judicial, Michael Soto, informó mediante un video publicado en la red social X que el detenido estaría vinculado a una organización transnacional dedicada al tráfico y distribución de drogas en Costa Rica con destino final hacia Estados Unidos.
Soto señaló además que las autoridades costarricenses trabajan estrechamente con la agencia antidrogas estadounidense para capturar a varias personas que podrían ser extraditadas hacia ese país.
Tras su captura, Eusse Osorio fue puesto a disposición de las autoridades judiciales para iniciar el proceso de extradición, luego de que una reforma legal aprobada en 2025 autorizara que ciudadanos costarricenses puedan ser juzgados por países que los requieran.
Por su parte, la Federación Costarricense de Fútbol informó en un comunicado que realizó ajustes en los procesos de licenciamiento y control financiero con el objetivo de fortalecer los mecanismos de supervisión dentro del fútbol nacional.
La entidad deportiva agregó que durante junio emitió dos prevenciones, una dirigida al club Municipal Liberia y otra a la empresa administradora presidida por Eusse Osorio, debido a inconsistencias detectadas en la información financiera y legal presentada.
En el ámbito deportivo, Municipal Liberia fue eliminado en las semifinales del torneo Clausura por Saprissa, equipo que posteriormente perdió la final frente al actual campeón, Club Sport Herediano.
El caso ocurre meses después de que Costa Rica realizara, el pasado 20 de marzo, su primera extradición hacia Estados Unidos, cuando entregó al exministro de Seguridad y exmagistrado costarricense Celso Gamboa, también acusado de narcotráfico.
Gamboa, sancionado por el Tesoro de Estados Unidos, fue extraditado junto con Edwin López Vega, alias “Pecho de Rata”, señalado como su presunto socio.
El exfuncionario rechaza las acusaciones de que ambos habrían lavado ganancias provenientes del narcotráfico a través de un equipo de fútbol de segunda división y sostiene que los señalamientos forman parte de maniobras impulsadas por narcotraficantes encarcelados en Estados Unidos para obtener reducciones de condena.
Costa Rica forma parte de una ruta utilizada para el traslado de cocaína procedente de Colombia con destino a Estados Unidos, considerado el principal mercado consumidor de esta droga.




