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Hombre muere tras ser brutalmente atropellado por varios vehículos en Acajutla

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Una persona, cuya identidad se desconoce por el momento, fue atropellado en múltiples ocasiones cuando intentaba cruzar la calle sobre  la carretera Litoral, en el sector de Metalío, municipio de Acajutla, Sonsonate.

De acuerdo a información preliminar, la victima fue embestido por un camión y al caer sobre el asfalto fue arrollado por varios vehículos que circulaban por el lugar.

El hecho habría ocurrido en horas del mediodía de este jueves, según informes de la Policía Nacional de Civil (PNC). El lugar ya fue acordonado por agentes que controlan el tráfico vehicular.

Mientras tanto, personal de medicina Legal se hizo presente para el reconocimiento del cuerpo. Al cierre de esta nota, ningún familiar se había presentado a la zona del percance.

Opinet

Francia y las consecuencias de renegar de sus raíces cristianas- Lisandro Prieto Femenía «Cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada: es que se lo cree todo» — G. K. Chesterton (Ortodoxia, 1908/2004, p. 78)

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Por el cruce del bulevar Voltaire corre un río denso de plástico derretido, cristales pulverizados y humo de caucho calcinado. A pocos pasos de la plaza de la República, entre los vestigios aún tibios de un automóvil consumido por el fuego, la estatua de Marianne observa impasible la desolación de una ciudad que parece ensañarse contra sí misma. Mientras el humo ascendía hacia el cielo gris de París tras una jornada de ira, saqueos e incendios que dejaron más de 1800 detenidos y decenas de comercios devastados (Avignolo, 2026), una joven de apenas 15 años guardaba entre sus ropas el botín robado de una tienda destruida, justificando su pillaje con una frívola indiferencia moral: “Todo el mundo se ha llevado cosas, yo también tengo derecho”(Avignolo, 2026). Casi simultáneamente, a escasa distancia de las calles en llamas cercanas al Arco del Triunfo, una pareja contemplaba el colapso urbano mientras continuaba bebiendo su café en la terraza de un bar (Avignolo, 2026), resguardada tras esa coraza de apatía estética con la que la civilización occidental intenta anestesiar su agónica perdición. La imagen condensa una paradoja preocupante: la coexistencia del nihilismo feroz que devora las calles y la vacuidad hedonista que lo observa sin inmutarse.

Frente a la manipulación de estas postales caóticas en el corazón de la Europa posmoderna –donde la indignación social por el costo de la vida se convierte aceleradamente en violencia ciega, saqueos desenfrenados y el asalto a alcaldías históricas en Limoges, Marsella o Lille (Euronews, 2026; BBC News Mundo, 2026)-, la narrativa dominante insiste en encuadrar la crisis dentro de las estrictamente demarcadas coordenadas de la gestión macroeconómica o la efectividad policial. (elDiario.es, 2026).Sin embargo, reducir el grama europeo a simple desajuste de los índices de inflación o la falta de respuesta gubernamental ante la protesta ciudadana resulta ser un diagnóstico constitutivamente insuficiente. Lo que hemos presenciado en las precitadas ciudades europeas no es una mera ruptura circunstancial del contrato social, sino la fase terminal de una amputación ontológica deliberada: el vaciamiento de la matriz espiritual y trascendente que dio origen y consistencia histórica al viejo continente. Al decapitar su propia tradición cristiana en nombre de una emancipación secular radical, la cultura europea no alcanzó la utopía de la razón pura, sino que se precipitó en una anomia estructural donde la norma pierde su fundamento y la violencia se convierte en el único lenguaje articulable.

Para comprender la magnitud de este desastre, es preciso desentrañar cómo la modernidad ilustrada creyó erróneamente que podía conservar los frutos morales del cristianismo- la noción de dignidad humana, la inviolabilidad de la personal, la fraternidad universal y los límites éticos del poder- habiendo extirpado previamente la raíz metafísica que los sostenía y alimentaba. En su célebre análisis sobre la génesis del nihilismo europeo, Friedrich Nietzsche vislumbró con lucidez la devastación inevitable que sucedería al eclipse de la trascendencia divina. En “La gaya ciencia”, el filósofo alemán expuso la magnitud incalculable de este acontecimiento metafísico y existencial: “¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos esta tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia los lados, hacia atrás, hacia todos lados? ¿Existe aún un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita?” (Nietzsche, 1882/2001, p. 145).

Las preguntas nietzscheanas cobran una vigencia plena cuando contemplamos las ruinas de las avenidas parisinas o el saqueo sistemático de locales comerciales por jóvenes que ya no reconocen límite ético alguno ni horizonte metafísico de justicia. Al desvincular la noción de deber de toda esfera sagrada, la modernidad tardía pretendió levantar una moral puramente utilitaria que terminó naufragando en el impulso del consumo inmediato o en la rabia reactiva de las masas. La muchacha que roba en el bulevar destruido no actúa en favor de una reivindicación ideológica muy sofisticada, sino que ejecuta, en su forma más ramplona, la lógica de un individualismo radicalizado que ha sustituido el concepto trascendente de justicia por el capricho impertinente del deseo propio. Desencadenada la tierra de su sol, desprovista la polis de su eje sagrado, el espacio público se convierte en un desierto donde no hay arriba ni abajo, sino la imposición brutal de la fuerza o el pillaje organizado de una turba contratada.

Evidentemente, esta erosión moral no es un accidente fortuito, sino el resultado directo de una profunda metamorfosis filosófica donde la trascendencia fue sustituida por el culto a la inmanencia y la desacralización de lo humano. Al respecto, el filósofo canadiense Charles Taylor ha analizado minuciosamente esta mutación en su investigación sobre la secularización occidental, señalando cómo el abandono de la fe no representó una mera liberación del pensamiento, sino la emergencia de una estructura de la experiencia caracterizada por la pérdida de significados definitivos. Al examinar el advenimiento de la modernidad secular en “La era secular”, Taylor apuntó que “el cambio de una sociedad en la que era prácticamente imposible no creer en Dios a una en la que la fe, incluso para el creyente más firme, es solo una posibilidad humana entre otras […]. La gran invención del secularismo moderno fue el humanismo autosuficiente, que acepta no tener más marco final de referencia que el florecimiento humano en el marco de esta vida” (Taylor, 2007/2014, p. 23),

El drama del “humanismo autosuficiente” estriba en su fragilidad constitutiva: al encerrar al ser humano en la inmanencia pura, convierte la coexistencia política en un vago acuerdo contractual vulnerable a los vaivenes de la prosperidad material. Cuando el bienestar económico tropieza –tal como ocurre en las presentes jornadas de agitación social e inflación en suelo francés-, la falta de una arquitectura ética superior provoca que el contrato social se desmorone instantáneamente. Sin la categoría de “lo sagrado” que unifica, sin el reconocimiento de una comunidad trascendente que va más allá de la utilidad económica, el prójimo deja de ser semejante para transformarse en un obstáculo o un blanco para la depredación total. Europa se descubre así habitando una estructura institucional imponente, pero hueca, sostenida por la inercia de un pasado moral cuyos presupuestos espirituales han sido sistemáticamente despreciados por décadas.

A esta flaqueza interna de la razón secularizada  y progre, se añade una dimensión geopolítica e identitaria insoslayable que prefiguraba ya la tormenta del presente. Al abdicar de sus convicciones metafísicas, el espacio público europeo quedó incapaz de responder con solidez teórica y vital ante la irrupción de identidades comunitarias dotadas de un vigor trascendente intacto, como bien analicé recientemente (2026a) al examinar las fricciones contemporáneas entre secularismo e islamismo en mi ensayo titulado “Analizando las consecuencias de la sumisión europea”. La vulnerabilidad de Europa ante tales tensiones no proviene únicamente de torpes dinámicas migratorias o choques culturales externos, sino de su propio vaciamiento ontológico: una civilización que se avergüenza de sus raíces cristianas y que reduce la condición humana al bienestar material no posee las herramientas simbólicas para entablar un diálogo simétrico ni para ofrecer una integración duradera. Frente a las identidades cohesionadas por certezas sagradas, el laicismo tecnocrático sólo ofrece la neutralidad anestésica de la burocracia, provocando que la fricción cultural derive inexorablemente en fractura social y en la colisión de cosmovisiones que son, digámoslo, irreconciliables.

Sin embargo, el panorama de la Europa contemporánea no se agota en las llamas de las barricadas ni en la aparente victoria de la desacralización. En el mismo suelo francés que se debate entre el desgarro social y el cinismo, irrumpió recientemente un fenómeno impredecible que desbarató los esquemas sociológicos más asentados: la multitudinaria acogida brindada al Papa León XIV durante su visita pastoral. Frente a las narrativas que daban por difunta la fe católica en el Continente, más de un millón trescientas mil personas desbordaron espacios icónicos como la Plaza de la Concordia, Lourdes o el Estadio de Francia, poniendo de manifiesto que el anhelo de lo trascendente no se liquida por decreto ni se asfixia de forma definitiva bajo el peso de la patética moda moral de la posmodernidad (Prieto Femenía, 2026b). Tal eclosión revela una grieta luminosa en el relato hegemónico de los medios masivos de comunicación, al servicio de la agenda de secularización masiva, sugiriendo que la sed de absoluto permanece agazapada en el fondo del alma europea a la espera de un signo que la convoque.

Ahora bien, sostener que la desacralización representa el destino ineludible de la historia constituye un reduccionismo miope que ignora la dialéctica constitutiva del espíritu humano. Sobre este aspecto en particular, Joseph Ratzinger (2013), en su obra “Introducción al cristianismo”, supo caracterizar esta tensión existencial al advertir que “tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser” (p. 18). La pretendida autosuficiencia laica y la increencia no logran impermeabilizar al individuo frente a la pregunta acuciante por el sentido; la inquietud metafísica reaparece inevitablemente cuando las promesas del consumo se revelan incapaces de mitigar el peso de la propia finitud. Las escenas insólitas de transeúntes y jóvenes arrodillados en pleno centro de París para solicitar el sacramento de la reconciliación a sacerdotes apostados en la vía pública (Prieto Femenía, 2026b) representan una verdadera insurrección ontológica contra el dogma de un laicismo progre que pretendía confinar lo sagrado a la penumbra de la esfera privada.

Así, resulta esclarecedor observar la respuesta de las élites tecnocráticas ante el caos que recorre sus calles. Con un lenguaje híper-racionalizado que apela de manera insistente a la indemnización económica, a la eficiencia policial y a la invocación abstracta de la república (BBC News Mundo, 2026),  los gobiernos europeos pretenden contener un fuego que es, en su origen, estrictamente ideológico y existencial. Hay una profunda ceguera geopolítica y cultural en asumir que la paz social se recuperará mediante la sola presencia de fuerzas antidisturbios o promesas de subsidios estatales. En “La crisis de la conciencia europea”, el historiador y ensayista Paul Hazard nos alertó ya en el siglo pasado sobre las secuelas destructivas que sobrevendrían cuando la civilización occidental intentase fundarse exclusivamente sobre la crítica demoledora y el desprecio por sus fundamentos religiosos tradicionales: “Se quería una edificación que descansara sobre la razón pura, y no sobre la fe o la autoridad; se quería un edificio cuya estabilidad dependiera únicamente del análisis racional de la naturaleza humana […]. Pero al destruir las bases sobre las cuales la humanidad occidental había descansado durante más de mil quinientos años, se corría el riesgo de derrumbar el techo sobre la propia cabeza” (Hazard, 1935/1988, p. 112).

Pues bien, amigos, el techo ya se está derrumbando, precisamente sobre las cabezas de quienes creyeron que las catedrales vacías eran el trofeo inevitable del progreso lineal. Las imágenes de la alcaldía centenaria de Limoges ardiendo bajo las llamas (Avignolo, 2026) funcionan como una metáfora casi poética de este colapso: el fuego no distingue entre los símbolos del Estado secular y las tiendas de consumo privado, porque la violencia nihilista que ha sido incubada por el vaciamiento de sentido no respeta ni la memoria ni la institución. Europa se encuentra ante la trágica constatación de que la razón amputada de la fe se vuelve amarga, cínica e incapaz de infundir en las nuevas generaciones las razones fundamentales para la convivencia pacífica, la abnegación comunitaria o el respeto venerable por el bien ajeno.

Frente a este callejón sin aparente salida, el descontento de la juventud no siempre desemboca en la destrucción o en la anomia, como demostró la multitudinaria vigilia que congregó a 80.000 jóvenes en las afueras de la capital gala para escuchar al pontífice rechazar las premisas del reduccionismo materialista. Blaise Pascal (1670/2014), en sus “Pensamientos”, explicó con nitidez esta desproporción interna del alma humana al señalar que “este abismo infinito sólo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo” (p. 148). Ante la desolación de una cultura que ha abolido la responsabilidad ética sin ofrecer cauces de redención, el despunte de una búsqueda de sentido entre las nuevas generaciones –quienes acuden a las fuentes sagradas tras haber experimentado la vacuidad de un mundo híper-conectado, pero desprovisto de esperanza (Prieto Femenía, 2026b)- se expone la insuficiencia del modelo posmo-progre-secular para colmar las exigencias del corazón.

Asimismo, cabe recordar con Romano Guardini (1950/2026) en “El ocaso de la Edad Moderna” que “la existencia ética descansa en última instancia en el conocimiento de haber sido creado y en la aceptación de este hecho primordial” (p. 806). En otras palabras: cuando una cultura amputa la categoría de criatura y borra de su horizonte la idea de Creación, la persona queda expuesta a ser devorada únicamente por su capacidad productiva o su estatus de consumidor, abriendo la puerta a la eutanasia, al descarte de los frágiles y a la tiranía de la eficiencia técnica. Y esto es más claro cuando vemos que los encapuchados salvajes no robaban libros, sino zapatillas, joyas y vestimenta deportiva. El despertar de la inquietud religiosa en el corazón de la Europa secularizada no constituye un repliegue nostálgico ni una reacción anacrónica, sino la insurrección de la conciencia contra las cadenas de una inmanencia ahogante que pretende sofocar el destino eterno de lo verdaderamente humano.

¿No es acaso esta paradoja el signo definitivo de nuestro tiempo, donde conviven la violencia desatada por la falta de sentido y la búsqueda ansiosa de un fundamento trascendente? ¿Seguirá Europa intentando sofocar el fuego de sus metrópolis con el agua bendita de la tecnocracia mientras insiste en mantener apagada la antorcha espiritual que le dio forma? Si el humanismo cerrado en sí mismo ha demostrado su incapacidad para sostener la dignidad del hombre en la hora de la prueba, ¿tendremos la valentía intelectual y espiritual de reconocer que la regeneración de la polis exige restaurar la mirada hacia lo infinito? Ojalá las cenizas que hoy cubren las calles de París y la búsqueda de vida que late en sus templos nos sirvan como el aviso supremo para decidir si aceptamos el letargo de la autodestrucción o si asumimos, de una vez por todas, el riesgo liberador de la trascendencia.

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

Lisandro Prieto Femenía

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Nacionales

El Salvador cierra el 19 de octubre de 2026 con cero homicidios: octubre suma 17 días sin asesinatos

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La Policía Nacional Civil de El Salvador informó que el lunes 19 de octubre de 2026 finalizó sin registrar ningún homicidio en todo el territorio nacional. Con este resultado, octubre acumula ya 17 jornadas con cero asesinatos, según las estadísticas diarias publicadas por la institución en sus redes oficiales. Solo dos días del mes (el 7 y el 17) reportaron casos, lo que consolida la tendencia de baja violencia letal que se mantiene en el país.
Las cifras oficiales sitúan a El Salvador en una de las tasas de homicidios más bajas de su historia reciente. Hasta el 10 de octubre se contabilizaron 48 homicidios en todo 2026, lo que equivale a un promedio diario de 0,17 casos y una tasa de 0,97 por cada 100.000 habitantes. Esta cifra contrasta de forma marcada con los registros de años anteriores: en 2018 se reportaron 3.346 homicidios (tasa de 50,4) y en 2015 se llegó a 6.656 (tasa de 106,3), cuando el país figuraba entre los más violentos del mundo.
Las autoridades atribuyen estos resultados a la continuidad del Plan Control Territorial y al régimen de excepción vigente desde marzo de 2022, medidas que han permitido la detención de decenas de miles de integrantes de pandillas. El presidente Nayib Bukele ha señalado que el país avanza hacia convertirse en uno de los más seguros del mundo, mientras las estadísticas de la PNC, la Fiscalía y el Instituto de Medicina Legal muestran una reducción sostenida de la violencia homicida en comparación con los picos de la década anterior.
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Internacionales

Asesinan a machetazos a un hombre de 67 años en Florida, Copán

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Héctor Manuel Serrano, de 67 años, fue asesinado por desconocidos armados con machetes en la comunidad de Ciora, municipio de Florida, departamento de Copán, en el occidente de Honduras. Según el reporte de HCH publicado este martes 20 de octubre, los atacantes ingresaron a la vivienda del adulto mayor.

La información preliminar señala que Serrano intentó escapar, pero fue alcanzado por sus agresores. El ataque terminó en una calle de la comunidad, donde quedó su cuerpo con heridas mortales provocadas por arma blanca.

Familiares identificaron a la víctima y confirmaron que era originaria y residente de Ciora. La publicación consultada no precisa cuántas personas participaron en el crimen ni establece si el hombre había recibido amenazas anteriormente.

Hasta la actualización del reporte, no se habían divulgado el posible móvil del asesinato ni las identidades de los responsables. Tampoco se informaba sobre capturas relacionadas con el caso, por lo que las circunstancias del ataque permanecían sin esclarecer.

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