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¿Morir de vida súbita? La tragedia de la existencia inauténtica
Por: Lisandro Prieto Femenía
“Me olvidé de vivir”- «J’ai oublié de vivre» Pierre Billon y Jacques Revaux, cantada por Julio Iglesias
Bien sabemos que la expresión “muerte súbita” evoca una imagen impactante: el fin abrupto e inesperado de una vida, sin previo aviso ni oportunidad de despedidas. En el ámbito médico, se refiere a un cese repentino e imprevisto de las funciones vitales. Pero, ¿qué pasaría si esta misma brutalidad se aplicase no al final físico, sino al final de una forma de vivir? Pues bien amigos, les propongo la metáfora “morir de vida súbita” para comprender la tragedia que representa una existencia inauténtica, una vida que se desperdicia hasta el punto de que, cuando la conciencia de la inmanencia de la muerte golpea, ya es demasiado tarde para empezar a vivir verdaderamente.
Este tipo de reflexiones, poco comunes en los medios de comunicación tradicionales, nos sumerge en las profundidades de la filosofía existencialista, donde la autenticidad, la conciencia de la finitud y la vivencia del tiempo son pilares fundamentales. Grandes pensadores y filósofos como Heidegger, Sartre y el propio Miguel de Unamuno exploraron con vehemencia la relación entre nuestra existencia y la muerte, no como un evento futuro, sino como una posibilidad que está siempre presente y que configura nuestro ser.
En primer lugar, miremos la inautenticidad como una huida de la angustia mediante una sed de inmortalidad. Para Martin Heidegger, en su obra cumbre “Ser y Tiempo”, la existencia humana es un “ser-para-la-muerte” (Sein zum Tode). Así, la muerte no es simplemente un final, sino una posibilidad ineludible que nos singulariza y nos confronta con la finitud de nuestro ser. Sin embargo, el Dasein (el “ser-ahí”, o sea, nosotros, los seres humanos) tiende a evadir esta confrontación, refugiándose en la existencia banal o inauténtica.
Cuando Heidegger expresa que «la huida ante la muerte es la inautenticidad del Dasein.» (Heidegger, M. Ser y Tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1997, §50, p. 288), nos indica que el Dasein se sumerge en el “uno” (das Man), una forma de existencia impersonal donde las decisiones, los valores y el sentido de la vida son dictados por la masa, por lo que “se dice” o “se hace”. Vivimos conforme a expectativas externas, cumpliendo roles preestablecidos, persiguiendo metas que no son intrínsecamente nuestras. Así, la vida se convierte en una serie de acciones mecánicas, desprovistas de verdadero compromiso y significado personal o colectivo mientras que la angustia, ante la propia singularidad y la responsabilidad de la libertad, se disuelve en la comodidad patética del anonimato colectivo: uno pasa a ser “uno más” entre los demás.
Aquí es donde los ecos del gran Miguel de Unamuno resuenan con fuerza. En su monumental obra titulada “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno ahonda en la “sed de inmortalidad” como la raíz más profunda de la existencia humana. Para él, la razón nos condena a la finitud, pero el corazón, el sentimiento, se revela contra ella, anhelando la eternidad. Sin embargo, esta sed puede llevar a una vida inauténtica si se convierte en una evasión de la realidad del presente. Unamuno lo plantea con una contundencia desgarradora:
«Y no es la muerte misma lo que más me horroriza, sino la muerte de la vida que me hace creer que no tengo que vivirla, o que la vivo en un sueño, sino el horror de ver que mi vida se me va y se me lleva.» (Unamuno, M. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Madrid: Austral, 2011, Cap. I, «El hombre de carne y hueso», p. 19). Esta “muerte de la vida” a la que se refiere el pensador español es la parálisis existencial que produce el miedo a la muerte o, paradójicamente, la negación de su inminencia, lo que nos lleva a posponer la verdadera vivencia.
Por su parte, Jean- Paul Sartre desarrolla el concepto de “mala fe” (mauvaise foi) en su obra “El ser y la nada”. Para él, el ser humano está “condenado a ser libre”, en tanto que somos responsables de nuestras elecciones y de la construcción de nuestro propio sentido. Sin embargo, a menudo intentamos escapar de esta libertad, fingiendo que somos cosas, que estamos determinados por circunstancias externas o por una esencia preexistente a la nuestra.
«El hombre es lo que hace con lo que han hecho de él.» (Sartre, J.-P. Cahiers pour une morale. Trad. Guillermo de la Cruz. Buenos Aires: Losada, 1968, p. 55).
Pues bien, en ese contexto, la mala fe es precisamente el autoengaño, la negación de nuestra absoluta libertad y responsabilidad ante nuestra propia vida. Al vivir en estado de “mala fe”, nos volvemos autómatas, reaccionando a las circunstancias en lugar de actuar desde una conciencia auténtica de nuestra capacidad de elegir en libertad. Posponemos la verdadera vida, convencidos de que “algún día” comenzaremos a vivir plenamente, cuando las condiciones sean adecuadas o perfectas, cuando seamos “suficientemente” esto o aquello.
En medio de todo esto, no podemos olvidar lo esencial, a saber, la temporalidad y su vínculo con la inautenticidad de una vida que pudo ser y no fue. Tengamos en cuenta que la temporalidad es el telón de fondo sobre el cual se desarrolla esta tragedia que llamamos vida: nuestra existencia se despliega en el tiempo, un flujo constante que avanza irreversiblemente, nos guste o no. Sin embargo, la vida inauténtica se caracteriza por abrazar una relación distorsionada con el tiempo: en lugar de vivir plenamente el presente, nos anclamos en un pasado que ya no existe o proyectamos nuestra felicidad a un futuro completamente incierto.
La persona que “muere de vida súbita” es aquella que ha confundido el transcurrir del tiempo con la vivencia del tiempo. Ha permitido que las horas, los días, los meses y los años se sucedan mecánicamente, sin llenarlos de significado, de decisiones auténticas o de experiencias genuinas. La inautenticidad nos impide habitar plenamente nuestro “ahora”, ya sea por la nostalgia de un pasado idealizado o por la expectativa de un futuro que nunca llega a ser presente. Así, el tiempo se convierte en un verdugo silencioso, un río que fluye sin que nos atrevamos a sumergirnos en sus aguas (es decir, propiamente, vivir).
Sobre esta relación con el tiempo, el filósofo romano Séneca nos ofrece una perspectiva contundente en sus “Cartas a Lucilio”- En ellas, deplora la forma en que la mayoría de los hombres desperdician su tiempo, considerándolo una fuente inagotable, en lugar de un recurso escaso y precioso. También, nos advierte contra la procrastinación, ese vicio de posponer permanentemente lo necesario y abocar la vida en orientación hacia un futuro ilusorio:
«La mayor parte de los mortales, oh Lucilio, se lamenta de la maldad de la naturaleza, porque nacemos para un espacio breve de tiempo, y este período, tan limitado, transcurre con tanta rapidez que, excepto muy pocos, el resto abandona la vida cuando apenas se preparaba para vivir.» (Séneca, Lucio Anneo. Cartas a Lucilio. Vol. I, Libro I, Carta 1, «Sobre el aprovechamiento del tiempo». Trad. Vicente Serrano. Madrid: Gredos, 1986, p. 11).
En definitiva, Séneca nos exhorta a vivir cada día como si fuera el último, a tomar conciencia de la finitud del tiempo y a no diferir las acciones que dan sentido a nuestra existencia. La vida inauténtica, en este sentido puntal, es la vida postergada, la vida que se vive “en el futuro”, mientras el presente se escurre inútilmente sin ser habitado.
La metáfora que acuñamos aquí, “morir de vida súbita”, encapsula la tragedia de esta existencia inauténtica. Es el momento en que la conciencia de la propia finitud irrumpe con una brutalidad similar a la de un infarto. De repente, la persona se ve cara a cara con el hecho ineludible de que el tiempo se agota y ve a la muerte, antes un concepto abstracto y lejano, materializada como una realidad inminente.
En ese instante de lucidez, la persona comprende que ha vivido una vida de prórroga, que ha pospuesto la autenticidad, la pasión, la felicidad y la búsqueda de su verdadero ser. Las oportunidades de vivir plenamente se desvanecieron una tras otras, engullidas por la inercia, el miedo, la mediocridad o la distracción. Y lo más desgarrador de todo esto es la constatación de que ya es tarde: el tiempo para rectificar, para experimentar, para ser verdaderamente, se ha agotado y no vuelve más, nunca más. La vida ha pasado, y el arrepentimiento se vuelve una carga insoportable.
Esta experiencia del despertar tardío resuena con la angustia descrita por el gran Sócrates en su defensa ante el tribunal. Aunque no se refería directamente a la muerte súbita, su admonición sobre una vida no examinada subraya la tragedia de una existencia que ha ignorado la reflexión y el autoconocimiento. En la “Apología de Sócrates”, de Platón, Sócrates declara con contundencia que “una vida sin examen no es digna de ser vivida por un hombre”, indicando con ello que la falta de pensamiento, la ausencia de una vida reflexionada y consciente, nos lleva a la inautenticidad más patética: es como haber estado por aquí, en lugar de haber vivido propiamente. En este contexto, “morir de vida súbita” es, en esencia, el momento en que esta falta de examen se revela con su crudeza más dolorosa: la vida ya no tiene remedio, porque nunca fue verdaderamente cuestionada ni vivida a conciencia.
Ahora, cuando la conciencia de la “muerte de vida súbita” golpea, la principal consecuencia es un lamento profundo, una lamentación que no es simplemente tristeza, sino una forma de dolor existencial. No se llora tanto la pérdida de la vida física, sino la pérdida de la vida que pudo haber sido y no fue. Este sentimiento es un reconocimiento amargo de las oportunidades perdidas, las pasiones no perseguidas y la autenticidad sacrificada en el altar de la inercia, la mentecatez y el conformismo chato. Es, en definitiva, la realización de que se ha sido un espectador de la propia existencia, en lugar de ser su protagonista principal.
Este sollozo entronca directamente con las reflexiones de Arthur Schopenhauer sobre el sufrimiento inherente a la existencia humana, aunque él lo abordaba desde una perspectiva más universal. Para Schopenhauer, la vida es oscilación entre el deseo y el aburrimiento, y el dolor surge del deseo insatisfecho. En el contexto de la “vida súbita”, el lamento es el deseo insatisfecho de una vida auténtica, de una existencia plena que se dejó escapar. No es tanto un dolor por lo que hay, sino por lo que no hay y nunca habrá.
Recordemos que Schopenhauer, en su obra “El mundo como voluntad y representación”, argumentaba que el sufrimiento es la esencia de la vida, pero en nuestro caso, este sufrimiento se agudiza por la conciencia de haberlo provocado uno mismo por inacción. Aunque el autor se refiere al dolor de la voluntad en general, su visión de la insatisfacción y el anhelo como fuentes de sufrimiento resuena poderosamente con el lamento de quien se da cuenta que su vida no ha sido vivida. El obstáculo aquí no es externo, sino la propia falta de voluntad para vivir auténticamente.
«El dolor no es algo ajeno a la voluntad, sino que es la voluntad misma, en tanto que es objetivada como cuerpo y en tanto que es afectada por obstáculos.» (Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación. Vol. I, Libro IV, § 56. Trad. Roberto Aramayo. Madrid: Trotta, 2005, p. 376).
Este lamento es un “haber sido sin haber llegado a ser”, es decir, es el eco de las voces internas que fueron silenciadas, de los caminos alternativos que nunca se tomaron. Es una aflicción que consume, ya que se nutre de la certeza de lo irrecuperable. La “muerte de vida súbita” no sólo es un fin abrupto, sino también la condena a un lamento eterno por la existencia que se perdió, no en el morir, sino en el vivir. La inautenticidad nos condena a una existencia fugaz, donde el final llega sin haber habitado plenamente el camino. Sí, lo sé, no es un texto agradable, pero al menos los invita a una reflexión profunda sobre la urgencia de vivir con intensidad y autenticidad cada instante, antes de que “algún día” se convierta en “demasiado tarde”.
Lisandro Prieto Femenía.
Docente. Escritor. Filósofo
San Juan – Argentina
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¿Cómo se perdió el eco eterno de la belleza?- Lisandro Prieto Femenía
“La belleza es el esplendor de la verdad”
Platón, Fedro, 250d.
Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un asunto estético fundamental. Desde los albores del pensamiento occidental, la belleza ha sido un tema central de la especulación filosófica. No se ha abordado como una simple cualidad superficial o un capricho sensorial, sino como un concepto fundamental vinculado a la verdad, la moralidad y la estructura misma de la realidad. El camino de la estética, disciplina que estudia la esencia y la percepción de la belleza y el arte, es un viaje a través de la historia del pensamiento humano, revelando cómo cada época ha buscado comprender lo que nos conmueve y eleva.
Bien sabemos que desde la antigua Grecia, la belleza (kalós) no era un mero atributo, sino un ideal. Para Platón, la belleza sensible era un reflejo pálido de la Belleza en sí, una Idea eterna e inmutable que existía en un mundo suprasensible. En el “Banquete”, Platón describe un ascenso gradual, un viaje del alma desde la belleza de un cuerpo individual hasta la belleza de las almas, las leyes y las ciencias, culminando en la visión de la Belleza en sí, que “es siempre y no deviene, ni perece, ni aumenta, ni disminuye” (211a). Este concepto vinculaba la belleza a la perfección, la simetría y la armonía, un eco de un orden cósmico superior.
Por su parte, Aristóteles, aunque más terrenal, no abandonó esta noción de orden. Para él, la belleza residía en la proporción, el orden y la magnitud de los objetos. En la “Poética”, argumentó que “para ser bello, un ser vivo, o cualquier cosa compuesta de partes, debe tener no sólo esas partes en un orden particular, sino también una magnitud particular” (1450b). Esta perspectiva se manifestará en la escultura clásica, donde la perfección de la figura humana, como el Doríforo de Policleto, superaba la noción de realismo en tanto que pretendía encarnar un ideal matemático y armónico supremo.
También, el pensamiento medieval reinterpretó la estética clásica a través del prisma de la teología. La belleza terrenal era considerada una manifestación de la perfección divina. Al respecto, Tomás de Aquino definió la belleza en el contexto de lo trascendental, en tanto que un objeto es bello si cumple tres condiciones: integridad o perfección (integritas), proporción o consonancia (consonantia) y claridad o resplandor (claritas). Este último término, el “esplendor de la forma sobre las partes proporcionales de la materia”, conectaba la belleza a la luz de la revelación de la verdad divina. El arte gótico, por ejemplo, con sus catedrales que se elevaban hacia el cielo y sus vidrieras que filtraban la luz, es la materialización de este ideal.
Posteriormente, el Renacimiento no rompió con este legado, sino que más bien lo humanizó. La belleza seguía siendo un reflejo de un orden superior, pero ahora el ser humano, como medida de todas las cosas, era el protagonista. El arte se convirtió en la búsqueda de la perfección formal y la expresión de la armonía. Puntualmente, en su tratado titulado “De Pictura”, Alberti definía la belleza como “la armonía y la concordia de todas las partes unidas de tal manera que nada puede ser añadido, quitado o cambiado sin empeorar el conjunto”. El “David” de Miguel Ángel, o la “Última Cena” de Leonardo, son ejemplos de esta búsqueda de la perfección ideal, donde la figura humana es el vehículo para expresar la gracia, la fuerza y la belleza del alma.
Consecuentemente, el Iluminismo llevó esta veneración por la forma y el orden al plano de la razón. Autores como Immanuel Kant, en su “Crítica del Juicio”, buscaron una fundamentación racional para el juicio estético. Para él, la belleza no es una cualidad inherente al objeto, sino una experiencia subjetiva. El juicio de lo bello es un “placer desinteresado”, una sensación que produce un libre juego entre nuestra imaginación y nuestro entendimiento. A diferencia de las épocas precitadas, Kant separaba la belleza de lo útil, lo bueno y lo verdadero, defendiendo su autonomía y universalidad, aludiendo a un “sentido común estético”.
Pues bien, queridos lectores, habiendo realizado este pequeñísimo recorrido histórico, tenemos que enfrentarnos a la contraposición entre la grandeza estética de ese pasado glorioso y la vacuidad de ciertas expresiones posmodernas, que se hace palpable al comparar obras maestras de la escultura con las propuestas supuestamente disruptivas de la contemporaneidad. El “David” de Miguel Ángel, una colosal talla en mármol que irradia fuerza, proporción y una idealizada belleza masculina, encarna la aspiración renacentista a la perfección formal y a la representación del espíritu humano en su máxima expresión. Cada músculo tensado, cada curva delicada, contribuye a una armonía visual que trasciende la simple anatomía para alcanzar una cualidad casi divina. Al respecto, Ernst Gombrich explicitó, en su obra “La historia del arte”, que “Miguel Ángel había concebido su David como un gigante, cuyo vigoroso cuerpo albergaba un alma no menos vigorosa” (p. 204).
De manera similar, la gracia melancólica y la complejidad psicológica que Leonardo Da Vinci imbuyó a sus esculturas, aunque menos numerosas que las de Miguel Ángel, reflejan una profunda comprensión de la anatomía y de la emoción humana. Sus estudios preparatorios y los bocetos revelan una búsqueda constante de la belleza ideal a través de la observación meticulosa y la exploración científica del cuerpo. En sus propios cuadernos, Leonardo afirmaba que “la belleza perece en la vida, pero es inmoral en el arte”.
Ante esto, queda preguntarse: ¿Cómo contrastan estas obras, que requirieron años de dedicación, maestría técnica y una profunda inmersión en la tradición artística y filosófica, con una banana pegada a una pared con cinta de construcción? La obra de Cattelan no demanda ninguna habilidad artesanal, ni se inspira en ideales de belleza y proporción. Su valor reside únicamente en la provocación, en la burla hacia el sistema del arte y en la capacidad del artista para generar atención mediática. Esta disparidad no es simplemente una cuestión de gustos subjetivos, sino que señala una fractura en la propia concepción de lo que el arte decidió dejar de ser.
La misma dicotomía se manifiesta en el ámbito de la arquitectura. Las catedrales góticas, con sus elevadas bóvedas, sus intrincados vitrales y la sensación de trascendencia que evocan, son testimonios de una estética que busca la belleza en la proporción divina y la elevación del espíritu. La Catedral de Chartres, por ejemplo, con su perfecta armonía entre estructura y decoración, es un ejemplo paradigmático de cómo la arquitectura medieval aspiraba a ser una representación terrenal del orden terrenal. Como describe Henri Focillon en “La vida de las formas”, “la arquitectura gótica es un organismo de luz y piedra, donde cada elemento, por humilde que sea, concurre a la expresión de una idea dominante” (p. 97).
El Renacimiento y el Iluminismo continuaron esta búsqueda de la belleza, a través de la proporción y la armonía, aunque con una renovada atención a los cánones clásicos y a la racionalidad. Los palacios renacentistas, con sus fachadas equilibradas y sus patios interiores ordenados, o los edificios neoclásicos, con su rigor geométrico y su referencia a los modelos de la antigüedad, buscaban encarnar los ideales de orden, claridad y belleza perdurable. Pensemos simplemente en la Villa Rotonda de Palladio o en el Panteón de París para darnos una idea cabal de lo que estamos enunciando.
En contraste, gran parte de la arquitectura posmoderna parece celebrar la fragmentación, la deconstrucción y la negación de cualquier principio estético trascendente y unificador. Edificios que parecen ensamblajes aleatorios de formas y materiales, que desafían la funcionalidad y la coherencia visual, se erigen como manifestaciones de una estética de la discontinuidad. Si bien la experimentación y la innovación son importantes, la ausencia de una búsqueda de la armonía y la belleza puede conducir a un caos visual que resulta alienante y desprovisto de significado aparente y trascendente. La carencia de una narrativa estética clara en muchos edificios contemporáneos, contrasta fuertemente con la elocuencia pétrea en las construcciones del pasado, que hablaban de la cosmovisión y los valores de su tiempo.
Como habrán podido apreciar, caros lectores, lo que estamos realizando aquí es una crítica a la estética de la desolación y el sinsentido. El declive de la belleza como fin último en el arte posmoderno no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de un profundo cambio en la cosmovisión occidental. El individualismo extremo ha reemplazado el sentido de lo colectivo, y con él, el arte ha dejado de ser un espejo de valores compartidos para convertirse en la expresión de la subjetividad atomizada del artista. Lo que antes buscaba un ideal universal, ahora se limita a la autorreferencia. La distancia con lo divino o lo trascendente es total, significando esto que el arte ha perdido su papel como puente entre lo terrenal y lo espiritual, convirtiéndose en un objeto de consumo más, a menudo efímero y sin arraigo.
Esta estética del bodrio, es decir, del “todo vale”, también revela una profunda pereza en el oficio. La maestría técnica, la dedicación y el conocimiento de la tradición, pilares del arte en el Renacimiento o la Edad Media, han sido devaluados en favor del capricho individual que más que querer expresar algo sublime, sólo quiere llamar la atención. El “genio”, al que le dedicaremos una reflexión aparte en otra oportunidad, ya no se mide por la capacidad de dominar un material o una técnica, sino por la habilidad de generar un concepto que provoque, moleste y venda. Las horas invertidas en perfeccionar una talla, un fresco o una bóveda son sustituidas por la rapidez y el efectismo de una instalación de un mingitorio en una sala del museo.
Finalmente, la cultura se ha volcado de lleno en la obsesión por la novedad absurda como único motor de la creatividad. La originalidad se confunde con excentricidad, y el valor de una obra reside en su capacidad para sorprender, por trivial o burdo que sea el medio. Esta obsesión por “lo nuevo”, sin importar su calidad o significado, ha creado un ciclo de consumo estético que rápidamente desecha lo anterior en favor de lo siguiente, sin dejar tiempo para la reflexión o la apreciación duradera. La banana de Cattelan no es solo un objeto, es el síntoma de una sociedad que ha olvidado que la belleza no es un antojo de la moda, sino una aspiración profunda del espíritu humano.
Por último, amigos míos, los dejo con algunas preguntas para incentivar la reflexión. ¿Es el abandono de la belleza como ideal un síntoma del nihilismo cultural más profundo? ¿Qué significa para una sociedad valorar una banana pegada a una pared más que la proporción perfecta de una escultura renacentista? Si la belleza es un “placer desinteresado”, como propuso Kant, ¿cómo podemos hablar de placer en una obra que se fundamenta en el desprecio por la forma y en la provocación? ¿Es posible que la búsqueda de lo bello no sea un acto de elitismo, sino una necesidad humana fundamental, un anhelo de sentido, orden y buen gusto en un mundo caótico, pintado intencionalmente con fealdad por la moda perezosa y adolescente e inmadura como la postmodernidad?
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Con salida de Libre en Honduras terminan sueños de la izquierda centroamericana Por: Dionisio de Jesús
Podría decirse que, por ahora, pero ese por ahora podría traducirse en quizás par de décadas, cuando no más; y no fue que lo hicieron tan mal, es que no lo supieron contar, cantar, porque “la gallina cacarea los huevos cuando los pone” y dejaron que los “otros” crearan la narrativa que ellos debieron de estructurar. Ese ha sido el problema capital de todos los gobiernos de izquierdas del mundo.
Así de simple. Tanta “riata” que se dieron en todos esos años de conflicto armado, y cuando llegó el momento de la batalla ideológica y estratégica del poder, “se aguebaron”. O mejor, trabajaron para ellos, en vez que, para el pueblo, emularon lo que por siempre combatieron, hasta llegar al poder.
Los teóricos hablan de “ciclos”, que ahora empieza el ciclo de una “derecha”, o una “ultraderecha” si se puede hablar en estos tiempos de derecha e izquierda; más bien, se debería estructurar un discurso de cambio de rumbo en la apuesta económica de los Estados y una visión diferente de ver el mundo, en estos tiempos de apertura tecnológica y mundialización. Un reciclaje de los mismos métodos, pero con otros actores en diferentes latitudes.
Pero sea lo que sea, se nos está llegando encima un cambio de paradigma ideológico más radical que todo lo que hemos conocido hasta entonces. Ahora para pesar de todos, está llegando una manera desconocida, si se quiere, de ver y hacer política, de gobernar, en fin, una nueva categoría de líderes advenedizo, producto del desencanto de unas naciones que no vieron ningún cambio de vida en sus dirigentes y partidos tradicionales.
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Y esta ola está recorriendo el mundo desde Australia hasta la Patagonia, desde la Europa Nórdica hasta la Italia y Grecia de los mares mediterráneo y Jónico, arropando casi toda Europa Central y los Balcanes.
Y hace no mucho aterrizó en América,(luego de más de dos décadas de gobiernos con inclinación de izquierda) con los dos periodos de Trump, y viene irrumpiendo con fuerza al Sur del continente (la Argentina de Milei, el nuevo paradigma de Chile y su giro inesperado, la Bolivia del MAS, partido en más de una mitad; solo quedan los sueños brasileños y una izquierda en Colombia que no creo pase de este periodo electoral que ya les pisa los talones, (en este año) y que los micropoderes harán todo para que el proyecto Petro fracase y sea ese el epitafio de lo que pudo ser y no fue para barrer de cuajo, los sueños irredentos de una izquierda falta de propósitos como lo ha sido la de Centroamérica), la cual quiso tener uno, aparejada de los petrodólares del proyecto Alba de las Américas, pero que más temprano que tarde fue el despropósito de la historia política contemporánea de esta parte del mundo. Hoy ahí están los resultados. Porque hay que decirlo: sin la llegada de Chávez, la ola de las izquierdas pudo ser una quimera: el que pone los cuartos es a quién le tocan la pieza musical.
Este 27 de enero asume en Honduras un gobierno de una derecha que apenas, si duró 4 años fuera de “la poesía”, una derecha que nunca se acostumbró a estar lejos de los centros de poder, porque desde el nacimiento de la República dirigió la cosa pública. Y que el nuevo “orden trumpista” le dio la oportunidad de volver y reordenar el tablero geopolítico en Centroamérica, sacando de circulación el último vestigio de una izquierda que no supo lidiar con el poder que un día los ciudadanos cansados de “la mala política” le pusieron en sus manos.
Honduras fue porque todavía la influencia de Venezuela era una realidad en el Istmo, el Caribe y parte de Suramérica, Honduras llegó a concretizar el gobierno de Xiomara-Mel Zelaya, porque ese país tenía una deuda política con el proyecto tronchado de Mel y el consabido golpe de estado. Pero Honduras fue una realidad del último gobierno de la izquierda vía elección popular en el Istmo, porque abiertamente tuvo el apoyo de una Venezuela que todavía tenía el hegemon en la región y que no había cometido el pecado electoral de despojar de una elección a una franja de su población que quería un real cambio. Y hoy la historia se escribe de la peor forma para los de adentro y los de afuera que tenían en la cúpula chavista-madurista su asidero y su financiamiento.
La izquierda a futuro no tiene un líder en el Istmo. En El Salvador, Nayib Bukele, que nunca fue de izquierda sino un Outsider que jugó su rol y hoy se erige como el ejemplo perfecto de la transición de un modelo en extinción a un nuevo paradigma de manejo del poder. Nicaragua, es la negación de una regeneración, sino de un viejo régimen que cada día está más alejado de los nuevos signos de la historia y que su cercanía, ya sea con China o Moscú, no por lo ideológico, sino más bien por conveniencia económica, no le permiten dar notación de cambio, muy por el contrario. Es un modelo autocrático.
Otra vez, tenemos que decir que Honduras y su gobierno saliente no vieron las señales de la gente que quería un gobierno más incluyente, más participativo, en lo económico y menos clientelar como todos los de su modelo. Y en lo electoral, la acaban de “meter la pata hasta los cuatrocientos”: no pueden aludir fraude y mucho menos si no es a su partido que ocupó un lejano tercer lugar; más bien, es el castigo a un modelo que, aunque, y el llamado a votar por “Papi a la Orden” hecho por Trump, (que fue una clara intervención) no iba a impedir su descalabro. Y ahora sancionan un decreto, que a todas luces es una desproporción y un error. ¿A quien le van a contar los votos uno por uno?
Nasry” Tito” Asfura no ganó, los errores de esa izquierda lo facilitaron y revivieron un partido, el Nacional, que a todas luces parecía imposible de alzarse con el poder, aun y que cuenta con una envidiable estructura electoral, siempre aceitada para dar pelea. Podría decirse que los del partido Libre hicieron algunas obras en su periodo, pero no lo dijeron, si y no, lo que pasa, que fue muy poco, como para que se pudiera notar. Y resucitaron a un muerto, que pudo durar muchos años de entierro o de parranda, y que, al otro candidato del Partido Liberal, Salvador Nasrralla, falto de estrategia y visión de Estado, terminó por darse el mismo su tiro de gracia.
Sin una estructura electoral para defender el voto, no se gana, porque las elecciones se ganan en las mesas electorales, en el Dia D, y menos con un ejército de malos youtubers y espacio en Facebook sin ningún propósito, así no se gana. Y hablando lo que se le vinera en gana y peleándose con todo mundo. Lo que dejaba ver falta de tacto político y entereza.
¿Por qué salió la izquierda de Honduras como último reducto de una ilusión que jamás fue real? El gobierno de Xiomara Castro sale del poder, y con ello la izquierda, porque no tuvo identidad propia, sino que se convirtió en la vocería de un eje político que les hizo más mal que bien. “No me defienda compay.” Salió del poder porque nunca ilusionaron a la población, porque nunca dieron solución a los problemas de salud, seguridad, bienestar económico, en general, tal vez, su más acertado resultado fue en educación y el manejo certero a los problemas de la migración, pero en el cercano tiempo están por verse esos resultados. Destructuraron los sistemas estatales, por ejemplo, la empresa eléctrica, convirtiéndola en una vergüenza para un país rico en agua y otras fuentes para producir energía, debiendo de comprarla mas cara que los otros países del SICA en su mercado común energético.
Con la caída en un limbo político y social del régimen de Venezuela luego de la madrugada del 3 de enero, es muy poco lo que se puede esperar de la izquierda del Istmo, que se amamantaban de la teta petrolera de un país que enriqueció a un grupo de político de esa izquierda que vivía de su pasado y de las reuniones en la que se iban “a dar paja” en el Foro de Sao Paulo. Muchos de esos líderes, hoy ven desde la grada la frustración de sus conciudadanos que confiaron en que ellos los sacarían de la pobreza con las políticas públicas que prometieron, pero que solo se llenaron sus bolsillos por los siglos de los siglos. No son todos los que están, ni están todos los que son. Pero los hay y tienen nombres y apellidos. El problema es que ya no hay almas que salvar. Llegó el “chelito” Trump y lo mandó a parar.

Dionisio de Jesús
Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Nacido en Cevicos, República Dominicana (1959), se formó en Educación con mención en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Posteriormente profundizó en el mundo del mercadeo y la comunicación: realizó postgrado en Mercadeo en la UCSD (donde también fue docente), obtuvo Maestría en Mercadeo en la PUCMM (donde impartió clases), y completó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en Young & Rubicam, Madrid, homologada por la Universidad Complutense. Su vocación diplomática se ha fortalecido con múltiples formaciones especializadas: Diplomado en Diplomacia Cultural (auspiciado por las Cancillerías de Costa Rica y El Salvador junto a la Embajada Dominicana en Costa Rica), Especialización en Negociación y Diplomacia Climática (INESDYC, Cancillería dominicana), y varios diplomados sobre la institucionalidad y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), incluyendo niveles I y II con la Fundación Hanns Seidel (pendiente la presentación del trabajo final para optar por la Maestría). Como poeta, ha publicado 12 libros de poesía y sus textos aparecen en más de 15 antologías nacionales e internacionales, consolidándolo como una voz reconocida en la lírica dominicana y centroamericana. En el ámbito profesional, fue Director Creativo en las agencias de publicidad más importantes de República Dominicana entre 1987 y 2004. Ha ejercido como profesor universitario de marketing, publicidad y comunicación en instituciones de República Dominicana y El Salvador. Desde el año 2000 hasta la fecha (2025), ha trabajado como consultor estratégico en campañas políticas en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Actualmente reside en El Salvador, desde donde produce y conduce cada lunes a las 7:00 p.m. (hora local) el Podcast “Bitácora Centroamericana y Caribeña”, transmitido en vivo por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV, espacio desde el cual analiza con profundidad la realidad política, cultural y geopolítica de la región.Un creador incansable que transita con naturalidad entre el verso, la diplomacia, la estrategia política y la reflexión centroamericana.
Opinet
«Diputados de oposición reconocen su irrelevancia»: Mauricio Rodríguez
El sociólogo y analista político Mauricio Rodríguez considera que los diputados de la oposición política están conscientes y han reconocido públicamente que sus partidos «han caído en desgracia».
Durante la discusión de la aprobación de la Ley Especial Quincena 25 la diputada de ARENA, Marcela Villatoro, expresó: «Qué bueno que consultaron con la gran empresa, porque ellos son sus nuevos amigos, los grandes empresarios, esos que en algún momento fueron cheros de uno, pero cuando uno cae en desgracia se hacen cheros de los del poder».
«No lo pudo haber dicho mejor», aseveró Rodríguez, «ella reconoce que los sectores que anteriormente les apoyaban cuando ARENA era un partido corporativo, ahora ya no están con ellos porque perdieron el rumbo».
Para Rodríguez, los diputados de oposición se encuentran en el nivel de «irrelevancia política», siendo reconocido públicamente por ellos, lo cual está ligado al componente de corrupción que rodea al partido al que pertenecen.
Agregó que otro componente que incide en la irrelevancia arenera es que no hay una sola postura, sino tres voces: la de los dos diputados y el presidente del Coena, Carlos García Saade.
Opinión | Mauricio Rodríguez
Sociólogo y Analista
Este artículo fue publicado originalmente por Diario El Salvador.


