Opinet
¿Por qué los políticos son cada vez más violentos?
Por: Lisandro Prieto Femenía
“La violencia puede destruir el poder; pero es completamente incapaz de crearlo”, Hannah Arendt
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre un fenómeno inquietante para la sociedad occidental actual: la agresividad política parece correlacionarse, en ciertos casos, con un aumento de la popularidad de algunos líderes. Este acontecimiento desafía las concepciones tradicionales de la política como espacio de diálogo, negociación y consenso, y plantea interrogantes fundamentales sobre la naturaleza del poder y la ciudadanía.
En su ensayo titulado “Sobre la violencia” (1970), Hannah Arendt establece una distinción fundamental entre poder y violencia, la cual es crucial para analizar el ascenso de líderes populistas y el uso sistemático de la agresividad política y mediática. Para Arendt, el poder reside en la acción concertada, no concentrada, es decir, en la capacidad de los individuos para actuar juntos y alcanzar objetivos comunes, mientras que la violencia es un instrumento que se utiliza cuando el poder falla. Desde este enfoque, el poder genuino nace del consentimiento y la cooperación, mientras que la violencia es un signo de debilidad, una confesión de que el consenso ha fracasado rotundamente. En este sentido, la agresividad política y la incitación a la violencia son interpretados como intentos de compensar la falta de poder auténtico, la incapacidad de generar apoyo a través del diálogo y la persuasión.
Cuando se trata de líderes populistas, que a menudo carecen de un programa político coherente y de una base de apoyo sólida, la violencia es utilizada como un sustituto del poder legítimo. La retórica agresiva, la demonización del oponente y la creación de un clima de miedo y hostilidad terminan movilizando a los votantes más polarizados y compensar la falta de consenso.
Arendt también señala que la violencia tiende a ser impredecible y generar consecuencias no deseadas. Al recurrir a estrategias comunicativas violentas, los líderes populistas corren el riesgo de desestabilizar la sociedad y de erosionar las instituciones democráticas. Además, la violencia genera una espiral interminable de represalias, alimentando así un ciclo de confrontación y polarización o grieta social constante.
En definitiva, la perspectiva de Arendt nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma del poder y la violencia aplicada como única estrategia de gestión en la política contemporánea. También, nos recuerda que el poder genuino y digno se basa en el consentimiento y la cooperación, mientras que la violencia es un claro signo de debilidad de un pueblo ignorante y enojado, frustrado e impotente al cual no le cuesta nada apoyar medidas que se carguen por completo la vida democrática.
Desde una perspectiva de realismo político, que podríamos representar mediante Hans Morgenthau, la política podría ser concebida como una lucha por el poder, donde los actores buscan maximizar sus intereses. Pues bien, en el contexto actual, la violencia y la agresividad son vistas como instrumentos racionales para alcanzar objetivos políticos bien concretos. Sin ahondar mucho en el asunto, no podemos olvidar que hace unos días el presidente de los Estados Unidos humilló frente las cámaras al presidente de Ucrania: se trató de una escena excesivamente violenta y disruptiva en la que, por primera vez en la historia, un presidente trata como niño desobediente a otro par ante la mirada en vivo de miles de millones de personas alrededor del mundo.
Lejos de desprestigiar su imagen y su intención de apoyo por parte de la gente, éste tipo de montajes mediáticos violentos aumentaron significativamente la valoración de un abusón que está vendiendo explícitamente una nueva forma de negociación política: primero te denigro, te golpeo donde más te duele, te humillo frente al mundo y, finalmente, te pido que solucionemos el problema, bajo mis términos. Consecuentemente con lo que señalaba Morgenthau, al expresar que “la política internacional, al igual que toda política, es una lucha de poder” (Morgenthau, 1948, p. 13), esta lógica se aplica también a la política interna, donde los líderes utilizan la agresividad extrema en redes sociales para proyectar una imagen de fuerza y determinación, cualidades cada vez más valoradas por un público cada vez más ignorante, agresivo y resentido contra un sistema político que los ha defraudado sistemáticamente a lo largo de los años.
Por su parte, nos encontramos con la teoría de la elección racional, que ofrece otra perspectiva para entender este fenómeno. Según este enfoque, los individuos actúan de manera racional para maximizar sus beneficios: en el ámbito político, esto implica que los líderes puedan recurrir a la agresión si consideran que los beneficios (como el aumento de popularidad o la consolidación del poder) superan los costos. Paralelamente, los votantes están apoyando cada vez más a los líderes agresivos, puesto que así creen que éstos defenderán sus intereses o les proporcionarán seguridad. Pobres diablos…
Desde la psicología política, contamos con aportes significativos de autores como Theodore Adorno y Harold Lasswell para poder comprender los factores psicológicos que influyen en el apoyo masivo a líderes violentos. Adorno, junto con un grupo de investigadores, publicó en el año 1950 un estudio titulado “La personalidad autoritaria”, el cual buscaba comprender las raíces psicológicas del antisemitismo y el fascismo. A través de una serie de encuestas y entrevistas, identificaron un conjunto de rasgos de personalidad que predisponen a los individuos a apoyar líderes autoritarios y a adoptar actitudes intolerantes y agresivas. Entre algunos rasgos clave de la personalidad autoritaria incluyen, en primer lugar, la sumisión a la autoridad en individuos que tienden a obedecer ciegamente a las figuras de autoridad, sin cuestionar un ápice sus decisiones. En segundo lugar, la agresividad hacia grupos seleccionados, no necesariamente minoritarios, en tanto que suelen mostrar hostilidad y prejuicios hacia sectores que perciben como diferentes o amenazantes. En tercer lugar, el convencionalismo, es decir, se adhieren rígidamente a las normas y valores tradicionales y desprecian a quienes se desvían de ellos. En cuarto lugar, el uso de la proyección de sus propios impulsos negativos en los demás, buscando siempre a un “otro” para culpar o responsabilizar de sus problemas. Por último el pensamiento dicotómico (“esto es blanco o negro”), técnica muy eficaz para una ciudadanía que ve el mundo en términos binarios, sin matices ni ambigüedades.
Los precitados rasgos de personalidad podrían explicar por qué ciertos individuos se sienten atraídos por líderes que exhiben agresividad política y mediática. Estas figuras violentas suelen proyectar una imagen de fuerza y autoridad, lo que resuena con la necesidad de sumisión irrestricta por parte de individuos poco críticos y tolerantes. Además, la retórica confrontacional y la hostilidad hacia segmentos de la población refuerza los prejuicios y la agresividad de sus seguidores.
Pues bien, todo ello aplicado a un contexto de incertidumbre y ansiedad social, nos da como resultado líderes burdos y agresivos que parecen ofrecer respuestas simplonas y soluciones rápidas a problemas complejos, lo que atrae a aquellos que buscan esa seguridad y estabilidad que la democracia occidental viene erosionando en las últimas décadas. El discurso polarizador de estos personajes, que divide el mundo en “ustedes” o “nosotros”, “nosotros” y “ellos”, también proporciona un patético sentido de identidad y pertenencia a individuos que se encuentran bastante flojos de papeles.
Lasswell, por su parte, realizó un análisis sobre cómo los líderes utilizan la propaganda y la manipulación psicológica para movilizar a sus seguidores. Estos estudios revelan cómo la necesidad de poder, la baja de autoestima o la tendencia a la dominación, predisponen a ciertos individuos a apoyar líderes que proyectan una imagen de fuerza y agresividad. Además, esta tenacidad burda y maleducada, apela a emociones primarias como el miedo, la ira o el resentimiento, que necesariamente terminan movilizando a los votantes más polarizados.
Para muchos, Lasswell fue un pionero en el estudio de la comunicación política y el uso de la propaganda, en tanto que su trabajo se centró en analizar cómo los líderes utilizan los medios de comunicación para influir en la opinión pública y movilizar a sus seguidores. Una de sus obras más influyentes fue “Técnicas de propaganda en la Guerra Mundial” (1927), donde analiza cómo los gobiernos utilizaron la propaganda para manipular a sus poblaciones, destacando allí la importancia del uso de los símbolos, los estereotipos y las emociones provocadoras a través de una estructura comunicacional enfocada en el adiestramiento y la distracción de la realidad fáctica.
También, Lasswell desarrolló un modelo de comunicación que lleva su nombre, y que se ha convertido en un clásico de su campo, basado en la siguiente pregunta: “¿Quién dice qué, por qué canal, a quién y con qué efecto?”. Esta perspectiva destaca los elementos fundamentales del proceso de comunicación, a saber: emisor, mensaje, canal, receptor y efecto. Éste trabajo es relevante, puesto que sirve para comprender cómo los líderes utilizan la comunicación con el único fin de aumentar su popularidad: los líderes agresivos usan estos medios para crear un clima de temor generalizado, siempre redituable en momentos de tomar medidas que, en un estado de normalidad, serían criticadas. Por último, este enfoque nos ayuda a comprender cómo los personajes violentos con poder absoluto utilizan los diferentes canales de comunicación para difundir su mensaje. Hoy, las redes sociales, particularmente la plataforma X, se han convertido en el canal ideal para la difusión de la propaganda política y el agite permanente tanto de fanáticos como detractores.
Para hilar aún más fino sobre este asunto, podemos acudir al análisis de la dinámica del poder, la “teoría de la élite”, desarrollada por Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca, puesto que nos ofrece un marco crítico para comprender cómo las sociedades son gobernadas por minorías organizadas. Ambos autores, a finales del siglo XIX y principios del XX, desafiaron la concepción de una voluntad popular homogénea, argumentando que el poder siempre se concentra en manos de una minoría llamada élite.
Pareto, en su obra titulada “Tratado de sociología general” (1916), introdujo el concepto de “élite” para referenciar a los individuos que destacan en sus respectivas áreas de actividad. Consecuentemente, distinguió entre la “élite gobernante” y la “élite” no gobernante, y propuso la teoría de la “circulación de las élites”, sugiriendo que son siempre dinámicas, aunque permanentemente existe una minoría que ejerce el poder. Este autor también introdujo los conceptos de “residuos” (sentimientos instintivos) y “derivaciones” (racionalizaciones), que son relevantes para entender cómo las élites justifican sus acciones, incluyendo el uso sistemático de la violencia. Por su parte, Gaetano Mosca, en su obra “Elementos de la ciencia política” (1896), se centró en la organización de la élite, argumentando que su capacidad para actuar de manera coordinada es lo que le permite siempre dominar a las mayorías. En este sentido, Mosca sostenía que en todas las sociedades existen estas dos clases precitadas (gobernantes y gobernados) y que la organización es la base del poder de dicha élite.
Desde este último enfoque analizado, la violencia y la agresividad se convierten en herramientas potenciales para esos grupos concentrados de poder. Pueden ser utilizadas para reprimir la disidencia, intimidar a los oponentes y mantener el control de la situación. La popularidad, a su vez, sirve como un mecanismo efectivo para legitimar el poder de la élite, reduciendo la necesidad de recurrir a la fuerza física, conjuntamente con la exacerbación de una propaganda manipuladora de la opinión pública que desempeña el papel crucial de moldear la percepción de la realidad de los gobernados y asegurar su consentimiento.
La lectura crítica de esta teoría de la élite, por lo tanto, nos invita a cuestionar la noción de una democracia puramente representativa, en tanto que sugiere que el poder tiene que concentrarse en manos de minorías organizadas que pueden emplear distintas estrategias, incluyendo la violencia y la agresividad, para mantener su dominio. En el contexto de la agresividad política contemporánea, esta perspectiva nos permite entender cómo ciertos líderes utilizan tácticas agresivas para consolidar su poder y aumentar sus seguidores, mientras que la popularidad se convierte en el instrumento para legitimar su posición dentro de la puja de las élites gobernantes, mientras todos los gobernados lo miramos como un show, para algunos entretenido, para otros como yo, lamentable, decadente y patético.
En definitiva, queridos lectores, es claro que el aumento de popularidad de líderes agresivos nos plantea un desafío fundamental para el sostenimiento de la democracia. La violencia política no hace otra cosa que erosionar el espacio público, dificultar el diálogo, destrozar la deliberación honesta y polarizar a la sociedad. Además, la normalización de la agresividad por parte de una sociedad abúlica, tiene sus consecuencias negativas a corto, mediano y largo plazo, como el aumento de la violencia comunitaria y la violación sistemática de las normas y leyes de la estructura democrática.
Para intentar contrarrestar este fenómeno, es necesario fortalecer las instituciones democráticas, promover una educación cívica de calidad y fomentar una cultura del diálogo, la tolerancia y la construcción conjunta de una sociedad en la que todos merecemos vivir dignamente y ser respetados. Ni hablar de cuán crucial es empezar a discutir el rol que están teniendo las redes sociales en la promoción de la normalización de la agresividad llevada a niveles descomunales de participación masiva y cobardemente anónima. En última instancia, la salud de la vida democrática depende de nuestra capacidad crítica como ciudadanos para resistir la tentación del ataque fácil a quien piensa de otra manera y defender los valores de la verdadera libertad, que no es otra que la posibilidad de coexistir con personas que no están de acuerdo con nosotros.
Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina
DATOS DE CONTACTO DEL AUTOR:
- Correos electrónicos de contacto: lisiprieto@hotmail.com – lisiprieto87@gmail.com
- Instagram: https://www.instagram.com/lisandroprietofem?igsh=aDVrcXo1NDBlZWl0
- What’sApp: +54 9 2645316668
- Blog personal: www.lisandroprieto.blogspot.com
- Facebook: https://www.facebook.com/lisandro.prieto
- X: @LichoPrieto
- Threads: https://www.threads.net/@lisandroprietofem
- LinkedIn:https://www.linkedin.com/in/lisandro-prieto-femen%C3%ADa-647109214
- Donaciones (opcionales) vía PayPal: https://www.paypal.me/lisandroprieto
Opinet
¿Cómo se perdió el eco eterno de la belleza?- Lisandro Prieto Femenía
“La belleza es el esplendor de la verdad”
Platón, Fedro, 250d.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un asunto estético fundamental. Desde los albores del pensamiento occidental, la belleza ha sido un tema central de la especulación filosófica. No se ha abordado como una simple cualidad superficial o un capricho sensorial, sino como un concepto fundamental vinculado a la verdad, la moralidad y la estructura misma de la realidad. El camino de la estética, disciplina que estudia la esencia y la percepción de la belleza y el arte, es un viaje a través de la historia del pensamiento humano, revelando cómo cada época ha buscado comprender lo que nos conmueve y eleva.
Bien sabemos que desde la antigua Grecia, la belleza (kalós) no era un mero atributo, sino un ideal. Para Platón, la belleza sensible era un reflejo pálido de la Belleza en sí, una Idea eterna e inmutable que existía en un mundo suprasensible. En el “Banquete”, Platón describe un ascenso gradual, un viaje del alma desde la belleza de un cuerpo individual hasta la belleza de las almas, las leyes y las ciencias, culminando en la visión de la Belleza en sí, que “es siempre y no deviene, ni perece, ni aumenta, ni disminuye” (211a). Este concepto vinculaba la belleza a la perfección, la simetría y la armonía, un eco de un orden cósmico superior.
Por su parte, Aristóteles, aunque más terrenal, no abandonó esta noción de orden. Para él, la belleza residía en la proporción, el orden y la magnitud de los objetos. En la “Poética”, argumentó que “para ser bello, un ser vivo, o cualquier cosa compuesta de partes, debe tener no sólo esas partes en un orden particular, sino también una magnitud particular” (1450b). Esta perspectiva se manifestará en la escultura clásica, donde la perfección de la figura humana, como el Doríforo de Policleto, superaba la noción de realismo en tanto que pretendía encarnar un ideal matemático y armónico supremo.
También, el pensamiento medieval reinterpretó la estética clásica a través del prisma de la teología. La belleza terrenal era considerada una manifestación de la perfección divina. Al respecto, Tomás de Aquino definió la belleza en el contexto de lo trascendental, en tanto que un objeto es bello si cumple tres condiciones: integridad o perfección (integritas), proporción o consonancia (consonantia) y claridad o resplandor (claritas). Este último término, el “esplendor de la forma sobre las partes proporcionales de la materia”, conectaba la belleza a la luz de la revelación de la verdad divina. El arte gótico, por ejemplo, con sus catedrales que se elevaban hacia el cielo y sus vidrieras que filtraban la luz, es la materialización de este ideal.
Posteriormente, el Renacimiento no rompió con este legado, sino que más bien lo humanizó. La belleza seguía siendo un reflejo de un orden superior, pero ahora el ser humano, como medida de todas las cosas, era el protagonista. El arte se convirtió en la búsqueda de la perfección formal y la expresión de la armonía. Puntualmente, en su tratado titulado “De Pictura”, Alberti definía la belleza como “la armonía y la concordia de todas las partes unidas de tal manera que nada puede ser añadido, quitado o cambiado sin empeorar el conjunto”. El “David” de Miguel Ángel, o la “Última Cena” de Leonardo, son ejemplos de esta búsqueda de la perfección ideal, donde la figura humana es el vehículo para expresar la gracia, la fuerza y la belleza del alma.
Consecuentemente, el Iluminismo llevó esta veneración por la forma y el orden al plano de la razón. Autores como Immanuel Kant, en su “Crítica del Juicio”, buscaron una fundamentación racional para el juicio estético. Para él, la belleza no es una cualidad inherente al objeto, sino una experiencia subjetiva. El juicio de lo bello es un “placer desinteresado”, una sensación que produce un libre juego entre nuestra imaginación y nuestro entendimiento. A diferencia de las épocas precitadas, Kant separaba la belleza de lo útil, lo bueno y lo verdadero, defendiendo su autonomía y universalidad, aludiendo a un “sentido común estético”.
Pues bien, queridos lectores, habiendo realizado este pequeñísimo recorrido histórico, tenemos que enfrentarnos a la contraposición entre la grandeza estética de ese pasado glorioso y la vacuidad de ciertas expresiones posmodernas, que se hace palpable al comparar obras maestras de la escultura con las propuestas supuestamente disruptivas de la contemporaneidad. El “David” de Miguel Ángel, una colosal talla en mármol que irradia fuerza, proporción y una idealizada belleza masculina, encarna la aspiración renacentista a la perfección formal y a la representación del espíritu humano en su máxima expresión. Cada músculo tensado, cada curva delicada, contribuye a una armonía visual que trasciende la simple anatomía para alcanzar una cualidad casi divina. Al respecto, Ernst Gombrich explicitó, en su obra “La historia del arte”, que “Miguel Ángel había concebido su David como un gigante, cuyo vigoroso cuerpo albergaba un alma no menos vigorosa” (p. 204).
De manera similar, la gracia melancólica y la complejidad psicológica que Leonardo Da Vinci imbuyó a sus esculturas, aunque menos numerosas que las de Miguel Ángel, reflejan una profunda comprensión de la anatomía y de la emoción humana. Sus estudios preparatorios y los bocetos revelan una búsqueda constante de la belleza ideal a través de la observación meticulosa y la exploración científica del cuerpo. En sus propios cuadernos, Leonardo afirmaba que “la belleza perece en la vida, pero es inmoral en el arte”.
Ante esto, queda preguntarse: ¿Cómo contrastan estas obras, que requirieron años de dedicación, maestría técnica y una profunda inmersión en la tradición artística y filosófica, con una banana pegada a una pared con cinta de construcción? La obra de Cattelan no demanda ninguna habilidad artesanal, ni se inspira en ideales de belleza y proporción. Su valor reside únicamente en la provocación, en la burla hacia el sistema del arte y en la capacidad del artista para generar atención mediática. Esta disparidad no es simplemente una cuestión de gustos subjetivos, sino que señala una fractura en la propia concepción de lo que el arte decidió dejar de ser.
La misma dicotomía se manifiesta en el ámbito de la arquitectura. Las catedrales góticas, con sus elevadas bóvedas, sus intrincados vitrales y la sensación de trascendencia que evocan, son testimonios de una estética que busca la belleza en la proporción divina y la elevación del espíritu. La Catedral de Chartres, por ejemplo, con su perfecta armonía entre estructura y decoración, es un ejemplo paradigmático de cómo la arquitectura medieval aspiraba a ser una representación terrenal del orden terrenal. Como describe Henri Focillon en “La vida de las formas”, “la arquitectura gótica es un organismo de luz y piedra, donde cada elemento, por humilde que sea, concurre a la expresión de una idea dominante” (p. 97).
El Renacimiento y el Iluminismo continuaron esta búsqueda de la belleza, a través de la proporción y la armonía, aunque con una renovada atención a los cánones clásicos y a la racionalidad. Los palacios renacentistas, con sus fachadas equilibradas y sus patios interiores ordenados, o los edificios neoclásicos, con su rigor geométrico y su referencia a los modelos de la antigüedad, buscaban encarnar los ideales de orden, claridad y belleza perdurable. Pensemos simplemente en la Villa Rotonda de Palladio o en el Panteón de París para darnos una idea cabal de lo que estamos enunciando.
En contraste, gran parte de la arquitectura posmoderna parece celebrar la fragmentación, la deconstrucción y la negación de cualquier principio estético trascendente y unificador. Edificios que parecen ensamblajes aleatorios de formas y materiales, que desafían la funcionalidad y la coherencia visual, se erigen como manifestaciones de una estética de la discontinuidad. Si bien la experimentación y la innovación son importantes, la ausencia de una búsqueda de la armonía y la belleza puede conducir a un caos visual que resulta alienante y desprovisto de significado aparente y trascendente. La carencia de una narrativa estética clara en muchos edificios contemporáneos, contrasta fuertemente con la elocuencia pétrea en las construcciones del pasado, que hablaban de la cosmovisión y los valores de su tiempo.
Como habrán podido apreciar, caros lectores, lo que estamos realizando aquí es una crítica a la estética de la desolación y el sinsentido. El declive de la belleza como fin último en el arte posmoderno no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de un profundo cambio en la cosmovisión occidental. El individualismo extremo ha reemplazado el sentido de lo colectivo, y con él, el arte ha dejado de ser un espejo de valores compartidos para convertirse en la expresión de la subjetividad atomizada del artista. Lo que antes buscaba un ideal universal, ahora se limita a la autorreferencia. La distancia con lo divino o lo trascendente es total, significando esto que el arte ha perdido su papel como puente entre lo terrenal y lo espiritual, convirtiéndose en un objeto de consumo más, a menudo efímero y sin arraigo.
Esta estética del bodrio, es decir, del “todo vale”, también revela una profunda pereza en el oficio. La maestría técnica, la dedicación y el conocimiento de la tradición, pilares del arte en el Renacimiento o la Edad Media, han sido devaluados en favor del capricho individual que más que querer expresar algo sublime, sólo quiere llamar la atención. El “genio”, al que le dedicaremos una reflexión aparte en otra oportunidad, ya no se mide por la capacidad de dominar un material o una técnica, sino por la habilidad de generar un concepto que provoque, moleste y venda. Las horas invertidas en perfeccionar una talla, un fresco o una bóveda son sustituidas por la rapidez y el efectismo de una instalación de un mingitorio en una sala del museo.
Finalmente, la cultura se ha volcado de lleno en la obsesión por la novedad absurda como único motor de la creatividad. La originalidad se confunde con excentricidad, y el valor de una obra reside en su capacidad para sorprender, por trivial o burdo que sea el medio. Esta obsesión por “lo nuevo”, sin importar su calidad o significado, ha creado un ciclo de consumo estético que rápidamente desecha lo anterior en favor de lo siguiente, sin dejar tiempo para la reflexión o la apreciación duradera. La banana de Cattelan no es solo un objeto, es el síntoma de una sociedad que ha olvidado que la belleza no es un antojo de la moda, sino una aspiración profunda del espíritu humano.
Por último, amigos míos, los dejo con algunas preguntas para incentivar la reflexión. ¿Es el abandono de la belleza como ideal un síntoma del nihilismo cultural más profundo? ¿Qué significa para una sociedad valorar una banana pegada a una pared más que la proporción perfecta de una escultura renacentista? Si la belleza es un “placer desinteresado”, como propuso Kant, ¿cómo podemos hablar de placer en una obra que se fundamenta en el desprecio por la forma y en la provocación? ¿Es posible que la búsqueda de lo bello no sea un acto de elitismo, sino una necesidad humana fundamental, un anhelo de sentido, orden y buen gusto en un mundo caótico, pintado intencionalmente con fealdad por la moda perezosa y adolescente e inmadura como la postmodernidad?
Opinet
Con salida de Libre en Honduras terminan sueños de la izquierda centroamericana Por: Dionisio de Jesús
Podría decirse que, por ahora, pero ese por ahora podría traducirse en quizás par de décadas, cuando no más; y no fue que lo hicieron tan mal, es que no lo supieron contar, cantar, porque “la gallina cacarea los huevos cuando los pone” y dejaron que los “otros” crearan la narrativa que ellos debieron de estructurar. Ese ha sido el problema capital de todos los gobiernos de izquierdas del mundo.
Así de simple. Tanta “riata” que se dieron en todos esos años de conflicto armado, y cuando llegó el momento de la batalla ideológica y estratégica del poder, “se aguebaron”. O mejor, trabajaron para ellos, en vez que, para el pueblo, emularon lo que por siempre combatieron, hasta llegar al poder.
Los teóricos hablan de “ciclos”, que ahora empieza el ciclo de una “derecha”, o una “ultraderecha” si se puede hablar en estos tiempos de derecha e izquierda; más bien, se debería estructurar un discurso de cambio de rumbo en la apuesta económica de los Estados y una visión diferente de ver el mundo, en estos tiempos de apertura tecnológica y mundialización. Un reciclaje de los mismos métodos, pero con otros actores en diferentes latitudes.
Pero sea lo que sea, se nos está llegando encima un cambio de paradigma ideológico más radical que todo lo que hemos conocido hasta entonces. Ahora para pesar de todos, está llegando una manera desconocida, si se quiere, de ver y hacer política, de gobernar, en fin, una nueva categoría de líderes advenedizo, producto del desencanto de unas naciones que no vieron ningún cambio de vida en sus dirigentes y partidos tradicionales.
¡No te pierdas las noticias destacadas de Acento!
Suscríbite a nuestro newsletter y recibe las historias más importantes del día.
Ingresa tu e-mail
Suscríbete
Al suscribirse al newsletter acepta nuestros términos y condiciones y política de privacidad.
Y esta ola está recorriendo el mundo desde Australia hasta la Patagonia, desde la Europa Nórdica hasta la Italia y Grecia de los mares mediterráneo y Jónico, arropando casi toda Europa Central y los Balcanes.
Y hace no mucho aterrizó en América,(luego de más de dos décadas de gobiernos con inclinación de izquierda) con los dos periodos de Trump, y viene irrumpiendo con fuerza al Sur del continente (la Argentina de Milei, el nuevo paradigma de Chile y su giro inesperado, la Bolivia del MAS, partido en más de una mitad; solo quedan los sueños brasileños y una izquierda en Colombia que no creo pase de este periodo electoral que ya les pisa los talones, (en este año) y que los micropoderes harán todo para que el proyecto Petro fracase y sea ese el epitafio de lo que pudo ser y no fue para barrer de cuajo, los sueños irredentos de una izquierda falta de propósitos como lo ha sido la de Centroamérica), la cual quiso tener uno, aparejada de los petrodólares del proyecto Alba de las Américas, pero que más temprano que tarde fue el despropósito de la historia política contemporánea de esta parte del mundo. Hoy ahí están los resultados. Porque hay que decirlo: sin la llegada de Chávez, la ola de las izquierdas pudo ser una quimera: el que pone los cuartos es a quién le tocan la pieza musical.
Este 27 de enero asume en Honduras un gobierno de una derecha que apenas, si duró 4 años fuera de “la poesía”, una derecha que nunca se acostumbró a estar lejos de los centros de poder, porque desde el nacimiento de la República dirigió la cosa pública. Y que el nuevo “orden trumpista” le dio la oportunidad de volver y reordenar el tablero geopolítico en Centroamérica, sacando de circulación el último vestigio de una izquierda que no supo lidiar con el poder que un día los ciudadanos cansados de “la mala política” le pusieron en sus manos.
Honduras fue porque todavía la influencia de Venezuela era una realidad en el Istmo, el Caribe y parte de Suramérica, Honduras llegó a concretizar el gobierno de Xiomara-Mel Zelaya, porque ese país tenía una deuda política con el proyecto tronchado de Mel y el consabido golpe de estado. Pero Honduras fue una realidad del último gobierno de la izquierda vía elección popular en el Istmo, porque abiertamente tuvo el apoyo de una Venezuela que todavía tenía el hegemon en la región y que no había cometido el pecado electoral de despojar de una elección a una franja de su población que quería un real cambio. Y hoy la historia se escribe de la peor forma para los de adentro y los de afuera que tenían en la cúpula chavista-madurista su asidero y su financiamiento.
La izquierda a futuro no tiene un líder en el Istmo. En El Salvador, Nayib Bukele, que nunca fue de izquierda sino un Outsider que jugó su rol y hoy se erige como el ejemplo perfecto de la transición de un modelo en extinción a un nuevo paradigma de manejo del poder. Nicaragua, es la negación de una regeneración, sino de un viejo régimen que cada día está más alejado de los nuevos signos de la historia y que su cercanía, ya sea con China o Moscú, no por lo ideológico, sino más bien por conveniencia económica, no le permiten dar notación de cambio, muy por el contrario. Es un modelo autocrático.
Otra vez, tenemos que decir que Honduras y su gobierno saliente no vieron las señales de la gente que quería un gobierno más incluyente, más participativo, en lo económico y menos clientelar como todos los de su modelo. Y en lo electoral, la acaban de “meter la pata hasta los cuatrocientos”: no pueden aludir fraude y mucho menos si no es a su partido que ocupó un lejano tercer lugar; más bien, es el castigo a un modelo que, aunque, y el llamado a votar por “Papi a la Orden” hecho por Trump, (que fue una clara intervención) no iba a impedir su descalabro. Y ahora sancionan un decreto, que a todas luces es una desproporción y un error. ¿A quien le van a contar los votos uno por uno?
Nasry” Tito” Asfura no ganó, los errores de esa izquierda lo facilitaron y revivieron un partido, el Nacional, que a todas luces parecía imposible de alzarse con el poder, aun y que cuenta con una envidiable estructura electoral, siempre aceitada para dar pelea. Podría decirse que los del partido Libre hicieron algunas obras en su periodo, pero no lo dijeron, si y no, lo que pasa, que fue muy poco, como para que se pudiera notar. Y resucitaron a un muerto, que pudo durar muchos años de entierro o de parranda, y que, al otro candidato del Partido Liberal, Salvador Nasrralla, falto de estrategia y visión de Estado, terminó por darse el mismo su tiro de gracia.
Sin una estructura electoral para defender el voto, no se gana, porque las elecciones se ganan en las mesas electorales, en el Dia D, y menos con un ejército de malos youtubers y espacio en Facebook sin ningún propósito, así no se gana. Y hablando lo que se le vinera en gana y peleándose con todo mundo. Lo que dejaba ver falta de tacto político y entereza.
¿Por qué salió la izquierda de Honduras como último reducto de una ilusión que jamás fue real? El gobierno de Xiomara Castro sale del poder, y con ello la izquierda, porque no tuvo identidad propia, sino que se convirtió en la vocería de un eje político que les hizo más mal que bien. “No me defienda compay.” Salió del poder porque nunca ilusionaron a la población, porque nunca dieron solución a los problemas de salud, seguridad, bienestar económico, en general, tal vez, su más acertado resultado fue en educación y el manejo certero a los problemas de la migración, pero en el cercano tiempo están por verse esos resultados. Destructuraron los sistemas estatales, por ejemplo, la empresa eléctrica, convirtiéndola en una vergüenza para un país rico en agua y otras fuentes para producir energía, debiendo de comprarla mas cara que los otros países del SICA en su mercado común energético.
Con la caída en un limbo político y social del régimen de Venezuela luego de la madrugada del 3 de enero, es muy poco lo que se puede esperar de la izquierda del Istmo, que se amamantaban de la teta petrolera de un país que enriqueció a un grupo de político de esa izquierda que vivía de su pasado y de las reuniones en la que se iban “a dar paja” en el Foro de Sao Paulo. Muchos de esos líderes, hoy ven desde la grada la frustración de sus conciudadanos que confiaron en que ellos los sacarían de la pobreza con las políticas públicas que prometieron, pero que solo se llenaron sus bolsillos por los siglos de los siglos. No son todos los que están, ni están todos los que son. Pero los hay y tienen nombres y apellidos. El problema es que ya no hay almas que salvar. Llegó el “chelito” Trump y lo mandó a parar.

Dionisio de Jesús
Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Nacido en Cevicos, República Dominicana (1959), se formó en Educación con mención en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Posteriormente profundizó en el mundo del mercadeo y la comunicación: realizó postgrado en Mercadeo en la UCSD (donde también fue docente), obtuvo Maestría en Mercadeo en la PUCMM (donde impartió clases), y completó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en Young & Rubicam, Madrid, homologada por la Universidad Complutense. Su vocación diplomática se ha fortalecido con múltiples formaciones especializadas: Diplomado en Diplomacia Cultural (auspiciado por las Cancillerías de Costa Rica y El Salvador junto a la Embajada Dominicana en Costa Rica), Especialización en Negociación y Diplomacia Climática (INESDYC, Cancillería dominicana), y varios diplomados sobre la institucionalidad y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), incluyendo niveles I y II con la Fundación Hanns Seidel (pendiente la presentación del trabajo final para optar por la Maestría). Como poeta, ha publicado 12 libros de poesía y sus textos aparecen en más de 15 antologías nacionales e internacionales, consolidándolo como una voz reconocida en la lírica dominicana y centroamericana. En el ámbito profesional, fue Director Creativo en las agencias de publicidad más importantes de República Dominicana entre 1987 y 2004. Ha ejercido como profesor universitario de marketing, publicidad y comunicación en instituciones de República Dominicana y El Salvador. Desde el año 2000 hasta la fecha (2025), ha trabajado como consultor estratégico en campañas políticas en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Actualmente reside en El Salvador, desde donde produce y conduce cada lunes a las 7:00 p.m. (hora local) el Podcast “Bitácora Centroamericana y Caribeña”, transmitido en vivo por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV, espacio desde el cual analiza con profundidad la realidad política, cultural y geopolítica de la región.Un creador incansable que transita con naturalidad entre el verso, la diplomacia, la estrategia política y la reflexión centroamericana.
Opinet
«Diputados de oposición reconocen su irrelevancia»: Mauricio Rodríguez
El sociólogo y analista político Mauricio Rodríguez considera que los diputados de la oposición política están conscientes y han reconocido públicamente que sus partidos «han caído en desgracia».
Durante la discusión de la aprobación de la Ley Especial Quincena 25 la diputada de ARENA, Marcela Villatoro, expresó: «Qué bueno que consultaron con la gran empresa, porque ellos son sus nuevos amigos, los grandes empresarios, esos que en algún momento fueron cheros de uno, pero cuando uno cae en desgracia se hacen cheros de los del poder».
«No lo pudo haber dicho mejor», aseveró Rodríguez, «ella reconoce que los sectores que anteriormente les apoyaban cuando ARENA era un partido corporativo, ahora ya no están con ellos porque perdieron el rumbo».
Para Rodríguez, los diputados de oposición se encuentran en el nivel de «irrelevancia política», siendo reconocido públicamente por ellos, lo cual está ligado al componente de corrupción que rodea al partido al que pertenecen.
Agregó que otro componente que incide en la irrelevancia arenera es que no hay una sola postura, sino tres voces: la de los dos diputados y el presidente del Coena, Carlos García Saade.
Opinión | Mauricio Rodríguez
Sociólogo y Analista
Este artículo fue publicado originalmente por Diario El Salvador.


