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Derechos humanos base fundamental de la democracia

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En El Salvador antes de la llegada de Nayib Bukele como presidente las decenas diarias de asesinatos, violaciones, extorsiones, asaltos, así como las masacres, caravanas de salvadoreños viajando a pie hacia los Estados Unidos eran parte de la realidad nacional salvadoreña, a tal punto, que llegó incluso a verse como “normalidad”, mientras todos estos hechos crueles e inhumanos sucedían contra la ciudadanía salvadoreña, las ONG de derechos humanos nacionales e internacionales, incluida la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, quienes guardaron silencio cómplice, es decir, que para estos progres todo estaba bien.

Entre las mentiras propagadas por las organizaciones progres de derechos humanos están que el Plan Control Territorial y el régimen de excepción son un fracaso, que en los gobiernos de ARENA y el FMLN la población salvadoreña gozaba de seguridad y de democracia, y ahora a la población salvadoreña sufre; esta propaganda mentirosa es despreciada por los salvadoreños y a nivel internacional no tiene eco, no obstante, continúan desprestigiando al país y al gobierno, que es la forma en que se ganan el salario que les proporciona George Soros y compañía.

Como es lógico las organizaciones progres incluidas los medios de desinformación digitales minimizan y menosprecian el excelente trabajo de seguridad que realizan la Fuerza Armada y la Policía Nacional Civil, a quienes la población los considera héroes; esta situación ha sido confirmada en todas las encuestas incluidas las que han realizado la oposición, ambas instituciones que forman el equipo de seguridad gozan del respaldo de más del 90 por ciento de la población.

Las organizaciones progres de derechos humanos y medios digitales de desinformación están en contra de la presencia militar y policial en los que fueron bastiones del crimen organizado, ya no se diga de los cercos militares, obviamente, porque están en contra de la captura de los terroristas, y esa es su forma de defenderlos y protegerlos al calificar de militarización, en cambio, la población de esos antiguos santuarios de los pandilleros se sienten segura y protegida por los cuerpos de seguridad.

La oposición salvadoreña por ser minúscula carece de incidencia, y con el afán de incrementar su diminuto tamaño recurre al desprestigio del gobierno acusándolo de prácticas que realizaban en sus gobiernos de ARENA y el FMLN, y en su intento de engañar y tratar de confundir a la ciudadanía salvadoreña recurre a fuentes ficticias y a rumores.

En los gobiernos anteriores las organizaciones criminales al saber la identidad de las personas que declaraba en juicio significaban pena de muerte para el testigo, porque eran asesinadas y de esa manera eliminaban físicamente la aportación del testimonio y de pruebas, ahora los defensores de los criminales demandan conocer la identidad de los testigos, para volver a las prácticas perversas del pasado.

Las organizaciones defensoras del crimen organizado bajo los subterfugios de defensa de los derechos humanos y de la democracia protestan porque son auditados por las instituciones del Estado, claro, ahora ya no pueden blanquear o lavar dinero proveniente de la criminalidad, asimismo, tienen que declarar quienes son sus patrocinadores y el origen del financiamiento.

Las organizaciones criminales y sus ONG fachadas tienen el serio problema de que en El Salvador ahora existe un Estado de derecho democrático, con sus respectivos pesos y contrapesos formados por un Ejecutivo, Asamblea Legislativa y Judicial poderes independientes, pero que trabajan coordinadamente en beneficio del ciudadano honrado y no de los crimínales, y que obviamente son respetuosos de los derechos humanos.

 

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Analista Rafael Góchez considera que el mapa político no cambiará antes de las elecciones

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El docente y escritor salvadoreño Rafael Góchez analizó el escenario político nacional a partir de los resultados de la más reciente encuesta de LPG Datos y consideró poco probable que el respaldo ciudadano hacia el gobierno del presidente Nayib Bukele experimente cambios significativos antes de las elecciones generales previstas para el 28 de febrero de 2027.

Durante una entrevista, Góchez señaló que los niveles de aprobación reflejados en los estudios de opinión se han mantenido elevados y afirmó que proyectos de gran impacto, como el nuevo Hospital Nacional Rosales y otras obras en desarrollo, podrían contribuir a mantener la percepción favorable hacia la actual administración.

El analista destacó que la encuesta de LPG Datos otorgó al presidente Bukele un nivel de aprobación del 85.5 %, señalando que la gestión en materia de seguridad figura entre los principales factores asociados a ese respaldo. Asimismo, indicó que, pese al margen de error inherente a toda encuesta, el nivel de aceptación mostrado por el estudio es considerablemente alto.

Góchez también hizo referencia a una encuesta de CID Gallup realizada en mayo, la cual reportó que el 93 % de los salvadoreños aprueba al mandatario tanto por su gestión como por su imagen.

Además, señaló que, según datos de LPG Datos, cerca del 60 % de la población no se identifica con ningún partido político. No obstante, afirmó que el fenómeno político vinculado al presidente Bukele ha encontrado respaldo en ese segmento de la población y se ha mantenido en él.

Finalmente, sostuvo que la ciudadanía valora cada vez más la efectividad de la gestión gubernamental por encima de las ideologías partidarias. Como ejemplo, mencionó la inauguración del nuevo Hospital Nacional Rosales, la cual, a su juicio, refleja cambios en la estructura y funcionamiento del sistema de salud.

 

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Francisco Guadrón: «Diseñé unos 500 sellos postales»

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Buena parte de la historia de El Salvador, sus personajes célebres, sus tradiciones, mitos, leyendas, la época prehispánica, las especies animales y vegetales han quedado registrados en millones de sellos postales creados por el gran artista Francisco Guadrón.

Por más de 32 años don Paco laboró en Correos de El Salvador y fue el responsable de documentarse, así como elaborar los bocetos que luego dieron vida a grandes tirajes impresos.

«Diseñé unos 500 sellos postales», aseveró durante la entrevista El Salvador Today, de Diario Digital Cronio.

Con óleo, acuarela, lápiz o cualquier técnica pictórica conocida, don Paco dibujó y pintó a mano cada una de sus creaciones.
En piezas de papel, don Paco conserva algunos de los trabajos hechos, aunque también preserva en un álbum muchos de la sellos ya listos para adherirse a las cartas o encomiendas.

Hizo series (de tres, cuatro o seis sellos) alusivas a temas específicos, por ejemplo, una para grandes escritores salvadoreños que incluyen, por supuesto, los retratos de los autores y autoras.

Pintó a Lilian Serpas, Roque Daltón y Waldo Chávez Velado, entre otros.

Hay una serie dedicada las leyes de El Padre sin Cabeza, El Cipitío y La Sigüanaba.

Una más fue dedicada a grandes cantantes latinoamericanos, por lo que dibujó y pintó los rostros del mexicano Pedro Infante, la cubana Celia Cruz y el tambiéb mexicano Pedro Vargas.

«Además de los sellos se elaboraba una hoja recuerdo (con todas las imágenes cerradas para una serie) y salía el día que se ponían a circular los sellos. También se hacía otro diseño de un sobre del día», compartió el dibujante y diseñador.

Según indicó para todas las temáticas desarrolladas se auxiliaba de expertos y buscaba bibliografía para todos los diseños que elaboraba. Los expertos también validaban su trabajo.

Don Paco reconoce que la encantaba dibujar y aprender sobre la fauna salvadoreña, por lo que muestra con orgullo los dibujos de un tucán y un mono araña, entres muchas especies.

Su vasto y delicado trabajo se conserva como documentos de consulta en Correos de El Salvador, donde también hay un museo abierto al público.

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Ray Bradbury y la distopía íntima de la pantalla

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe” (Bradbury, 2009, p. 7).

Ray Bradbury se nos presenta no sólo como un cronista del futuro, sino como un filósofo de la quietud perdida, cuya lucidez trascendió con creces su propia época. Su obra no puede reducirse a un ejercicio de futurología, sino que constituye una profunda crítica de la condición humana en la modernidad tardía, envuelta en la lírica y a veces en la melancólica trama de la ciencia ficción.

Si bien George Orwell, en su obra “1984”, alertó sobre el peligro del control público coercitivo y la tiranía del Estado sobre la verdad objetiva, Aldous Huxley, en “Un mundo feliz” (1932), trazó la ruta de la servidumbre placentera mediante el soma y la ingeniería emocional, donde el secreto de la felicidad era “amar lo que uno tiene que hacer” (Huxley, 1932, p. 30). Al igual que Huxley, Bradbury apuntó su lupa hacia un enemigo acaso más sutil y, por ello, más insidioso: el asedio a la mente y al alma individual perpetrado no por un poder dictatorial, sino por la seducción masiva y la hegemonía de la distracción.

Su inmensa imaginación y su sensibilidad humanista se fusionaron para crear narrativas que, más que predecir eventos tecnológicos, funcionaban como advertencias existenciales urgentes. Por ello, sus historias resuenan hoy con una actualidad que desborda lo inquietante, interpelando nuestra realidad con una precisión que roza lo profético. Bradbury entendió que la clave de la servidumbre moderna no reside en la prohibición, sino en la saturación.

Este mundo, perturbadoramente familiar, ya estaba meticulosamente concebido en la mente de Bradbury cuando el panorama tecnológico de la década de 1950 apenas comenzaba a esbozarse. En su obra “Fahrenheit 541” (1953), concibió las “paredes televisivas” y las “conchas de radio” que aíslan al individuo en una cápsula de sonido incesante, sustituyendo la experiencia compartida y la introspección. Estos artefactos han mutado en las pantallas gigantes de alta definición y en los dispositivos de audio inalámbricos que nos mantienen permanentemente acoplados a un flujo de estímulos y, paradójicamente, desarticulados de cualquier vínculo profundo.

El peligro más grande para nuestro autor de referencia no fue la tecnología en su faz instrumental, sino su capacidad intrínseca de convertirse en una prótesis emocional y cognitiva que sustituye los espacios vitales de la humanidad. Su preocupación central giraba en torno a lo que las pantallas podrían usurpar: la interioridad contemplativa, el lugar de los vínculos auténticos y la exigencia de la reciprocidad. La quema literal de libros que ejecuta el bombero Guy Montag es tan sólo la metáfora culminante de una cultura que ya ha abrazado su propia incineración mental. Es el capitán Beatty quien formula la estrategia social de la superficialidad con una claridad escalofriante:

“Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse” (Bradbury, 2009, p. 58).

Esta profusión de “hechos” desprovistos de contexto, que ahoga la reflexión pero que confiere una falsa y cómoda sensación de inteligencia, es el eco exacto de la “infoxicación” digital que padecemos en pleno siglo XXI. Como el teórico de los medios Neil Postman advirtió en “Divertirse hasta morir” (1985), la verdadera amenaza no es que se nos prohíba la información, sino que esta se convierta en una cascada de irrelevancias, donde “la censura no es necesaria cuando el discurso político toma la forma de una broma” (Postman, 1985, p. 155). Se trata de un mecanismo que desactiva totalmente el esfuerzo filosófico, pues satisface la necesidad de saber sin exigir la labor de comprender, transformando el discurso público en mero “show business”.

En este último sentido, la quema literal de libros de Montag representa el desprecio absoluto por el pensamiento autónomo y la memoria colectiva, un acto de censura frontal y violenta. Sin embargo, en la actualidad, el desprecio por el conocimiento y la voz crítica se manifiesta mediante mecanismos más sutiles de desplazamiento y exclusión social. Ya no se persigue al libro con fuego, sino al pensador con la marginalización. Las estrategias de cancelación social, la virulencia de la polarización que descalifica al oponente antes de escucharlo, y la creación de cámaras de eco algorítmicas que invisibilizan o suprimen discursos divergentes, han sustituido el debate de ideas por el castigo moral. El riesgo ya no es sólo ser “incendiado” por el Estado, sino ser silenciado o enterrado por el aluvión digital de la irrelevancia y la condena rápida, una forma más democrática, pero igualmente corrosiva, de desechar el pensamiento profundo.

Si el libro es temido porque “revela poros en la cara de la vida”, la pantalla es amada precisamente porque promete un rostro de cera, liso e inexpresivo, desprovisto de toda aspereza existencial. La tecnología, al reducir la experiencia a un estímulo rápido, no sólo inhibe la contemplación, sino que llega a dictar la propia percepción de la realidad, invadiendo y raptando el espacio social y personal por completo.

El corazón pulsante de nuestra obra de referencia, “Fahrenheit 451” reside en la épica interna de su protagonista, Montag, cuyo viaje es la encarnación de la posibilidad humana de despertar. Él comienza como el epítome de la conformidad: un bombero que encuentra placer estético en la destrucción de libros, un censor entusiasta cuya vida íntima se refleja en su casa: fría, vacía y dominada por las “paredes televisivas” que su esposa, Mildred, llama su “familia”. La realidad filtrada por el medio se impone sobre la realidad vivida: “El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón” (Bradbury, 2009, p. 95).

La metamorfosis de Montag es desencadenada por dos encuentros catalizadores. Primero, Clarisse McClellan, la vecina atípica que se atreve a formular la pregunta fundamental: “¿Es usted feliz?”. Esta simple interpelación quiebra su fachada de contento-funcional. Segundo, el estremecedor acto de la anciana que se inmola con sus libros, eligiendo la dignidad de la memoria sobre la supervivencia en un mundo vacío de sentido. Este evento transforma la quema de libros de un acto impersonal a un crimen moral, despertando en Montag la dolorosa conciencia de la carencia.

A partir de este punto, el protagonista abandona su rol de destructor para abrazar, primero, el de buscador furtivo (escondiendo libros robados) y, finalmente, el de fugitivo y preservador. Su huida hacia las afueras de la ciudad, donde encuentra a los “hombres-libro” que han memorizado obras enteras para resguardarlas de la incineración, marca la culminación de su arco. Montag pasa de ser un esclavo del fuego a un ser abierto al conocimiento, convirtiéndose él mismo en el libro que antes quemaba.

La travesía del protagonista no es sólo una ficción, sino más bien una interpelación directa a nuestros lectores. Si Montag se encontró atrapado en la ilusión de la felicidad programada, ¿cuántos de nosotros nos hemos refugiado en la comodidad de la intoxicación de información digital para evitar la incomodidad de la introspección? La pregunta es: ¿estamos dispuestos a quemar nuestra propias “paredes televisivas”- a renunciar a la distracción constante y a las cámaras de eco- para emprender el camino, solitario y arduo, hacia el pensamiento auténtico? El coraje de Montag al abandonar el grupo conformista y elegir ser un outsider por la verdad, nos exige una revaluación de nuestra propia valentía en la era de la cancelación y el ruido perpetuo.

En este punto del análisis es sumamente pertinente indicar que esta obra cobra una dimensión crucial al ser introducida en la etapa escolar, particularmente desde la adolescencia. El adolescente se encuentra en la encrucijada de la formación de la identidad, debatiéndose entre la necesidad de pertenencia al grupo y la urgencia de afirmar su individualidad. Pues bien, “Fahrenheit 451” ofrece un espejo moral que interpela directamente esta tensión. Al exponer cómo la cultura de la distracción anula la diferencia y la singularidad, la novela provee a los jóvenes de las herramientas conceptuales para cuestionar la conformidad pasiva.

Leer la historia de Guy Montag, un hombre que se atreve a dudar y a rebelarse contra la “familia” televisiva y el dogma social, se convierte en un acto iniciático y revolucionario (por eso los Ministerios de Educación no recomiendan estas lecturas en las aulas). La obra les enseña que el verdadero coraje reside en el esfuerzo por pensar diferente y sentir profundamente en un entorno diseñado para la uniformidad emocional. Además, la novela actúa como un catalizador para la alfabetización crítica mediática, esencial para navegar las presiones de las redes sociales y los algoritmos de recomendación que buscan moldear su identidad y consumo de manera subrepticia. Es una defensa vital de la autenticidad frente a la mímesis digital.

Justamente por ello, volver a Bradbury en el saturado siglo XXI es, por tanto, mucho más que una relectura nostálgica. Es un imperativo de defensa de la soberanía interior y de la atención. Nos recuerda que la imaginación, esa herramienta tan vital como la lógica, tiene también la función de alertar sobre lo que se está perdiendo mientras nos distraemos. La lectura, en su lentitud deliberada y su exigencia de concentración, se presenta como el antídoto contra la prisa y la pasividad intelectual impuestas.

Cuando cedemos por completo nuestro tiempo y nuestra atención a los dispositivos que buscan mantenernos perpetuamente distraídos, perdemos algo inmaterial, pero esencial, que ni siquiera notamos en su partida: la capacidad de estar a solas con nuestros pensamientos, el motor de la conciencia crítica y el cimiento de la empatía. Es la imaginación la que nos permite proyectar un futuro que no deseamos y, por lo tanto, la que nos arma para evitarlo.

Ahora bien, no basta con reconocer la materialización de la profecía de Bradbuty, pues la distopía íntima de la pantalla ha dejado de ser una proyección lejana para convertirse en el aire que respiramos. No hemos sucumbido al totalitarismo de la ignorancia por decreto, sino por elección, a través de la dulce anestesia de la diversión.

Esta relectura de “Fahrenheit 451” nos confronta con una pregunta fundamental, alineada con las advertencias realizadas por Huxley y Postman: ¿es posible recuperar la pausa y el silencio- es decir, la genuina disponibilidad para el ser- sin demonizar el avance tecnológico, o estamos fatalmente condenados a un perpetuo estado de semi-consciencia aturdida? Si el peligro radica en confundir la acumulación de datos con el pensamiento crítico, y el ruido con la conexión, entonces la tarea filosófica de hoy no pasa por la simple acción de apagar la pantalla o defender las agendas que las imponen, sino por la imperiosa necesidad de encender la conciencia crítica en su presencia.

En lugar de exigir una mirada nostálgica al pasado, la obra de Bradbury nos lanza una provocación radical: nos exige iniciar la batalla por la conservación de nuestra calidad humana esencial, es decir, por la capacidad de sentir, de disentir y de ser auténticamente conscientes en un mundo diseñado para la pasividad programada. Es un llamado a resistir la implosión de la condición humana ante el asedio de la irrelevancia. Ante esto, ¿qué conocimiento esencial se extingue en nosotros cada vez que la ligereza del entretenimiento se impone sobre el peso de la introspección? Y, sobre todo, ¿cuándo, inmersos en nuestras “familias” de píxeles, nos daremos cuenta de que la persona sentada a nuestro lado ha dejado de ser una extraña para volverse, trágicamente, un simple fantasma de la carne?

Referencias Bibliográficas

  • Bradbury, R. (2009). Fahrenheit 451. (G. L. de la Cruz, Trad.). Ciudad de México, México: Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1953).
  • Huxley, A. (1932). Un Mundo Feliz. (R. S. de Lamadrid, Trad.). Barcelona, España: Plaza & Janés Editores.
  • Postman, N. (1985). Divertirse hasta Morir: El discurso público en la era del «show business». (P. L. Fandos, Trad.). Barcelona, España: Ediciones de la Tempestad.

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