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Valencia: la tragedia del corrimiento del Estado

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«El Estado no es una máquina, es un organismo vivo que debe adaptarse a las necesidades de sus ciudadanos»

Otto von Bismarck

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre el subtexto de la catástrofe ocurrida en Valencia, la cual ha desencadenado una profunda reflexión sobre la naturaleza del contrato social y la responsabilidad del Estado hacia sus ciudadanos. Más allá de la devastación material y el dolor humano, este evento ha puesto de manifiesto una sensación palpable de abandono, que resuena con algunas preocupaciones expresadas por filósofos políticos desde tiempos inmemoriales.

Recordemos a Thomas Hobbes, quien en su obra “El Leviatán” (1651) ya nos advertía sobre la necesidad de contar con un poder soberano capaz de garantizar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos en un estado de naturaleza caracterizado por el conflicto. Pues bien, la catástrofe de Valencia nos interpela a preguntarnos si el Estado ha cumplido satisfactoriamente con su papel de protector y proveedor, tal como se concebía en aquel contrato social originario en el cual los ciudadanos otorgan al monstruo total potestad para actuar- e impuestos, muchos impuestos- a cambio de cierta protección.

Por su parte, John Rawls (1971), en su obra titulada “Teoría de la Justicia”, propugnaba la idea de que una sociedad más justa es aquella que se organiza de tal manera que las desigualdades tiendan a beneficiar a los más desfavorecidos. En este contexto, ¿cómo podemos evaluar la justicia de una sociedad a la luz de un evento que ha exacerbado las desigualdades preexistentes y  ha dejado a los más vulnerables en una situación de extremo abandono y vulnerabilidad?

Es evidente que la sensación de abandono experimentada por los afectados por la catástrofe nos remite a pensar la noción de ciudadanía y los derechos y garantías que esta conlleva. Al respecto, Hannah Arendt, en “La condición humana” (1958), destacó la importancia de la acción política como medio para construir un modelo común y garantizar el cuidado de la dignidad humana. Ahora bien, la pregunta que nos tenemos que hacer aquí y ahora es: ¿qué implica ser ciudadanos en un contexto en el que los derechos fundamentales parecen estar en juego?

La catástrofe de Valencia ha dejado a relucir la fragilidad de las infraestructuras del poder y la necesidad de replantear las políticas vigentes de urbanización. Muchos han señalado que la construcción indiscriminada en zonas de riesgo, sumada a la falta de inversión en sistemas de drenaje y protección costera, ha agravado los efectos de la DANA. Incluso han circulado estudios recientes que revelan que parte del territorio afectado se encontraba en zonas catalogadas como de alto riesgo hídrico, sumado a la ocupación del suelo agrícola y la impermeabilización del suelo urbano como contribución colateral para aumentar el caudal de los ríos y reducir así su capacidad de infiltración.

Sin embargo, lo que más ha causado molestias, tanto en España como en el resto del mundo, es la revelación mediante redes sociales de cientos de rescatistas de una falta de respuesta coordinada y oportuna por parte de las autoridades nacionales, lo cual agravó severamente la situación. A través de numerosos testimonios, se ha denunciado una demora y retención vulgar en la llegada de los equipos de rescate, como también la escasez de recursos básicos en las zonas más complicadas. Esta situación puntual nos lleva a reflexionar y a cuestionar la efectividad del Estado de bienestar y a pensar sobre el concepto del “corrimiento del Estado”, es decir, la tendencia de las instituciones a desvincularse de sus obligaciones constitucionales y sociales para así priorizar intereses partidistas por encima del bien común: la rivalidad política y la falta de coordinación entre todos los estratos del gobierno impidieron una acción efectiva y oportuna.

Como bien sabemos, el modelo de Estado de bienestar, concebido como un sistema de protección social que garantiza a todos los ciudadanos unos niveles mínimos de dignidad común, viene sufriendo una transformación y una correspondiente devaluación en las últimas décadas. La crisis económica de 2008 aceleró un proceso de desmantelamiento gradual de los servicios públicos, caracterizado por permanentes recortes presupuestarios, privatizaciones y precarizaciones en el seno del empleo público, sobre todo en salud y educación. Esta situación no ha hecho otra cosa que debilitar la capacidad de respuesta del Estado ante situaciones de emergencia y ha dejado a amplios sectores de la población en un estado de desprotección nunca antes visto desde el regreso de la democracia.

En el caso puntual de Valencia, la crisis del precitado Estado de bienestar se ha manifestado de manera especialmente aguda. La falta de inversión en prevención de riesgos, la reducción de personal en los servicios de emergencia y la precarización constante de las condiciones laborales de los trabajadores públicos han contribuido a agravar los efectos de la catástrofe. Además, la desigualdad social existente, silenciosamente creciente a ritmo sostenido durante la última década, ha hecho que los sectores más vulnerables de la población sean los más afectados por la crisis.

Lo acontecido recientemente en Valencia nos interpela a reflexionar sobre el futuro del Estado de bienestar, puesto que es necesario replantear el modelo actual, superando la lógica mezquina y mentirosa de una austeridad selectiva para proceder a apostar por una mayor inversión en servicios públicos de calidad. Asimismo, es fundamental pensar en el fortalecimiento de la gobernanza inter y multi nivel, promoviendo redes de colaboración entre las diferentes administraciones y la participación de la sociedad civil en la toma de decisiones en momentos drásticos.

Los eventos precitados han manifestado la urgencia de superar las estrechas divisiones partidistas que caracterizan la tan vapuleada política española. Al respecto, John Stuart Mill sostuvo que es esencial que haya un amplio acuerdo sobre los principios fundamentales de la política, a fin de que la sociedad pueda funcionar de manera más eficaz y profunda. Aún así, la polarización política ha puesto palos en la rueda para alcanzar dicho consenso, obstaculizando la implementación de políticas públicas efectivas y generando una creciente desconfianza en las instituciones. Cuando suceden este tipo de tragedias, como ya vimos en el contexto del COVID-19, las disputas partidistas pueden poner en riesgo el bienestar de la ciudadanía y socavar la cohesión social. Justamente por ello, es necesario y urgente que se pueda trascender la ambición individualista de las ideologías partidistas y construir un proyecto nacional común, basado en los valores de la solidaridad, la justicia y la protección de la dignidad de todos los ciudadanos.

Si bien la reacción tardía por parte del gobierno nacional ante la crisis de Valencia ha sido repudiada en redes sociales, la respuesta inmediata se ha traducido en paquetes especiales de ayudas económicas que, por supuesto, siempre serán una buena noticia, sobre todo si se utilizan esos fondos con honestidad, seriedad y criterio. Ahora bien, la tendencia a solucionar los problemas regionales mediante la transferencia de fondos desde el centro, aunque es necesario en situaciones de emergencia, puede generar una peligrosa relación de dependencia mientras que socava la capacidad de las comunidades autónomas para gestionar sus asuntos sin el peso del “compromiso” que los paquetes conllevan tras de sí. Como advirtió oportunamente Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, la centralización excesiva del poder puede llevar a la pasividad de los ciudadanos y a la atrófica de las instituciones locales. Al respecto, es fundamental que se logre encontrar un equilibrio entre la solidaridad nacional y la autonomía regional, promoviendo la subsidiariedad y fortaleciendo las capacidades propias de cada comunidad para hacer frente a los desafíos que enfrentan.

No obstante lo anterior, es crucial aclarar que la defensa de la autonomía regional no implica en absoluto desentenderse de las responsabilidades y obligaciones del Estado central. La construcción del precitado equilibrio requiere de un compromiso a largo plazo por parte de ambas instancias: el Estado nacional debe garantizar la cohesión territorial, proporcionando los recursos y las herramientas necesarias para que las comunidades autónomas puedan desarrollar sus potencialidades, mientras que las comunidades deben asumir sus responsabilidades en la gestión de sus servicios públicos y la promoción del desarrollo local, respetando los principios básicos de solidaridad y equidad. En vistas de ello, se torna necesario establecer un marco de colaboración que defina claramente las competencias de cada nivel de gobierno y que permita una coordinación efectiva en la gestión de las políticas públicas.

El evento catastrófico en Valencia dejó al descubierto una serie de gallos en la gestión de la emergencia que, según indican algunos especialistas, pudieron haberse evitado. La tardanza en la activación de los protocolos de alerta, la insuficiencia de los medios de rescate y la descoordinación entre las diferentes administraciones provocaron una situación de caos y desamparo que, no quedan dudas, agravó las consecuencias del desastre. La imagen de personas atrapadas en sus vehículos y en sus viviendas durante horas y días, sin recibir ayuda inmediata, es una muestra de la fragilidad de un sistema que reveló no estar preparado para afrontar un acontecimiento de esta magnitud. Estos hechos trágicos pusieron de manifiesto la urgencia de reformar en profundidad el sistema de protección civil y de garantizar una respuesta más rápida y eficaz ante cualquier tipo de infortunio, ya sea natural o no.

Aún así, y a pesar de la ineficiencia de algunos burócratas a cargo de instituciones públicas, la catástrofe de Valencia también nos mostró la cara de la fuerza transformadora de la solidaridad ciudadana. Miles de voluntarios, provenientes de todo el país, se movilizaron espontáneamente para brindar ayuda a los afectados. Bomberos, equipos de rescate, personal sanitario y ciudadanos de a pie están trabajando incansablemente en labores de limpieza, búsqueda, rescate y asistencia. Este tipo de respuesta, desinteresada y coordinada a través de organizaciones no gubernamentales mediante redes sociales y plataformas digitales, pone de manifiesto el poder de la acción colectiva y la importancia de los vínculos comunitarios. Como afirma Arendt, la acción humana, entendida como la capacidad de los seres humanos para iniciar procesos nuevos y transformar el mundo, se manifiesta con especial intensidad en los momentos más difíciles. El amor que están poniendo los voluntarios valencianos es un claro ejemplo de cómo la acción política, en su sentido más amplio, puede surgir desde la sociedad civil, y no desde un escritorio en Madrid, para transformar positivamente la realidad.

La DANA en Valencia es un crudo recordatorio de las fragilidades de nuestro sistema democrático a nivel mundial, y de la urgencia de replantear nuestras prioridades. La desazón que produce el desastre ha puesto de manifiesto todas las limitaciones de una gestión basada en la improvisación y la falta de coordinación, así como las consecuencias de una visión cortoplacista que siempre prioriza los intereses particulares de una pequeña casta política por sobre el bien común. Es necesario, pues, realizar una profunda reflexión sobre nuestro modelo de desarrollo y sobre la relación entre el ser humano y el ambiente en el que habita. Las palabras de Edmund Burke resultan especialmente pertinentes en este contexto, cuando señala que la sociedad es una asociación entre los vivos, los muertos y los que aún no han nacido. Pues bien, amigos míos, la gestión del territorio nacional y la protección del mismo no pueden limitarse a una perspectiva mezquina y coyuntural, sino que se deben tener en cuenta las implicaciones para las generaciones futuras.

A pesar de la gravedad de la situación, la crisis valenciana también ha revelado algo maravilloso: la capacidad de resiliencia y solidaridad de la sociedad española. La respuesta espontánea y gratuita de miles de voluntarios demuestra que, ante la adversidad, los seres humanos somos capaces de superar nuestras diferencias y unirnos en torno a un objetivo común. Esta experiencia es, sin duda, un punto de partida para construir un futuro más justo y sostenible, basado en los principios de solidaridad, cooperación y respeto por la dignidad humana. Por ello, es crucial aprovechar este momento, para fortalecer las instituciones, mejorar los sistemas de prevención y respuesta ante emergencias y fomentar una cultura de la responsabilidad y la participación ciudadana antes, durante y después de que se limpie el barro. Aunque el camino sea largo y tortuoso, debemos conservar la esperanza y trabajar juntos para que, cuando la tierra lo decida, estemos mejor parados y preparados.

Lisandro Prieto Femenía
Docente – Escritor – Filósofo
San Juan – Argentina

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Ray Bradbury y la distopía íntima de la pantalla

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Por: Lisandro Prieto Femenía

“No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe” (Bradbury, 2009, p. 7).

Ray Bradbury se nos presenta no sólo como un cronista del futuro, sino como un filósofo de la quietud perdida, cuya lucidez trascendió con creces su propia época. Su obra no puede reducirse a un ejercicio de futurología, sino que constituye una profunda crítica de la condición humana en la modernidad tardía, envuelta en la lírica y a veces en la melancólica trama de la ciencia ficción.

Si bien George Orwell, en su obra “1984”, alertó sobre el peligro del control público coercitivo y la tiranía del Estado sobre la verdad objetiva, Aldous Huxley, en “Un mundo feliz” (1932), trazó la ruta de la servidumbre placentera mediante el soma y la ingeniería emocional, donde el secreto de la felicidad era “amar lo que uno tiene que hacer” (Huxley, 1932, p. 30). Al igual que Huxley, Bradbury apuntó su lupa hacia un enemigo acaso más sutil y, por ello, más insidioso: el asedio a la mente y al alma individual perpetrado no por un poder dictatorial, sino por la seducción masiva y la hegemonía de la distracción.

Su inmensa imaginación y su sensibilidad humanista se fusionaron para crear narrativas que, más que predecir eventos tecnológicos, funcionaban como advertencias existenciales urgentes. Por ello, sus historias resuenan hoy con una actualidad que desborda lo inquietante, interpelando nuestra realidad con una precisión que roza lo profético. Bradbury entendió que la clave de la servidumbre moderna no reside en la prohibición, sino en la saturación.

Este mundo, perturbadoramente familiar, ya estaba meticulosamente concebido en la mente de Bradbury cuando el panorama tecnológico de la década de 1950 apenas comenzaba a esbozarse. En su obra “Fahrenheit 541” (1953), concibió las “paredes televisivas” y las “conchas de radio” que aíslan al individuo en una cápsula de sonido incesante, sustituyendo la experiencia compartida y la introspección. Estos artefactos han mutado en las pantallas gigantes de alta definición y en los dispositivos de audio inalámbricos que nos mantienen permanentemente acoplados a un flujo de estímulos y, paradójicamente, desarticulados de cualquier vínculo profundo.

El peligro más grande para nuestro autor de referencia no fue la tecnología en su faz instrumental, sino su capacidad intrínseca de convertirse en una prótesis emocional y cognitiva que sustituye los espacios vitales de la humanidad. Su preocupación central giraba en torno a lo que las pantallas podrían usurpar: la interioridad contemplativa, el lugar de los vínculos auténticos y la exigencia de la reciprocidad. La quema literal de libros que ejecuta el bombero Guy Montag es tan sólo la metáfora culminante de una cultura que ya ha abrazado su propia incineración mental. Es el capitán Beatty quien formula la estrategia social de la superficialidad con una claridad escalofriante:

“Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse” (Bradbury, 2009, p. 58).

Esta profusión de “hechos” desprovistos de contexto, que ahoga la reflexión pero que confiere una falsa y cómoda sensación de inteligencia, es el eco exacto de la “infoxicación” digital que padecemos en pleno siglo XXI. Como el teórico de los medios Neil Postman advirtió en “Divertirse hasta morir” (1985), la verdadera amenaza no es que se nos prohíba la información, sino que esta se convierta en una cascada de irrelevancias, donde “la censura no es necesaria cuando el discurso político toma la forma de una broma” (Postman, 1985, p. 155). Se trata de un mecanismo que desactiva totalmente el esfuerzo filosófico, pues satisface la necesidad de saber sin exigir la labor de comprender, transformando el discurso público en mero “show business”.

En este último sentido, la quema literal de libros de Montag representa el desprecio absoluto por el pensamiento autónomo y la memoria colectiva, un acto de censura frontal y violenta. Sin embargo, en la actualidad, el desprecio por el conocimiento y la voz crítica se manifiesta mediante mecanismos más sutiles de desplazamiento y exclusión social. Ya no se persigue al libro con fuego, sino al pensador con la marginalización. Las estrategias de cancelación social, la virulencia de la polarización que descalifica al oponente antes de escucharlo, y la creación de cámaras de eco algorítmicas que invisibilizan o suprimen discursos divergentes, han sustituido el debate de ideas por el castigo moral. El riesgo ya no es sólo ser “incendiado” por el Estado, sino ser silenciado o enterrado por el aluvión digital de la irrelevancia y la condena rápida, una forma más democrática, pero igualmente corrosiva, de desechar el pensamiento profundo.

Si el libro es temido porque “revela poros en la cara de la vida”, la pantalla es amada precisamente porque promete un rostro de cera, liso e inexpresivo, desprovisto de toda aspereza existencial. La tecnología, al reducir la experiencia a un estímulo rápido, no sólo inhibe la contemplación, sino que llega a dictar la propia percepción de la realidad, invadiendo y raptando el espacio social y personal por completo.

El corazón pulsante de nuestra obra de referencia, “Fahrenheit 451” reside en la épica interna de su protagonista, Montag, cuyo viaje es la encarnación de la posibilidad humana de despertar. Él comienza como el epítome de la conformidad: un bombero que encuentra placer estético en la destrucción de libros, un censor entusiasta cuya vida íntima se refleja en su casa: fría, vacía y dominada por las “paredes televisivas” que su esposa, Mildred, llama su “familia”. La realidad filtrada por el medio se impone sobre la realidad vivida: “El televisor es «real». Es inmediato, tiene dimensión. Te dice lo que debes pensar y te lo dice a gritos. Ha de tener razón” (Bradbury, 2009, p. 95).

La metamorfosis de Montag es desencadenada por dos encuentros catalizadores. Primero, Clarisse McClellan, la vecina atípica que se atreve a formular la pregunta fundamental: “¿Es usted feliz?”. Esta simple interpelación quiebra su fachada de contento-funcional. Segundo, el estremecedor acto de la anciana que se inmola con sus libros, eligiendo la dignidad de la memoria sobre la supervivencia en un mundo vacío de sentido. Este evento transforma la quema de libros de un acto impersonal a un crimen moral, despertando en Montag la dolorosa conciencia de la carencia.

A partir de este punto, el protagonista abandona su rol de destructor para abrazar, primero, el de buscador furtivo (escondiendo libros robados) y, finalmente, el de fugitivo y preservador. Su huida hacia las afueras de la ciudad, donde encuentra a los “hombres-libro” que han memorizado obras enteras para resguardarlas de la incineración, marca la culminación de su arco. Montag pasa de ser un esclavo del fuego a un ser abierto al conocimiento, convirtiéndose él mismo en el libro que antes quemaba.

La travesía del protagonista no es sólo una ficción, sino más bien una interpelación directa a nuestros lectores. Si Montag se encontró atrapado en la ilusión de la felicidad programada, ¿cuántos de nosotros nos hemos refugiado en la comodidad de la intoxicación de información digital para evitar la incomodidad de la introspección? La pregunta es: ¿estamos dispuestos a quemar nuestra propias “paredes televisivas”- a renunciar a la distracción constante y a las cámaras de eco- para emprender el camino, solitario y arduo, hacia el pensamiento auténtico? El coraje de Montag al abandonar el grupo conformista y elegir ser un outsider por la verdad, nos exige una revaluación de nuestra propia valentía en la era de la cancelación y el ruido perpetuo.

En este punto del análisis es sumamente pertinente indicar que esta obra cobra una dimensión crucial al ser introducida en la etapa escolar, particularmente desde la adolescencia. El adolescente se encuentra en la encrucijada de la formación de la identidad, debatiéndose entre la necesidad de pertenencia al grupo y la urgencia de afirmar su individualidad. Pues bien, “Fahrenheit 451” ofrece un espejo moral que interpela directamente esta tensión. Al exponer cómo la cultura de la distracción anula la diferencia y la singularidad, la novela provee a los jóvenes de las herramientas conceptuales para cuestionar la conformidad pasiva.

Leer la historia de Guy Montag, un hombre que se atreve a dudar y a rebelarse contra la “familia” televisiva y el dogma social, se convierte en un acto iniciático y revolucionario (por eso los Ministerios de Educación no recomiendan estas lecturas en las aulas). La obra les enseña que el verdadero coraje reside en el esfuerzo por pensar diferente y sentir profundamente en un entorno diseñado para la uniformidad emocional. Además, la novela actúa como un catalizador para la alfabetización crítica mediática, esencial para navegar las presiones de las redes sociales y los algoritmos de recomendación que buscan moldear su identidad y consumo de manera subrepticia. Es una defensa vital de la autenticidad frente a la mímesis digital.

Justamente por ello, volver a Bradbury en el saturado siglo XXI es, por tanto, mucho más que una relectura nostálgica. Es un imperativo de defensa de la soberanía interior y de la atención. Nos recuerda que la imaginación, esa herramienta tan vital como la lógica, tiene también la función de alertar sobre lo que se está perdiendo mientras nos distraemos. La lectura, en su lentitud deliberada y su exigencia de concentración, se presenta como el antídoto contra la prisa y la pasividad intelectual impuestas.

Cuando cedemos por completo nuestro tiempo y nuestra atención a los dispositivos que buscan mantenernos perpetuamente distraídos, perdemos algo inmaterial, pero esencial, que ni siquiera notamos en su partida: la capacidad de estar a solas con nuestros pensamientos, el motor de la conciencia crítica y el cimiento de la empatía. Es la imaginación la que nos permite proyectar un futuro que no deseamos y, por lo tanto, la que nos arma para evitarlo.

Ahora bien, no basta con reconocer la materialización de la profecía de Bradbuty, pues la distopía íntima de la pantalla ha dejado de ser una proyección lejana para convertirse en el aire que respiramos. No hemos sucumbido al totalitarismo de la ignorancia por decreto, sino por elección, a través de la dulce anestesia de la diversión.

Esta relectura de “Fahrenheit 451” nos confronta con una pregunta fundamental, alineada con las advertencias realizadas por Huxley y Postman: ¿es posible recuperar la pausa y el silencio- es decir, la genuina disponibilidad para el ser- sin demonizar el avance tecnológico, o estamos fatalmente condenados a un perpetuo estado de semi-consciencia aturdida? Si el peligro radica en confundir la acumulación de datos con el pensamiento crítico, y el ruido con la conexión, entonces la tarea filosófica de hoy no pasa por la simple acción de apagar la pantalla o defender las agendas que las imponen, sino por la imperiosa necesidad de encender la conciencia crítica en su presencia.

En lugar de exigir una mirada nostálgica al pasado, la obra de Bradbury nos lanza una provocación radical: nos exige iniciar la batalla por la conservación de nuestra calidad humana esencial, es decir, por la capacidad de sentir, de disentir y de ser auténticamente conscientes en un mundo diseñado para la pasividad programada. Es un llamado a resistir la implosión de la condición humana ante el asedio de la irrelevancia. Ante esto, ¿qué conocimiento esencial se extingue en nosotros cada vez que la ligereza del entretenimiento se impone sobre el peso de la introspección? Y, sobre todo, ¿cuándo, inmersos en nuestras “familias” de píxeles, nos daremos cuenta de que la persona sentada a nuestro lado ha dejado de ser una extraña para volverse, trágicamente, un simple fantasma de la carne?

Referencias Bibliográficas

  • Bradbury, R. (2009). Fahrenheit 451. (G. L. de la Cruz, Trad.). Ciudad de México, México: Editores Mexicanos Unidos. (Obra original publicada en 1953).
  • Huxley, A. (1932). Un Mundo Feliz. (R. S. de Lamadrid, Trad.). Barcelona, España: Plaza & Janés Editores.
  • Postman, N. (1985). Divertirse hasta Morir: El discurso público en la era del «show business». (P. L. Fandos, Trad.). Barcelona, España: Ediciones de la Tempestad.

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Analizando “Magnifica humanitas”, la primera encíclica de León XIV- Lisandro Prieto Femenía

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«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos» (Tolkien, 1954/1993, p. 55).

No es ninguna novedad indicar que habitamos una época deslumbrada por el fulgor del silicio y atravesada por un tiempo donde la conciencia humana parece dispuesta a abdicar de su trono para entregarlo a la fría precisión de las máquinas. ¿No siente usted, querido lector, el sutil deslizamiento de nuestra propia autonomía en cada pantalla que acaricia con resignación? Frente a esta claudicación silenciosa irrumpe la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” del Papa León XIV, un texto que supera las expectativas de un simple documento pastoral, proponiéndonos un auténtico giro ontológico.

El pontífice nos arrincona contra un dilema que debería desgarrar nuestra complacencia posmoderna al obligarnos a elegir entre dos destinos históricos excluyentes. Como advierte solemnemente el inicio de su carta, “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (León XIV, 2026, párr. 1). El presente que transitamos juntos está enfermo de certezas artificiales e intoxicado por flujos de datos inabarcables, por lo que en este letargo la tarea de la filosofía debe ser un martillo que quiebre el espejo de nuestra propia vanidad (y pereza) tecnológica.

Ahora bien, sondear las profundidades de este replanteamiento ético exige apartar la mirada de la ingenua fascinación que nos provoca la IA y retornar a la raíz material de nuestra condición. La filosofía contemporánea nos viene avisando sobre los peligros de esta deslocalización existencial, sobre todo a partir de Byung-Chul Han, quien en su obra “No cosas: quiebres del mundo de hoy” nos dice que “la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (Han, 2021, p. 13), arrancándonos de la gravedad de la tierra para arrojarnos a un océano de información donde el dolor ajeno se vuelve prácticamente imperceptible.

Justamente, la encíclica denuncia este desarraigo fundamental de la carne. Cuando la tecnología deja de ser un instrumento contingente y se convierte en el horizonte mismo de la verdad, el ser humano queda reducido a una simple variable dentro de una matriz de optimización. Olvidamos con demasiada facilidad que cada línea de código que exige poder computacional descansa sobre una tierra que sangra. ¿Acaso no te desgarra el alma saber que la fluidez de nuestras interacciones virtuales se sostiene sobre la esclavitud moderna de las minas y sobre los cuerpos mutilados para que el cálculo algorítmico jamás se interrumpa? La máquina nunca es neutral y tratarla como si lo fuera constituye la más perversa de nuestras hipocresías.

Esta inquietante asimilación entre la dominación física y el control algorítmico adquiere un eco estremecedor cuando León XIV aborda el devenir de la dignidad humana. En un gesto de una honestidad histórica sin precedentes, el obispo de Roma ofrece una disculpa por la complicidad o el silencio que la propia Iglesia mantuvo durante siglos respecto al horror del comercio de seres humanos, reconociendo este hecho como “una herida en la memoria cristiana” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Este ejercicio de purificación de la memoria no debe ser confundido con un desahogo retórico, sino que representa el cimiento ético para lanzar una advertencia dramática sobre los paralelismos que existen entre la esclavitud tradicional y las amenazas emergentes de las que denomina “nuevas esclavitudes digitales” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Para sacudir nuestra modorra existencial, el Papa justifica la severidad de sus analogías al declarar que “la palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Si en el pasado la barbarie se camufló bajo discursos de progreso económico, hoy la sumisión de la conciencia se disfraza de comodidad digital y eficiencia predictiva.

Es frente a esta claudicación del espíritu donde la teología que vertebra la encíclica nos devuelve, de manera casi violenta, al misterio ineludible de la carne y de la gracia. Resulta de una radicalidad absoluta sostener desde el inicio del documento que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Concilio Vaticano II, 1965, párr. 22). Al recuperar esta premisa ineludible de la constitución pastoral “Gaudium et spes”, el Papa nos está diciendo a la cara que nuestra salvación no provendrá jamás de una arquitectura de redes neuronales, sino de la sucia, finita y agónica realidad de la existencia humana tocada por la divinidad.

Contra el espejismo de un transhumanismo que busca curar a la humanidad amputando su vulnerabilidad y su misterio, la respuesta de la fe exige volver a mirar al otro a los ojos. El texto papal alcanza su mayor hondura moral y existencial al recordarnos que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (León XIV, 2026, párr. 114). Deténgase un segundo y pregúntese cuántos rostros vivos ha ignorado hoy mismo por agachar la cabeza ante el resplandor de su dispositivo móvil.

Este reconocimiento ineludible del prójimo devela también las dinámicas de poder y la asimetría económica que configuran la tecnología posmoderna. León XIV arroja luz sobre una de las trampas más sofisticadas de la gobernanza corporativa al recordarnos que la IA no es un ente abstracto que opera en el vacío, sino que toma de manera inevitable el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. La pretensión de resolver las tensiones morales mediante comités éticos diseñados por las mismas corporaciones transnacionales se revela como una claudicación democrática insostenible. En este sentido, el pontífice sostiene con implacable lucidez que “no servirá de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos” (León XIV, 2026, párr. 62). La supuesta neutralidad algorítmica es, en realidad, la imposición silenciosa de una visión del mundo unilateral que asfixia el pluralismo y convierte las decisiones existenciales en cálculos de rentabilidad geopolítica y comercial. ¿No es acaso alarmante constatar cómo nuestra propia noción de justicia, de bien y de verdad está siendo sigilosamente programada por una reducida élite tecnológica que legisla desde sus laboratorios sin rendirle cuentas a nadie?

La precitada privatización de la soberanía moral sobre el algoritmo engendra, en definitiva, una fractura social de proporciones insospechadas. Es que la privatización total de la riqueza digital viola directamente el destino común de la creación, en tanto que, al integrar una de las tesis económicas más revolucionarias de la doctrina social de la Iglesia al ámbito cibernético, León XIV sostiene de forma clara que “hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026).

Al despojar al código de su estatus de mercancía exclusiva para concebirlo como un bien universal, el Papa está redefiniendo la exclusión posmoderna. Cuando la infraestructura tecnológica y las patentes de procesamiento se concentran en un puñado de corporaciones opacas que eluden el escrutinio social, el riesgo no es sólo comercial, sino ontológico, pues “crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” (León XIV, citado en Ámbito Financiero, 2026). Esta marginación algorítmico-social establece una nueva casta de desposeídos existenciales que quedan privados del control de sus propias narrativas vitales. Haga el intento, amado lector, de encontrar con quién quejarse en su red social favorita por cualquier asunto: se encontrará con la nada misma, direccionamientos que no dan respuestas y “centros de ayuda” que están completamente de adorno, reforzando así la impunidad de la censura, por un lado, y de la imposición de contenido asqueroso, por el otro.

Frente a esta colonización de la conciencia, la resistencia de la conciencia exige asimismo una profunda reforma del espíritu, una ascesis que la encíclica localiza con valentía en la vida cotidiana y escolar. En un pasaje de gran calado existencial, el Papa nos exhorta a “educarnos en el ayuno de la IA” (León XIV, 2026, párr. 140), proponiendo una desconexión deliberada que no nace del “temor luddita” (miedo o resistencia conceptual y práctica ante la posibilidad de que el avance tecnológico desplace a los trabajadores humanos), sino de la necesidad de custodiar nuestra propia capacidad contemplativa. La gratuidad del pensar requiere tiempo, silencio y la paciencia del error. Cuando delegamos el esfuerzo intelectual a la inmediatez de una respuesta generada de forma automatizada, corremos el riesgo de extinguir la chispa que da origen a la verdadera sabiduría. El documento lo expresa con agudeza cuando advierte que “la rapidez y la facilidad con la que se obtiene una respuesta o una síntesis hacen correr el riesgo de que se apague el deseo de plantear preguntas, que sólo da fruto con el tiempo” (León XIV, 2026, párr. 143). En este sentido, la escuela debería ser el bastión de lo analógico, un santuario donde las relaciones interpersonales reales y el tiempo compartido pongan a salvo lo que el silicio jamás podrá replicar. ¿Cómo podemos engendrar nuevos horizontes de pensamiento si acostumbramos a nuestra juventud a consumir únicamente las respuestas patrocinadas por un software de dudosa procedencia?

Al resguardar la intimidad del pensamiento, la encíclica desmantela la fantasía de que las máquinas puedan suplantar el discernimiento íntimo del sujeto. Con un rigor asombroso, el pontífice nos recuerda que estos sistemas informáticos carecen de una dimensión ontológica fundamental, pues “tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía y comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (León XIV, 2026, párr. 89). En esta incapacidad radical para el amor y el dolor se instala la urgencia de establecer límites infranqueables a su aplicación en la toma de decisiones. El texto papal subraya con preocupación que “si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece” (León XIV, 2026, párr. 104). En pocas palabras, nos está diciendo que la reducción de la existencia a meras métricas de productividad es el preámbulo de una sociedad desprovista de compasión.

La gravedad de esta deshumanización sistemática adquiere su expresión más mortífera al abordar el escenario bélico. El problema ético de nuestro siglo ya no se limita únicamente a decidir qué prodigios técnicos podemos materializar, sino a determinar qué atrocidades debemos negarnos obstinadamente a cometer. Hans Jonas anticipó con lucidez nuestra desmesura prometeica en “El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, alertando que “la técnica moderna ha introducido acciones de una magnitud tan diferente que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlas” (Jonas, 1995, p. 28). León XIV recoge este testigo histórico para denunciar la aberración suprema de delegar las decisiones de vida o muerte a sistemas de armamento autónomos, desnudando la cobardía moral de una guerra sin combatientes humanos visibles. El Papa nos advierte solemnemente que “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto” (León XIV, 2026, párr. 110), despojando a la tragedia del dolor de la piedad y convirtiendo a la muerte en una fría estadística de rendimiento. Sentenciando este extravío con palabras definitivas, también sostiene categóricamente que “ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (León XIV, citado en BBC Mundo, 2026). Es decir, al desahuciar la responsabilidad personal de la cadena de mando, la guerra automatizada se desentiende de la culpa y de la posibilidad misma del arrepentimiento. ¿Seremos capaces de sostener la mirada ante las víctimas de un verdugo que carece de alma, o permitiremos que la distancia tecnológica anestesie definitivamente nuestro sentido de la compasión?

Esta confrontación frente a las derivaciones más extremas de la técnica conecta de manera íntima con la intuición poética que J. R. R. Tolkien plasma en “El señor de los anillos: El retorno del rey”, cuando nos recuerda que no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino actuar con absoluta responsabilidad ética en los campos y en el tiempo que nos han tocado vivir (Tolkien, 1954/1993, p. 55). Estas célebres palabras cobran una escalofriante vigencia al contraponerse a la pretensión algorítmica de predecir, modelar y fiscalizar cada resquicio de nuestra existencia. Frente a la tentación fáustica de una optimización perpetua que busca abolir la vulnerabilidad de nuestra carne para sustituirla por un simulacro de orden absoluto, la teología de “Magnifica humanitas” coincide en que la verdadera custodia del mundo pasa por la valiente asunción de nuestra finitud. Desarmar el mito de nuestra omnipotencia tecnológica y renunciar a la desmesura del control cibernético no constituye un repliegue al progreso, sino el único cimiento posible sobre el cual podemos construir una auténtica libertad compartida, liberada por fin del cálculo mercantilista que todo lo marchita.

Asomados al borde de este abismo existencial, constatamos que no queda margen para el adormecimiento intelectual, pues delegar nuestra angustia ética a una máquina nos condena a la más triste de las servidumbres. Si permitimos que el deseo de la inmediatez apague la humilde y fecunda labor de formular preguntas lentas, habremos consumado la renuncia voluntaria de nuestra propia condición humana. ¿Seremos nosotros la generación que abdique de su libertad a cambio del confort inconfesable de no tener que pensar, entregando la custodia del alma a un puñado de cables? ¿Es posible que, al intentar diseñar un mundo exento de dolor y de incertidumbre, estemos edificando la prisión más perfecta y silenciosa de la historia? Cuando esta lectura concluya y el murmullo de sus notificaciones vuelva a reclamar su atención, ¿se atreverá a sostener el ayuno del espíritu para redescubrir, en el silencio del encuentro real, que su vulnerabilidad sigue siendo su mayor gloria?

Referencias bibliográficas y fuentes consultadas

BBC Mundo. (2026, 25 de mayo). León XIV pide en su primera encíclica como papa «desarmar» a la inteligencia artificial y advierte de sus peligros. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/czr22v6ddk6o

Concilio Vaticano II. (1965). Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual. La Santa Sede.

Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.

Jonas, H. (1995). El principio de responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica (J. M. Fernández Retenaga, Trad.). Herder.

León XIV. (2026). Carta Encíclica Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

Tolkien, J. R. R. (1993). El Señor de los Anillos: El retorno del rey (M. Figueroa, Trad.). Minotauro. (Obra original publicada en 1954).

Vatican News. (2026, 25 de mayo). «Magnifica humanitas»: el llamado del Papa León XIV de proteger a la humanidad en tiempos de IA. Dicasterio para la Comunicación. https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-05/la-enciclica-papa-leon-xiv-magnifica-humanitasla-inteligencia-ia.html

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Opinet

La nueva poesía centroamericana escrita por mujeres (y 7)

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Hoy muchos, demasiados buenos poetas, hombres y mujeres, en este país de innúmeros contrastes, pero él encarnó todo lo que nadie había hecho: jugar al póquer con una palabra infectada de la maldad y traición que los otros quisieron imponerle.

Con El Salvador me une una especie de amor y odio que empezó por allá por el 2003, cuando pise por primera vez la tierra de “El Pulgarcito de America”. ¿Qué les puedo decir, que no se haya dicho antes? ¿En que caminos tratare de meterme que ya no haya cruzado en estos casi 24 años de pernoctar por sus quebradas, sus cantones, sus caseríos, sus históricas ciudades, sus lugares vedados a la reconciliación y al perdón? Que hoy dicen que se ha conseguido, yo creo que se esta incubando algo no muy parecido a lo que muchos nadan cada día en esa predicación.

Pero bien, aquí llegue porque había almas que salvar en las lides políticas, como asesor de uno de los partidos de los “mismos de siempre”, del que salió en que esta ahora rompiendo con esa tradición que tanto daño le hizo a la historia reciente, porque no supieron hacer la profilaxis que necesitaba el país para seguir y se empantanó la historia. Y hoy se escribe para que las nuevas generaciones la vean con pinza y mucha tinta, si es que se atreven a escribir. Este es El salvador, el país que hoy me ha dado una de mis satisfacciones mas humanas: ver crecer una hermosa niña a pesar de la edad, lo que me dice, que sí que los milagros existen. Por eso, quiero El Salvador.

Bien, aquí vinimos a cerrar un ciclo de unas series de notas que he venido haciendo para el más importante diario digital de nuestro país, la República Dominicana: Acento.com.do, con esta entrega son 7 la que valientemente he expuesto a los lectores muy inteligentes de este medio, y a los que no se les puede “dar gato por liebre”, porque son muy aventajados teóricamente hablando y saben cuándo “se les da paja” y cuando no, cuando les “enreda la cabuya” y asiiiii. Estas 7 notas están directamente relacionadas con los 7 países del Sistema de la Integración Centroamericana, sin incluir a República Dominicana, pues no es del Istmo Centroamericano, aunque pertenece al SICA.

He estado hablando de mujeres escritoras de estas naciones, como dije, no están todas las que son, ni son todas las que están; pero es una muy interesante muestra de una discursividad hecha por mujeres, jóvenes y no tan jóvenes que referencia un quehacer, que cuando lo ponemos en conjunto, hay un corpus escriptural sólido y con mucho oficio, pero claro está, un oficio desde la perspectiva femenina que dista mucho de la del hombre, en la temática, el acercamiento a la vida, los amores, la muerte, el universo, en una frase: la poesía escrita por mujer en esta zona del mundo, refleja sus avatares, sus luchas, sus cotidianidades, sus existencialidades, de no rendirse ante las adversidades del entorno, y algo muy elocuente: la esperanza de que algo mejor llegará, estas nunca pierden la perspectiva del porvenir y la reivindicación del hombre en el término universal.

Pero vamos a lo que vinimos. Al igual que las otras chicas poetas de los 6 países restantes, estas asumen la vida desde su mismidad. Pero una mismidad netamente de mujer, sin transigir ni un ápice del compromiso con lo humano y social, aunque el amor luego de pasar el filtro de la sinrazón vuelve a ser un componente social y humano. Ahora bien, para empezar este inventario de las escritoras que están en mismas notas debo expresar, que este país no poder tener poesía y felicidad de palabra, nunca se puede celebrar el triunfo del ser social y literario hasta que no se esclarezca quiénes o quién dio la orden vil para sacar del mundo de los vivos al más auténtico y trascendente poeta salvadoreño que recuerde la historia de la literatura del siglo XX y de los que fueron y vendrán: Roque Dalton. El hombre que supo ser el hombre que los demás cobardes nunca quisieron ser. No habrá poesía salvadoreña en el sentido histórico de la palabra hasta que Dalton no sea exaltado al panteón de la dignidad del hombre y la vida, aunque ya el pueblo lo tiene en ese lugar, pero la literatura oficial todavía “deja ver el refajo”.

Hoy muchos, demasiados buenos poetas hombres y mujeres poetas en este país de innúmeros contrastes, pero el encarnó todo lo que nadie había hecho: jugar al poquer con una palabra infectada de la maldad y traición que los otros quisieron imponerle.

Ada Membreño, El Salvador (1974). Escritora, Poeta, Ensayista, Gestora Cultural,

Editora. Estudió Ciencias Jurídicas en la Universidad de El Salvador (UES).

Locución y Periodismo en la Escuela de Artes y Comunicaciones de EL

Salvador (COMSAL). Miembro del Staff de edición de la Revista /Voces del

Viento/ Argentina. Preside la Asociación Cultural Kuskatan de El Salvador.

Es responsable adjunta de la Federación de Escritoras y Escritores por la

Libertad (FIEL). Responsable del Mitin Mundial de la Insurgencia Cultural

en la Región Centroaméricana y el Caribe, y del Encuentro “La Luna con

Gatillo”., edición virtual en la región Centroaméricana. Es miembro de

Naciones Unidas de las Letras (UNILETRAS), Colombia. Es Directora

Nacional del Encuentro Cultural “Relámpago que Siembra” edición El

Salvador. Es subdirectora de la Coordinadora Cultural Centroaméricana

Morazanista, y Cofundadora del Taller Literario “Kuskatan”.

Publicó los libros: Pétalos Rebeldes, 2014.” Antología Poesía para no

Olvidar”, 2018, en coautoría con el Dr Rafael Lara-Martínez. Colaboró

en la obra La Sonrisa de la Jícara- Ensayos de la Pandemia, por Rafael

Lara-Martínez, año 2021. Libros inéditos: Pájara de lava, Sarcástica, Mi

Anecdotario en los Celajes, Komisagual, Versos para Daniela, y Cuentos

de Tarde. Escribe ensayo para la Revista Voces del Viento– Argentina.

Escribe para la Revista Torogoz de ASAFAMEX, México. Su poesía ha sido

publicada en revistas y antologías iberoamericanas.

“Nos queda la voz y el poema

¡Cual mariposas volar!

Para no aceptar la esclavitud perenne.

Se hacen tortillas y arepas

en la esquina,

poemas en la otra y se gritan.

En el semáforo el payaso hace llorar

con su verso de denuncia,

a América no pararon de robarla,

y en el regazo de una luna sin pan

muere.

Y si nos enrabietamos;

y como Patria nos alzamos,

mujeres y hombres

reclamando el suelo,

y tomamos la sagrada heredad del pueblo!

Porque no vi al saqueador sembrar

pero mis tatas lo vieron ignominiosamente cercar y alambrar”-Patria y voces-

 Como ven su texto reseñado aquí refleja una pues de compromiso con la h

Aída Párraga. Poeta, narradora, actriz, conductora y productora del programa

de radio LA BOHEMIA, emisión que cumple en el 2011, 15 años al aire,

promotora cultural, maestra de inglés e ingeniera electricista, salvadoreña por

nacimiento y convicción que nació un 7 de agosto de 1966. Miembro de

la Compañía “Teatro Hamlet” desde 1992 hasta 2019, y fundadora del

grupo Poético POESÍA Y MÁS…, fundadora, productora y conductora del

programa radial LA BOHEMIA desde noviembre de 1996 hasta la fecha,

siendo el programa cultural de mayor tradición en la radio salvadoreña.

Primer Lugar en el Certamen Centroamericano de Literatura Joven

Femenina, Ensayo, 1996; Tercer lugar en los Juegos Florales de San

Salvador, Poesía, 1998… entre otros

“Al otro lado del mundo

Adonde las venas son azules

Y la pobreza es gris

Adonde el futuro es rojo

Y el pasado esmeralda

Ahí desperté un día cualquiera

Y el naranja caliente de tu risa

Me envolvía

Las distancias verdaderas

Se miden en silencios” –MAKTUB-

 Este fragmento de un poema más o menos místico e introspectivo, muestra la capacidad de sumergirse en las culturas milenarias de esta poeta que tiene un de los curricular más variados respecto a la búsqueda de nuevas formas y fuentes de trabajar el discurso poético, ella como las demás lleva una gran carga cultural en su país, ahora que nuevos vientos en cintra de la cultura contestataria soplan no del lado correcto de la historia, ella como sus otras compañeras lo asume con una mismidad pasmante y desafiante.

Krisma Mancía, San Salvador, 1980. Escritora y artesana. Estudió letras

en la Universidad de El Salvador (UES), teatro en La Escuela Arte del Actor,

escultura y cerámica en el Centro Nacional de Arte (CENAR) y perteneció al taller

de talentos de La Casa del Escritor. Ganadora del I Premio de Poesía

Joven La Garúa, 2005. Ha publicado 4 libros de poesía y varios de su

textos han sido recogidos en periódicos, antologías y revistas de América

Latina y Europa. Ha participado en festivales, conferencias y recitales a

nivel nacional e internacional. Fue la primera directora de la Casa de la

Cultura de la Mujer en Ciudad Mujer. Es creadora de la marca Krismática,

especializada en joyería de papel. Actualmente trabaja en el Ministerio de

Cultura y es coordinadora de los premios literarios de los Juegos Florales

de El Salvador.

Y la mujer enrojece con toda la sonrisa.

Benjamín Saúl

 “Dicen que soy una nena terrible. Una nena mala,

con un alma antigua,

con el don de las sonámbulas,

con la anormalidad de lo que haría la gente sana.

Dicen que soy una flecha mortal,

un escarabajo con su bola de estiércol,

una voz demasiada fuerte para la pureza,

una nena tormentosa que jamás tuvo que saber que

toda mujer debe decidir qué hacer

con lo que entra y sale de su cuerpo.

Hay solo una vida y pienso usarla

cómo se usa una bala.

Tengo el poder sobre mí,

por eso soy una nena terrible. Una nena mala”. -Mujer pez-

Es una de las expositoras que más sabe explorar su yo y lo hace con una conciencia pasmosa. Es una escritora que ve el oficio como una prolongación de la sociedad, su sociedad, y asume el compromiso de la escritura como si fuera el último día de su vida. Mujer y palabra, palabra y vida he ahí la dialéctica de su corpus escriptural y en El Salvador esta ocupa un lugar entre las mujeres que escribe con una conciencia plena del oficio.

Susana Reyes, poeta, editora, actriz, profesora. Ha trabajado como

docente de lenguaje y literatura en diversas universidades y ha participado

en programas de formación literaria para jóvenes y maestros. Editora en Índole

Editores, dirige el Encuentro Centroamericano de Escritura de Mujeres y la Editorial

Ojo de Cuervo, coordinadora, junto con Tania Pleitez, de la Red de

Investigación de las Literaturas de Mujeres de América Central (Rilmac) y

preside la Fundación Claribel Alegría. Imparte talleres de creación literaria

para jóvenes y adultos. Pertenece al grupo literario de mujeres Poesía y

Más…Ha participado en recitales, encuentros y festivales de poesía a nivel

nacional e internacional. Pertenece al grupo literario de mujeres Poesía

y Más… Es parte del elenco de la obra “Toc toc” (producción del Teatro

Luis Poma) Ha publicado: Los solitarios amamos las ciudades, Postales

urbanas y vitrales e Historia de los espejos. Aparece en diversas antologías

nacionales e internacionales, recientemente en la antología La poesía del

siglo XX en El Salvador ( Visor, 2012), y Teatro bajo mi piel (Edición bilingüe

español-inglés, Editorial Kalina, San Salvador, 2014). Ha participado en

investigaciones relacionadas con poesía de mujeres y el estado de la

literatura en El Salvador.

 “…Un perro negro cruza la calle

La ciudad y sus sonidos

se cuelan bajo mi pecho

El perro ladra y en su lenguaje

conversa con mis humillaciones

Y te recuerdo niña

en una ciudad diezmada por el tiempo

en una ciudad que pertenece a tu olvido

que de noche soñó con luces y fiestas

El vuelo que libera mariposas

68 que no supo contener tus pasos

de colores brillantes y gotas de lluvia

de casuarinas y cunetas rotas…”-Álbum de niñas con abuela- (fragmentos)

Es editora con una vasta red de relaciones en el mundo literario hispanoamericano. En su país, realmente ha realizado una titánica labor para la difusión de la poesía, no importa si es de mujer o de hombre: solo hay una poesía y esta en la palabra viva. Y ella lo sabe y con su editorial Ojo de Pez, recorre lugares ensenando lo bueno que hay en este país de dalton y tantos otros poetas que todavía requieren ser rescatados del olvido.

Hay otras escritoras, muchas más que hacen del El Salvador un país de mujeres que asumen su discurso para cambiar la historia, su historia. El maestro Manlio Argueta me sugirió algunas de ellas para que formaran parte de la muestra, por ejemplo, Elena Salamanca, por ejemplo, le hable en varias ocasiones y nunca me envió sus textos y semblanza, se que vive como académica en Mexico. También hubo contactos con otras que por diversas razones nunca pusieron cruzarse conmigo para que produjésemos esta nota. Pero ya lo dije no están todas las que son.

En un país que tiene escritoras como Claudia Lars, a quien el gobierno le dedicó la construcción Periférico Claudia Lars a una importante carretera de 10.8 kilómetros que conecta el desvío de San Juan Opico (carretera a Santa Ana) con el desvío de Sacacoyo (carretera a Sonsonate. La poeta de Armenia, gran poeta de un país pequeño, dicen.

Y así podemos nombrar otras escritoras que por razones varias no están aquí reseñadas y que meren estarlo. Sandra Aguilar (San Salvador, 1984); Lauri García Dueñas (San Salvador, 1980); Lourdes Ferrufino (La Unión, 1992); Nora Méndez (San Salvador, 1969).

Según la IA, “la poesía salvadoreña contemporánea cuenta con una fuerte presencia femenina. Las autoras de los últimos tiempos destacan por explorar la cotidianidad, el feminismo y la memoria”. Y no se ha equivocado. Esta muestra que ponemos a la consideración de todos y con la que cerramos estas notas son el vivo ejemplo de una muy nueva camada de escritoras de las que se espera demasiado para los próximos años. Hemos terminado la palabra empeñada. Amen

toria de las tres heroínas dominicanas asesinadas por el sátrapa Trujillo Molina, ella en su último libro asume esta visión histórica desde la mujer que es luchadora y que reclama un espacio en la historia. Estos textos los trabajo a propósito de una antología que se publicara acerca de las escritoras del istmo que homenajean a Las Hermanas Mirabal.

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