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Valencia: la tragedia del corrimiento del Estado
«El Estado no es una máquina, es un organismo vivo que debe adaptarse a las necesidades de sus ciudadanos»
Otto von Bismarck
Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre el subtexto de la catástrofe ocurrida en Valencia, la cual ha desencadenado una profunda reflexión sobre la naturaleza del contrato social y la responsabilidad del Estado hacia sus ciudadanos. Más allá de la devastación material y el dolor humano, este evento ha puesto de manifiesto una sensación palpable de abandono, que resuena con algunas preocupaciones expresadas por filósofos políticos desde tiempos inmemoriales.
Recordemos a Thomas Hobbes, quien en su obra “El Leviatán” (1651) ya nos advertía sobre la necesidad de contar con un poder soberano capaz de garantizar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos en un estado de naturaleza caracterizado por el conflicto. Pues bien, la catástrofe de Valencia nos interpela a preguntarnos si el Estado ha cumplido satisfactoriamente con su papel de protector y proveedor, tal como se concebía en aquel contrato social originario en el cual los ciudadanos otorgan al monstruo total potestad para actuar- e impuestos, muchos impuestos- a cambio de cierta protección.
Por su parte, John Rawls (1971), en su obra titulada “Teoría de la Justicia”, propugnaba la idea de que una sociedad más justa es aquella que se organiza de tal manera que las desigualdades tiendan a beneficiar a los más desfavorecidos. En este contexto, ¿cómo podemos evaluar la justicia de una sociedad a la luz de un evento que ha exacerbado las desigualdades preexistentes y ha dejado a los más vulnerables en una situación de extremo abandono y vulnerabilidad?
Es evidente que la sensación de abandono experimentada por los afectados por la catástrofe nos remite a pensar la noción de ciudadanía y los derechos y garantías que esta conlleva. Al respecto, Hannah Arendt, en “La condición humana” (1958), destacó la importancia de la acción política como medio para construir un modelo común y garantizar el cuidado de la dignidad humana. Ahora bien, la pregunta que nos tenemos que hacer aquí y ahora es: ¿qué implica ser ciudadanos en un contexto en el que los derechos fundamentales parecen estar en juego?
La catástrofe de Valencia ha dejado a relucir la fragilidad de las infraestructuras del poder y la necesidad de replantear las políticas vigentes de urbanización. Muchos han señalado que la construcción indiscriminada en zonas de riesgo, sumada a la falta de inversión en sistemas de drenaje y protección costera, ha agravado los efectos de la DANA. Incluso han circulado estudios recientes que revelan que parte del territorio afectado se encontraba en zonas catalogadas como de alto riesgo hídrico, sumado a la ocupación del suelo agrícola y la impermeabilización del suelo urbano como contribución colateral para aumentar el caudal de los ríos y reducir así su capacidad de infiltración.
Sin embargo, lo que más ha causado molestias, tanto en España como en el resto del mundo, es la revelación mediante redes sociales de cientos de rescatistas de una falta de respuesta coordinada y oportuna por parte de las autoridades nacionales, lo cual agravó severamente la situación. A través de numerosos testimonios, se ha denunciado una demora y retención vulgar en la llegada de los equipos de rescate, como también la escasez de recursos básicos en las zonas más complicadas. Esta situación puntual nos lleva a reflexionar y a cuestionar la efectividad del Estado de bienestar y a pensar sobre el concepto del “corrimiento del Estado”, es decir, la tendencia de las instituciones a desvincularse de sus obligaciones constitucionales y sociales para así priorizar intereses partidistas por encima del bien común: la rivalidad política y la falta de coordinación entre todos los estratos del gobierno impidieron una acción efectiva y oportuna.
Como bien sabemos, el modelo de Estado de bienestar, concebido como un sistema de protección social que garantiza a todos los ciudadanos unos niveles mínimos de dignidad común, viene sufriendo una transformación y una correspondiente devaluación en las últimas décadas. La crisis económica de 2008 aceleró un proceso de desmantelamiento gradual de los servicios públicos, caracterizado por permanentes recortes presupuestarios, privatizaciones y precarizaciones en el seno del empleo público, sobre todo en salud y educación. Esta situación no ha hecho otra cosa que debilitar la capacidad de respuesta del Estado ante situaciones de emergencia y ha dejado a amplios sectores de la población en un estado de desprotección nunca antes visto desde el regreso de la democracia.
En el caso puntual de Valencia, la crisis del precitado Estado de bienestar se ha manifestado de manera especialmente aguda. La falta de inversión en prevención de riesgos, la reducción de personal en los servicios de emergencia y la precarización constante de las condiciones laborales de los trabajadores públicos han contribuido a agravar los efectos de la catástrofe. Además, la desigualdad social existente, silenciosamente creciente a ritmo sostenido durante la última década, ha hecho que los sectores más vulnerables de la población sean los más afectados por la crisis.
Lo acontecido recientemente en Valencia nos interpela a reflexionar sobre el futuro del Estado de bienestar, puesto que es necesario replantear el modelo actual, superando la lógica mezquina y mentirosa de una austeridad selectiva para proceder a apostar por una mayor inversión en servicios públicos de calidad. Asimismo, es fundamental pensar en el fortalecimiento de la gobernanza inter y multi nivel, promoviendo redes de colaboración entre las diferentes administraciones y la participación de la sociedad civil en la toma de decisiones en momentos drásticos.
Los eventos precitados han manifestado la urgencia de superar las estrechas divisiones partidistas que caracterizan la tan vapuleada política española. Al respecto, John Stuart Mill sostuvo que es esencial que haya un amplio acuerdo sobre los principios fundamentales de la política, a fin de que la sociedad pueda funcionar de manera más eficaz y profunda. Aún así, la polarización política ha puesto palos en la rueda para alcanzar dicho consenso, obstaculizando la implementación de políticas públicas efectivas y generando una creciente desconfianza en las instituciones. Cuando suceden este tipo de tragedias, como ya vimos en el contexto del COVID-19, las disputas partidistas pueden poner en riesgo el bienestar de la ciudadanía y socavar la cohesión social. Justamente por ello, es necesario y urgente que se pueda trascender la ambición individualista de las ideologías partidistas y construir un proyecto nacional común, basado en los valores de la solidaridad, la justicia y la protección de la dignidad de todos los ciudadanos.
Si bien la reacción tardía por parte del gobierno nacional ante la crisis de Valencia ha sido repudiada en redes sociales, la respuesta inmediata se ha traducido en paquetes especiales de ayudas económicas que, por supuesto, siempre serán una buena noticia, sobre todo si se utilizan esos fondos con honestidad, seriedad y criterio. Ahora bien, la tendencia a solucionar los problemas regionales mediante la transferencia de fondos desde el centro, aunque es necesario en situaciones de emergencia, puede generar una peligrosa relación de dependencia mientras que socava la capacidad de las comunidades autónomas para gestionar sus asuntos sin el peso del “compromiso” que los paquetes conllevan tras de sí. Como advirtió oportunamente Alexis de Tocqueville en “La democracia en América”, la centralización excesiva del poder puede llevar a la pasividad de los ciudadanos y a la atrófica de las instituciones locales. Al respecto, es fundamental que se logre encontrar un equilibrio entre la solidaridad nacional y la autonomía regional, promoviendo la subsidiariedad y fortaleciendo las capacidades propias de cada comunidad para hacer frente a los desafíos que enfrentan.
No obstante lo anterior, es crucial aclarar que la defensa de la autonomía regional no implica en absoluto desentenderse de las responsabilidades y obligaciones del Estado central. La construcción del precitado equilibrio requiere de un compromiso a largo plazo por parte de ambas instancias: el Estado nacional debe garantizar la cohesión territorial, proporcionando los recursos y las herramientas necesarias para que las comunidades autónomas puedan desarrollar sus potencialidades, mientras que las comunidades deben asumir sus responsabilidades en la gestión de sus servicios públicos y la promoción del desarrollo local, respetando los principios básicos de solidaridad y equidad. En vistas de ello, se torna necesario establecer un marco de colaboración que defina claramente las competencias de cada nivel de gobierno y que permita una coordinación efectiva en la gestión de las políticas públicas.
El evento catastrófico en Valencia dejó al descubierto una serie de gallos en la gestión de la emergencia que, según indican algunos especialistas, pudieron haberse evitado. La tardanza en la activación de los protocolos de alerta, la insuficiencia de los medios de rescate y la descoordinación entre las diferentes administraciones provocaron una situación de caos y desamparo que, no quedan dudas, agravó las consecuencias del desastre. La imagen de personas atrapadas en sus vehículos y en sus viviendas durante horas y días, sin recibir ayuda inmediata, es una muestra de la fragilidad de un sistema que reveló no estar preparado para afrontar un acontecimiento de esta magnitud. Estos hechos trágicos pusieron de manifiesto la urgencia de reformar en profundidad el sistema de protección civil y de garantizar una respuesta más rápida y eficaz ante cualquier tipo de infortunio, ya sea natural o no.
Aún así, y a pesar de la ineficiencia de algunos burócratas a cargo de instituciones públicas, la catástrofe de Valencia también nos mostró la cara de la fuerza transformadora de la solidaridad ciudadana. Miles de voluntarios, provenientes de todo el país, se movilizaron espontáneamente para brindar ayuda a los afectados. Bomberos, equipos de rescate, personal sanitario y ciudadanos de a pie están trabajando incansablemente en labores de limpieza, búsqueda, rescate y asistencia. Este tipo de respuesta, desinteresada y coordinada a través de organizaciones no gubernamentales mediante redes sociales y plataformas digitales, pone de manifiesto el poder de la acción colectiva y la importancia de los vínculos comunitarios. Como afirma Arendt, la acción humana, entendida como la capacidad de los seres humanos para iniciar procesos nuevos y transformar el mundo, se manifiesta con especial intensidad en los momentos más difíciles. El amor que están poniendo los voluntarios valencianos es un claro ejemplo de cómo la acción política, en su sentido más amplio, puede surgir desde la sociedad civil, y no desde un escritorio en Madrid, para transformar positivamente la realidad.
La DANA en Valencia es un crudo recordatorio de las fragilidades de nuestro sistema democrático a nivel mundial, y de la urgencia de replantear nuestras prioridades. La desazón que produce el desastre ha puesto de manifiesto todas las limitaciones de una gestión basada en la improvisación y la falta de coordinación, así como las consecuencias de una visión cortoplacista que siempre prioriza los intereses particulares de una pequeña casta política por sobre el bien común. Es necesario, pues, realizar una profunda reflexión sobre nuestro modelo de desarrollo y sobre la relación entre el ser humano y el ambiente en el que habita. Las palabras de Edmund Burke resultan especialmente pertinentes en este contexto, cuando señala que la sociedad es una asociación entre los vivos, los muertos y los que aún no han nacido. Pues bien, amigos míos, la gestión del territorio nacional y la protección del mismo no pueden limitarse a una perspectiva mezquina y coyuntural, sino que se deben tener en cuenta las implicaciones para las generaciones futuras.
A pesar de la gravedad de la situación, la crisis valenciana también ha revelado algo maravilloso: la capacidad de resiliencia y solidaridad de la sociedad española. La respuesta espontánea y gratuita de miles de voluntarios demuestra que, ante la adversidad, los seres humanos somos capaces de superar nuestras diferencias y unirnos en torno a un objetivo común. Esta experiencia es, sin duda, un punto de partida para construir un futuro más justo y sostenible, basado en los principios de solidaridad, cooperación y respeto por la dignidad humana. Por ello, es crucial aprovechar este momento, para fortalecer las instituciones, mejorar los sistemas de prevención y respuesta ante emergencias y fomentar una cultura de la responsabilidad y la participación ciudadana antes, durante y después de que se limpie el barro. Aunque el camino sea largo y tortuoso, debemos conservar la esperanza y trabajar juntos para que, cuando la tierra lo decida, estemos mejor parados y preparados.
Lisandro Prieto Femenía
Docente – Escritor – Filósofo
San Juan – Argentina
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Explorando la ciencia, bajo la lupa filosófica- Lisandro Prieto Femenía
“El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro”- Michel Foucault, Vigilar y castigar (1975)
Bien sabemos que la epistemología, disciplina cuyo nombre se deriva del griego episteme (conocimiento) y logos (ciencia o discurso), es la rama de la filosofía que se dedica a estudiar la naturaleza, el alcance y los límites del conocimiento humano. Si bien las preguntas sobre la verdad y la certeza son tan antiguas como la filosofía misma, la epistemología se consolidó como un campo de estudio diferenciado a partir de la Modernidad. Filósofos como John Locke, David Hume e Immanuel Kant sentaron las bases al indagar en las fuentes del conocimiento, los procesos de la razón y la posibilidad misma de alcanzar la verdad objetiva. Sin embargo, en una era marcada por la post-verdad y la instrumentalización del saber, su utilidad no reside en ofrecer certezas definitivas, sino en la capacidad para desenmascarar las condiciones sociales, políticas y económicas bajo las cuales el conocimiento se produce y se legitima. Su campo de estudio se expande así más allá de la lógica de la justificación para indagar en las relaciones de poder que subyacen a la ciencia, las fuerzas económicas que la orientan y el valor de verdad que se le concede. A partir de ello, la epistemología se constituye como la conciencia crítica de la razón, examinando no sólo los métodos, sino también los intereses.
Históricamente, la filosofía se ha enfrentado al desafío de comprender la dinámica de la ciencia. Puntualmente, Karl Popper, con su criterio de falsabilidad, puso en jaque la idea de una ciencia que produce una verdad absoluta al postular que una teoría científica no es irrefutable, sino provisoriamente válida hasta que un experimento la desmienta. En sus palabras, sostuvo que “la falsabilidad de un sistema debe ser tomada como criterio de demarcación. No exijo que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí exijo que tenga una forma lógica tal que pueda ser seleccionado, en un sentido negativo, por medio de contrastes empíricos” (La lógica de la investigación científica, 1934).
Sin embargo, Thomas Kuhn complejiza este panorama con su noción de “paradigma”. Para él, la ciencia no avanza de forma lineal, sino que opera dentro de un marco de supuestos compartidos que rara vez son cuestionados, al que denominó estadio de “ciencia normal”. En este período, la actividad principal no es la búsqueda de verdades definitivas, sino la resolución de “enigmas” o problemas que el propio paradigma define y permite abordar. También, sostuvo que “un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten” (La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ahora bien, la capacidad de un paradigma para ofrecer herramientas y un marco conceptual para la resolución de estos problemas es lo que realmente lo legitima. Sólo cuando estos enigmas se vuelven irresolubles y se acumulan como anomalías, el paradigma entra en crisis, abriendo la puerta a una “revolución científica” y a la adopción de un nuevo marco que sí se muestre capaz de resolver los problemas.
La precitada noción de paradigma puede ser interpretada de manera análoga a las “epistemes” de Michel Foucault, aunque con una diferencia de alcance. Foucault lo describe como el orden subyacente que organiza el pensamiento de una época y determina las condiciones de posibilidad para el conocimiento en general, abarcando no sólo la ciencia, sino también las artes, la economía y la filosofía. Mientras que el paradigma de Kuhn es específico de una disciplina científica, la episteme de Foucault es una estructura que pre-condiciona de manera anónima y no consciente, el pensamiento de todos los sujetos de una época determinada.
Sobre la precitada base, Imre Lakatos propuso una alternativa con su “metodología de los programas de investigación científica”. Para él, la ciencia no avanza por la refutación de teorías aisladas, sino por la competencia entre programas de investigación, cada uno con un “núcleo duro” o hipótesis fundamentales. Lo explicita con claridad al señalar que “la unidad básica de evaluación no es una teoría aislada o un conjunto de proposiciones, sino un programa de investigación” (La metodología de los programas de investigación científica, 1978). Así, la ciencia se presenta como un proceso de competencia racional, aunque esta racionalidad queda en entredicho cuando se observa la influencia de factores ajenos a la lógica.
Consecuentemente, Robert K. Merton, sociólogo de la ciencia, delineó en su célebre “teoría de las normas”, un ideal regulativo para la ciencia. Estas normas, que incluyen el comunismo (el saber es propiedad colectiva), y el desinterés (el científico busca el saber por el saber mismo), representan la creencia en una ciencia autónoma y virtuosa. Particularmente, expresó que “los cánones de la ciencia son, por un lado, una serie de principios epistemológicos y metodológicos; por otro, una serie de valores y normas que rigen la conducta de los científicos” (Teoría y estructura sociales, 1949). Como podrán apreciar, queridos lectores, se trata de normas que pretenden ser el fundamento de la ciencia, pero que en definitiva constituyen las bases del mito de una ciencia pura, totalmente inexistente en el plano de lo real.
Autores como el precitado Foucault han logrado realizar una crítica aguda al respecto, subvirtiendo radicalmente este ideal. Su tesis del “saber-poder”, argumenta que el conocimiento no es algo que el poder simplemente restringe, sino que lo produce para ejercer un control más sutil y efectivo. Al respecto, es conocidísima su sentencia que versa: “El poder produce saber… Poder y saber se articulan directamente el uno sobre el otro” (Vigilar y castigar, 1975). Conjuntamente, Pierre Bourdieu introdujo el análisis de los campos sociales, sosteniendo que la ciencia no es una comunidad de sabios desinteresados, sino un campo de fuerzas donde los agentes compiten por el capital. En sus palabras, lo explicaba así: “El campo científico es el lugar de una lucha competitiva, en la que el monopolio de la autoridad científica… es la apuesta” (Homo Academicus, 1984). En este campo, los científicos acumulan diferentes tipos de capital (simbólico, económico, social) que determinan su prestigio y capacidad para influir en las decisiones.
Asimismo, Latour nos legó el concepto de “redes sociotécnicas” para demostrar que los hechos científicos no son descubrimientos neutrales, sino que se “construyen” a través de un complejo entramado de actores, que incluye científicos, instrumentos, publicaciones y, crucialmente, inversores. Para él, “Un hecho científico es un híbrido de humanos y no-humanos, de laboratorios y de la sociedad, de textos y de tecnología” (Ciencia en acción, 1987). En estas “redes”, el inversor no es un agente externo, sino el actor constitutivo que orienta la dirección de la ciencia desde su concepción. De este modo, el “desinterés” de Merton se revela como una ficción, y el “comunismo” del saber se desvanece ante la primacía de la propiedad intelectual y las patentes.
En este punto de la reflexión, es preciso explicitar que la ciencia, a menudo idealizada como una empresa que persigue la verdad para el beneficio de la humanidad, no investiga necesariamente lo que la sociedad necesita para vivir mejor, sino lo que el mercado demanda para vender más. Esta subordinación de la razón a la lógica del capital fue analizada con agudeza por la Escuela de Frankfurt. Puntualmente, Jürgen Habermas, por ejemplo, criticó la instrumentalización de la ciencia, que pasa de ser una fuerza de emancipación a una herramienta de control, al exclamar que “el progreso técnico depende hoy de la lógica del capital y del Estado, y no de una orientación hacia los fines de la emancipación humana” (Ciencia y técnica como ‘ideología’,1968).
Esta realidad se manifiesta de manera elocuente en los programas de investigación. El financiamiento de la investigación científica, que actúa como un poderoso actor de las redes de Latour, está sesgado hacia áreas que prometen un rápido retorno económico. Por dar un simple ejemplo, la industria farmacéutica invierte miles de millones en medicamentos para tratar enfermedades crónicas en países desarrollados, que garantizan un flujo de ingresos constante. En contraste, la investigación de enfermedades que afectan a poblaciones de escasos recursos, como la malaria o el dengue, recibe una financiación desproporcionadamente menor. En este escenario, queridos amigos, el conocimiento se convierte en una mercancía y el científico en un productor de bienes con patente, desmantelando por completo la idea de una ciencia que opera bajo los ideales ridículos que expuso Merton precedentemente.
Si el caso de la industria farmacéutica revela la subordinación de la ciencia a la lógica del mercado, el de la industria militar lo expone en su forma más cruda. En este campo de fuerzas, para utilizar el término de Bourdieu, la competencia no es sólo por el capital económico, sino también por el capital político y simbólico del poder militar. La ciencia es un agente fundamental en esta dinámica. La investigación en áreas como la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología se dirige con frecuencia a la creación de armamento más letal y sistemas de vigilancia más sofisticados, en lugar de resolver los problemas humanitarios más apremiantes.
En las precitadas “redes” descritas por Latour, los contratos multimillonarios de investigación y desarrollo actúan como actores determinantes. Los fondos provenientes de gobiernos y corporaciones de defensa no sólo financian ciertos proyectos, sino que también legitiman y normalizan las agendas de investigación, marginando aquellas que no se alinean con los intereses estratégicos o comerciales. De este modo, la ciencia se convierte en un medio para fines instrumentales, como criticó Habermas, puesto que el progreso técnico no se orienta hacia la emancipación humana, sino hacia la consecución de objetivos de dominación y control. La búsqueda de la verdad se desvía, y la ciencia se instrumentaliza para fines que perpetúan los conflictos, evidenciando una vez más que el saber, lejos de ser un bien y un derecho universal, es una herramienta modelada por el poder.
Ante la eclosión de la era patética de la “post-verdad”, donde la validez de la evidencia es constantemente impugnada, la pregunta sobre la posibilidad de hacer filosofía de la ciencia se vuelve acuciante. La desinformación masiva e intencional, en conjunto con la relativización de los hechos, son la culminación de un proceso en el que la confianza en las instituciones del conocimiento ha sido erosionada. La filosofía, entonces, no puede limitarse a analizar la lógica de los argumentos. Debe enfrentar la tarea de restaurar la validez del discurso racional en una esfera pública que se encuentra fragmentada, y para ello, debe volverse radicalmente política. Su tarea es examinar no sólo la coherencia interna de una teoría, sino su función social y su capacidad para resistir a la instrumentalización por parte de los poderes económicos y políticos.
Si los hechos científicos son construcciones sociales y la financiación de la ciencia está sujeta a intereses del mercado, la idea de la objetividad se presenta como un desafío insoslayable. ¿Es esta una meta alcanzable, o tan solo un ideal regulativo que sirve de coartada a los poderes que la instrumentalizan? Ante la manipulación de la evidencia y la proliferación de información falsa, el rol de la epistemología se ve interpelado. ¿Debe concentrarse en la demarcación entre ciencia y pseudociencia o en la crítica de las estructuras de poder que legitiman ciertos conocimientos sobre otros? Seguidamente, y en una época donde la ciencia se ha vuelto un actor central en la economía global, ¿cómo podemos recuperar una epistemología que interprete el valor del saber no por su rentabilidad, sino por su capacidad de servir a la emancipación de la humanidad?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
· Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.
· Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
· Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad, vol. 1: La voluntad de saber. Siglo XXI.
· Habermas, J. (1968). Ciencia y técnica como ‘ideología’. Tecnos.
· Kuhn, T. S. (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
· Lakatos, I. (1978). La metodología de los programas de investigación científica. Alianza.
· Latour, B. (1987). Ciencia en acción: Cómo seguir a científicos e ingenieros a través de la sociedad. Labor.
· Merton, R. K. (1949). Teoría y estructura sociales. Fondo de Cultura Económica.
· Popper, K. R. (1934). La lógica de la investigación científica. Tecnos.
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CENTROAMERICA EN LA NUEVA ENCRUCIJADA GEOPOLITICA Y GEOECONOMICA. Por: Dionisio de Jesús
Alvin Tofller y Heidi Tofller, en su profético libro de finales de los años 70 del siglo pasado: “La Tercera Ola”, afirmaban “que muchos de los cambios actuales no son independientes entre sí. No son fruto del azar…. estos y muchos otros acontecimientos o tendencias aparentemente inconexos se hallan relacionados entre sí…. son panes de un fenómeno mucho más amplio: la muerte del industrialismo y el nacimiento de una nueva civilización”.
“El mundo que está rápidamente emergiendo del choque de nuevos valores y tecnologías, nuevas relaciones geopolíticas, nuevos estilos de vida y modos de comunicación, exige ideas y analogías, clasificaciones y conceptos completamente nuevos”., han escrito ellos con su acostumbrado lenguaje seductor.
Estas ideas reflexionadas en los últimos 30 años del fin del siglo XX y los albores de la llegada del siglo XXI, hoy son más escatológicas, si vemos los últimos acontecimientos que se han dado en el mundo que todavía no podemos descodificar en toda su magnitud y que cada día nos da una lección de disrupción en el más amplio de los sentidos.
Estos años finiseculares, para Centroamérica, fueron de tensiones, de búsquedas de los desencuentros, centro de ensayos ideológicos productos de la guerra fría y las tensiones entre las superpotencias y los espacios emergentes, el Istmo se vio en la vorágine de los cambios globales, por ser el centro de una ruta, que a más de ser esencial para la economía mundial, y la misma llegada de lo que signaron como mundialización, que apenas despegaba para estructurar un nuevo orden, también fue y es, en gran medida hoy, el lugar en que otra vez, se da el nuevo ensayo hegemónico y “el choque de civilizaciones”.
En este lugar del mundo, sin que fuera una predicción, se está jugando parte de la supremacía de un mundo, más que unipolar, multipolar, hasta entonces, y que, con la ascensión de Donald Trump en su segundo mandato, éste quiere revivir lo que parecía estar sepultada, “la Doctrina Monroe”, ahora de la mano de la “Nueva Estrategia de Seguridad Nacional” bajo la eufemística frase: “Este hemisferio es nuestro”.
“DE FUERA VENDRÁN, QUE DE CASA TE ECHARÁN”
Siendo este espacio de las Américas un lugar con mucha historia de rupturas, de convergencias y divergencias, donde los imperios, en específico el español, en menor medida el inglés, y más atrás, el imperio Azteca, dejaron sus improntas en las poblaciones nativas, siempre dieron batallas para mantener sus valores, sus creencias y culturas, sus capacidades estratégicas en pie. Llegaron los prohombres de la independencia, formados en los mismos espacios de los conquistadores y reescribieron las historias. Hasta que por estas tierras llegaron los aventureros, “el Pirata William Walker y su doctrina del Destino Manifiesto”, arrogándose en posesión lo que nunca tuvo, cayendo asesinado en Honduras para 1860, vapuleado por la dignidad que nunca se marchó de la vida de los hombres y mujeres de estas tierras.
Los años de las dictaduras dejaron lecciones agridulces, se forjó “el estado nacional”, si se quiere, la forma de permear conciencias y la ideología aparejada con el slogan y la subyugación de que “este es mi patio trasero”, emergió. Y sucedió la hecatombe, producto de las miserias de las mayorías de ciudadanos sumidos en el ostracismo más atroz, frente a unas elites que se erigieron insufribles respecto a sus ciudadanos. Y entonces llegó la muerte de la mano de los conflictos armados de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado, hasta que el laboratorio de las grandes potencias que fueron los enfrentamientos con carácter ideológico cesó, pero no, fueron por desigualdades insalvables, se sucedieron y se firmó la paz, una paz a medias e insípida e incolora. Y entonces llegó de la mano de gobiernos sumisos el robo de los recursos económicos y la implantación de modelos que vendrían a traer más miserias a estas poblaciones: el neoliberalismo.
LA CENTROAMERICA ACTUAL
Pasado los años de las confrontaciones militares que dieron como resultados gobiernos medianamente democráticos, entonces vinieron las confrontaciones políticas y de clases, en donde la llamada “sociedad civil” tuvo un papel de decisiones que ayudaron a ir permeando el devenir de lo que es hoy el Istmo. Las elecciones, luego de los Acuerdos de Paz en los diferentes países en conflictos, legitimaron el statu quo que los sectores dominantes querían que sucediera, pero una clase de pensadores fue forjando la ruta que nos llevaría a lo que hoy es la región.
Y hubo un cambio de rumbo, la ola de las izquierdas irrumpió en algunos países, luego de las revueltas: Nicaragua, una pausa, luego otra vez hasta hoy con altos y bajos; El Salvador, dos gobiernos que ayudaron a forjar un pensamiento progresista y facilitar que muchos ciudadanos salieran de la pobreza extrema y donde la educación jugó un papel estelar. Guatemala debatiéndose entre problemas de gobernabilidad y delincuencia y Honduras para esos años con las tazas de violencia más grande del Istmo, igual que El Salvador con la enfermedad social de las maras y los grupos delincuenciales, aparejados de lo que los carteles de las drogas crearon en toda la región: violencia e inestabilidad social.
Las izquierdas no supieron aprovechar el respaldo de la población que los arropó con su voto y cometieron los mismos errores de los grupos dominantes: corrupción, falta de cumplimiento de las promesas, aunque en derechos humanos hubo un cambio de ver la sociedad. La irrupción de Venezuela con su comandante Chavez y el respaldo de la Iniciativa Alba para Las Americas, dio un giro a la relación de estos países con Estados Unidos, que más tarde, hoy, sería la gota que derramaría el vaso de este cambio de ciclo y rumbo que experimenta la región respecto de los gobiernos.
El Salvador ya no tiene el sello de una izquierda, más bien tiene un gobierno que vino a restaurar lo que ellos sabían cómo hacer pero no lo hicieron, la seguridad ciudadana, que tanto clamaba la sociedad; Honduras, pierde una oportunidad de oro al salir de su primer gobierno de centro izquierda debido a los mismos errores de sus pares de la región y así como en Suramérica, la ola de izquierda sale del poder político, no es raro que Costa Rica siga en su egida de gobierno centro derecha, Guatemala tenga un liberal en el poder y Honduras vuelva a estrenarse con un gobierno que habrá que ver qué trae luego del 27 de enero que tomará posesión. Nicaragua es el acertijo, luego de los acontecimientos en Venezuela y la embestida del poder duro que ha envalentonado a los que gobiernan en Washinton. Panamá es un mundo aparte que tendrá que echar su pleito directamente con el Norte, luego de las amenazas porque, “ese canal es de nosotros y no es para que los barcos chinos lo crucen “como Pedro por su casa”
EL ARRIBO DE CHINA Y EL DESCUIDO DEL PATIO TRASERO
Realmente el arribo de China ha sido planificado muchos años atrás, más de 50 años atrás, y hoy es una realidad. “La nueva ruta de la seda”, aparte de que es para el ciudadano de a pie una apuesta económica, no es más que una estrategia política de penetración como un poder emergente y hegemónico: ir quitándole presencia a un Estados Unidos que había descuidado su entorno, en busca de las riquezas energéticas de los países que sometió en sus invasiones en el Oriente Medio, bajo la excusa del terrorismo.
China desembarcó primero en Costa Rica y fue el gran ruido para los Estados Unidos, luego siguió El Salvador, República Dominicana, Panamá y por último Honduras; todos países pertenecientes al Sistema de la Integración Centroamericana, SICA, los otros: Belice, Guatemala y Nicaragua han preferido seguir la cooperación con Taiwan, bajo el entendido que China no acepta que haya acuerdo a medias porque ellos se reconocen como una sola China.
Y esta llegada tiene un componente geoestratégico, para su “ruta de la seda” en lo económico, pero en lo político, es crear pulso con su más cercano contendiente en el hemisferio occidental, ya que Rusia en la mayoría de las veces ha funcionado como aliado. Centroamérica si usted, traza una línea desde el pacifico salvadoreño hasta par de ciudades chinas, es casi directo la ruta y ahí está la gran estrategia China en el Istmo: tener dominio de la economía y las rutas comerciales, bástenos pensar en el pedido de China a algunos países de crear una zona especial de comercio teniendo como espacio de movimiento el
Golfo de Fonseca: los gringos abrieron los ojos y dijeron no. Eso es blindar su presencia en la región.
Hoy Centroamérica, aparte de ser un espacio de crecimiento, zona de alto poder logísticos para todos los competidores globales, por su enclave estratégico; su valor no es solo geopolítico geográficamente hablando en un momento en que la “Doctrina Monroe” ha tomado fuerza con el envalentonamiento del poder norteamericano que no van a dejar que otro tome su lugar. Ojalá y no sea demasiado tarde; también es un espacio geoeconómico, por lo que expresara más arriba: esta zona del mundo esta en disputa por las riquezas inmensas que posee. Por los minerales raros que se están descubriendo y que son imprescindibles para la supervivencia de las grandes empresas tecnológicas, espaciales y de poderío militar. Por eso, la apuesta y lo que está en juego hoy en día, y que se irá acrecentando cada vez que los grandes jugadores hagan sus arriesgadas apuestas que por acrecentar su poder económico de gobierno y de las grandes corporaciones, ponen en riesgo la seguridad regional de millones de seres humanos.
Voy a terminar como empecé este trabajo: trayendo a colación el último libro de los esposos Toffer: “Las Guerras del Futuro”, escrito en 2003, en este excitante libro ellos analizan lo que serian los conflictos del futuro, así como en “La Tercera Ola”, y habla justamente de que las guerras del futuro, cibernéticas, digitales, con drones, “las tácticas de guerra cibernética y conflictos indirectos podemos verlas en las noticias cada día”
“La guerra cibernética puede dejar sin recursos a una población de millones de personas atacando centrales eléctricas u hospitales. Puede tumbar la web de un gobierno. Puede desinformar de manera previa a unas elecciones o realizar el llamado fake bombing”. Lo acabamos de ver en Honduras, para dejar solo un ejemplo.
“También en la guerra de la tercera ola las armas tendrán más de software que de fusiles, y el dominio del flujo de información -sobre todo, con la guerra electrónica- será más decisivo que las destrucciones físicas”. Los conflictos del futuro serán por los recursos que cada vez escasean más, en especial el agua, y los recursos energéticos.
Eso es lo que esta por suceder en la estrategia de poder en el Istmo centroamericano, los poderes mundiales saben de la importancia de la región para la consolidación de sus estrategias de control y dominación global, sobre todo, en el espectro económico. Porque esta será la más terrible guerra que se está librando ya, y que permeará nuestro futuro y el de millones de seres humanos. Y para eso, no se ha inventado una vacuna que sea capaz de inocular la esperanza de un tiempo mejor.

Dionisio de Jesús
Poeta, diplomático, mercadólogo y especialista en comunicación política. Nacido en Cevicos, República Dominicana (1959), se formó en Educación con mención en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Posteriormente profundizó en el mundo del mercadeo y la comunicación: realizó postgrado en Mercadeo en la UCSD (donde también fue docente), obtuvo Maestría en Mercadeo en la PUCMM (donde impartió clases), y completó una especialización en Comunicación Corporativa (publicidad de imagen y relaciones públicas) en Young & Rubicam, Madrid, homologada por la Universidad Complutense. Su vocación diplomática se ha fortalecido con múltiples formaciones especializadas: Diplomado en Diplomacia Cultural (auspiciado por las Cancillerías de Costa Rica y El Salvador junto a la Embajada Dominicana en Costa Rica), Especialización en Negociación y Diplomacia Climática (INESDYC, Cancillería dominicana), y varios diplomados sobre la institucionalidad y el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), incluyendo niveles I y II con la Fundación Hanns Seidel (pendiente la presentación del trabajo final para optar por la Maestría). Como poeta, ha publicado 12 libros de poesía y sus textos aparecen en más de 15 antologías nacionales e internacionales, consolidándolo como una voz reconocida en la lírica dominicana y centroamericana. En el ámbito profesional, fue Director Creativo en las agencias de publicidad más importantes de República Dominicana entre 1987 y 2004. Ha ejercido como profesor universitario de marketing, publicidad y comunicación en instituciones de República Dominicana y El Salvador. Desde el año 2000 hasta la fecha (2025), ha trabajado como consultor estratégico en campañas políticas en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras. Actualmente reside en El Salvador, desde donde produce y conduce cada lunes a las 7:00 p.m. (hora local) el Podcast “Bitácora Centroamericana y Caribeña”, transmitido en vivo por YouTube y Facebook a través de la plataforma Cronio TV, espacio desde el cual analiza con profundidad la realidad política, cultural y geopolítica de la región.Un creador incansable que transita con naturalidad entre el verso, la diplomacia, la estrategia política y la reflexión centroamericana.
Opinet
Venezuela: la encrucijada entre el derecho a la vida y el imperio de la fuerza- Lisandro Prieto Femenía
“El derecho a la independencia política no está garantizado por un acto de voluntad; es el resultado de una historia en la que se entrelazan la fuerza, la ley y la legitimidad” (Arendt, 1958, p. 17).
La irrupción de fuerzas especiales norteamericanas en Caracas para extraer a Nicolás Maduro del territorio venezolano no representó únicamente un evento de violencia política extrema, sino que activó una tensión filosófica que ha perseguido a la modernidad desde su origen: la disputa irreconciliable entre soberanía, legitimidad y el ejercicio crudo de la fuerza.
Los relatos periodísticos coinciden en describir la operación como una intervención militar estadounidense de gran escala que culminó con la detención y traslado del tirano venezolano fuera de su territorio. Ahora bien, desde la perspectiva normativa, la captura- y la consiguiente ocurrencia de golpes, explosiones y riesgo de víctimas civiles- obliga a replantear cómo pensamos la soberanía estatal en clave de responsabilidad moral y legal.
Si comprendemos la soberanía como la facultad última de decisión de un pueblo sobre su propio destino dentro de un territorio determinado, debemos también reconocer que tal condición no puede ser un cheque en blanco absoluto ni permanecer indemne a la moralidad de los gobernantes de turno. El derecho internacional moderno protege la integridad territorial y la no intervención, pero también ha ido integrando el imperativo de la responsabilidad cuando el ejercicio del poder degenera en un atropello sistemático a la dignidad humana.
En este escenario, la soberanía deja de ser una abstracción jurídica para transformarse en un problema ético que demanda replantear la responsabilidad moral frente al abuso del poder. La cuestión crítica reside, precisamente, en cómo conciliar la protección de la vida y la dignidad humana frente a la defensa de la arquitectura jurídica que sostiene a los Estados.
Considerando este contexto, emerge entonces la aporía central de la tragedia venezolana: la parálisis de la soberanía interna frente a un régimen degenerado que ha corrompido, durante décadas, los mecanismos de expresión de la voluntad popular. Nos enfrentamos a la paradoja de un pueblo que, tras años de elecciones fallidas y una resistencia cívica y militar sistemáticamente desarticulada, se halla en una imposibilidad fáctica de resolver su propio destino.
Esta “impotencia soberana” plantea un dilema perturbador: si la auto-liberación es inviable debido a la desproporción de los medios de coacción del Estado, ¿se vuelve legítima la irrupción de una fuerza superior externa para resolver aquello que, de otro modo, permanecería estancado en la opresión? Al respecto, es necesario recuperar la noción de soberanía popular que sostiene que el poder reside en el pueblo, pero surge la interrogante sobre qué ocurre cuando ese pueblo ha sido despojado de toda posibilidad de actuar políticamente.
En su obra “Leviatán”, Thomas Hobbes ya advertía sobre la fragilidad del pacto social cuando el soberano incumple su función de protección: “La obligación de los súbditos con respecto al soberano se comprende que no ha de durar ni un momento más de lo que dure el poder mediante el cual tiene capacidad para protegerlos” (Hobbes, 1651/2017, p. 254). Sin embargo, en el contexto contemporáneo, la caída del protector no surge de una rebelión interna exitosa, sino de un actor ajeno que reclama para sí la ejecución de una justicia que el propio cuerpo político no pudo articular.
Esta situación de quiebre institucional y vulnerabilidad exterior no es, sin embargo, un acontecimiento fortuito o imprevisto. Como sostuve hace un mes en mi análisis titulado “Mientras Maduro baila, la soberanía de Venezuela se estremece”, existía ya una advertencia clara sobre cómo el vaciamiento de la institucionalidad democrática y la entrega de los resortes del Estado a una élite cerrada terminarían por herir de muerte la soberanía nacional, dejándola a merced de voluntades extranjeras. En dicho texto, se alertaba con precisión que “la soberanía no es sólo una declaración retórica de independencia, sino una praxis cotidiana de autodeterminación que, al ser asfixiada internamente, invita a la intervención como única vía de resolución, aunque ésta sea traumática” (Prieto Femenía, 2025). La incapacidad política interna para canalizar el conflicto y la degradación de la soberanía en un simple escudo para la impunidad del mando crearon las condiciones de posibilidad para que un poder externo se adjudique la facultad de decidir sobre el territorio y sus actores.
La advertencia sobre estos problemas de soberanía subrayaba que, cuando el Estado se divorcia del bienestar de su pueblo y se convierte en una estructura de ocupación interna, la “herida” de la soberanía se vuelve profunda e infecta. Este aviso filosófico y político se ha materializado el día 03 de enero de 2026 en la operación militar precitada, confirmando que la ausencia de una resistencia interna con capacidad de fuego o articulación política real deja un vacío que la geopolítica de la fuerza siempre intenta llenar. Así, lo que hoy vemos como una extracción quirúrgica, es, en realidad, el desenlace de un proceso de erosión soberana que ya había sido denunciado: “la verdadera soberanía se pierde mucha antes de que llegue el primer avión extranjero; se pierde cuando un pueblo ya no tiene voz ni medios para interpelar a sus gobernantes” (Prieto Femenía, 2025).
Esta paradoja se profundiza al observar la selectividad y la incompletitud de la intervención. Mientras Estados Unidos captura a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, la cúpula militar y política que ha servido de andamiaje corrupto al régimen permanece intacta en territorio venezolano. La permanencia de figuras clave como Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López plantea un escenario de soberanía fragmentada y peligrosa.
Lejos de desarticular la estructura pútrida de poder, la extracción precisa de la cabeza del Ejecutivo deja a la nación en manos de una casta militar que no sólo ha respaldado a Delcy Rodríguez en la vicepresidencia, sino que exige la liberación de Maduro, manteniendo el control de los medios de coacción (La Voz, 3 de enero de 2026). Esta realidad evidencia que la fuerza externa, por muy superior que sea, es incapaz de extirpar las raíces de un sistema cuando se limita a la captura de símbolos individuales, dejando atrás una estructura de mando que Infobae (2026) y Clarín (2026) describen como el verdadero núcleo de la resistencia del chavismo. Ahora bien, la pregunta filosófica aquí es si se puede hablar de “liberación” cuando el aparato represivo que sostuvo al tirano permanece incólume, detentando ahora de un poder quizás más errático y desesperado.
Esta praxis unilateral erosionada por la intervención extranjera genera una profunda contradicción entre el “hacer” externo y el “decidir” interno. El presidente constitucional en el exilio, Edmundo González Urrutia, ante la conmoción de los hechos, ha manifestado una postura que busca rescatar la acción de los ciudadanos frente al impacto del evento militar. Al afirmar que los venezolanos deben estar “listos para la gran operación de la reconstrucción de nuestra nación”, González Urrutia intenta trasladar el eje de la soberanía desde el acto de la fuerza estadounidense hacia la capacidad de reorganización de la sociedad civil (Perfil, 3 de enero de 2026).
Las declaraciones precedentemente explicitadas remarcan que la verdadera soberanía no se agota en la remoción física del opresor, sino la reconstrucción del Estado de derecho: “Nuestro compromiso es: lealtad al pueblo, a la libertad y al Estado de derecho. Nunca traicionaremos nuestros principios, esa será la base de la reconstrucción de la nación” (González Urrutia, citado en El Universal, 2026). Esta apelación a los principios democráticos actúa como un contrapeso necesario ante la narrativa de la “soberanía imperial”, recordando que la legitimidad de origen debe ser convalidada por una legitimidad de ejercicio que sólo el pueblo puede otorgar.
La captura forzada de un jefe de Estado por una potencia extranjera despliega, por tanto, dos familias de objeciones que no son mutuamente excluyentes. La primera alude a la legitimidad normativa: ¿puede una potencia externa vulnerar el principio de no intervención alegando una suerte de justicia transnacional? La segunda se centra en la eficacia política y ética: aún concediendo la justeza de quitar de la escena a un régimen represor, ¿es la violencia armada una vía que asegura una transición legítima, estable y justa?
La fuerza instrumental, cuando se despliega al margen de los procesos deliberativos, genera vacíos de poder que no necesariamente conducen a una restauración democrática, sino a nuevas formas de dependencia o resentimiento. Los registros de la operación en Caracas documentan impactos directos: daños en infraestructura, desplazamientos y pérdida de vidas, indicativos de que la violencia entraña costos humanos que difícilmente se compensan con la mera expulsión del individuo en el poder. En este punto, es fundamental diferenciar entre la intención y la consecuencia. Como bien señaló Kant en su obra “Sobre la paz perpetua”, “un Estado no es (como el suelo sobre el que tiene su sede) un haber (patrimonial). Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que él mismo tiene que mandar y disponer” (Kant, 1795/2012, p. 7).
Esta dinámica unilateral habilita una reciprocidad peligrosa donde la ley se vuelve instrumental a la voluntad del más fuerte, comprometiendo la seguridad jurídica global. Existe, además, un problema de representación moral: actuar en nombre de una población desde el exterior implica sustituir procesos autónomos de emancipación por soluciones impuestas. Criticar la intervención no equivale a defender al tirano decadente; mas bien, reivindica la prioridad de los procesos internos de soberanía, que, aunque falibles, tienen la ventaja de producir acuerdos comprensibles para la comunidad política. No se puede soslayar la dimensión realista: las democracias occidentales poseen medios materiales para incidir decisivamente, pero este ejercicio obedece a intereses geoestratégicos que a menudo anulan la voluntad popular que dicen defender.
Tras haber realizado este humilde análisis, nos queda claro que la extracción de un gobernante por fuerzas externas nos sitúa frente a una herida abierta que la política debe intentar sanar mediante la justicia y no mediante la fuerza bruta. Este escenario nos obliga a interrogar: ¿Es verdaderamente posible reinventar el derecho internacional para que proteja a los pueblos sin que éste se degrade hasta convertirse en un mero instrumento de dominación para los más poderosos? Si la parálisis interna de una nación es total y sus mecanismos democráticos han sido pulverizados por décadas de corrupción, ¿es la intervención extranjera el único remedio posible o es el síntoma definitivo de un sistema global que ha fracasado en garantizar la autonomía de los pueblos?
También, debemos preguntarnos qué tipo de prácticas garantizarían transiciones legítimas en contextos de autoritarismo extremo sin imponer soluciones externas que anulan la capacidad de actuar políticamente de la comunidad y su capacidad de autodeterminación, especialmente cuando tales intervenciones dejan intactas las estructuras militares que sostuvieron la tiranía. En última instancia, si la liberación se logra mediante la violencia ajena y parcial, ¿qué sentido profundo tendrá la libertad obtenida y quién se sentirá con el derecho de custodiarla en el futuro? Michel Foucault, en sus lecciones sobre el poder, recordaba que la libertad es una práctica y que “el derecho de soberanía es, pues, el que se aplica a la vida y a la muerte” (Foucault, 1976/2000, p. 218). Esta reflexión nos deja ante el desafío de concebir una imaginación política capaz de proponer alternativas a la violencia como eje de resolución, pues sólo a través de una institucionalidad robusta y el acompañamiento de procesos de reconstrucción interna se podrá evitar que la soberanía siga siendo un campo de batalla para los intereses ajenos.
Referencias
Arendt, H. (1958). Los orígenes del totalitarismo. Paidós.
BBC Mundo. (4 de enero de 2026). EE.UU. detiene a Maduro en una operación militar en Caracas y Trump dice que su país «gobernará» Venezuela hasta que haya una transición. https://www.bbc.com/mundo/articles/cz7z6zd8p7zo
Clarín. (3 de enero de 2026). Quiénes quedan en la cúpula del poder en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. https://www.clarin.com/mundo/chavistas-quedan-cupula-poder-venezuela-captura-nicolas-maduro_0_P9I8oZLcVt.html
CNN Español. (3 de enero de 2026). Así captura Nicolás Maduro Venezuela: trax. https://cnnespanol.cnn.com/2026/01/03/eeuu/asi-captura-nicolas-maduro-venezuela-trax
El Universal. (4 de enero de 2026). Captura de Maduro es «un paso importante, pero no suficiente»; Edmundo González llama a una transición democrática real. https://www.eluniversal.com.mx/mundo/captura-de-maduro-es-un-paso-importante-pero-no-suficiente-edmundo-gonzalez-llama-a-una-transicion-democratica-real/
Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1976).
Hobbes, T. (2017). Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1651).
Infobae. (3 de enero de 2026). Donald Trump confirmó que el dictador Nicolás Maduro fue capturado y extraído de Venezuela. https://www.infobae.com/venezuela/2026/01/03/asi-fue-resolucion-absoluta-la-operacion-encubierta-de-las-fuerzas-de-estados-unidos-para-capturar-a-maduro-en-venezuela/
Infobae. (3 de enero de 2026). Cómo queda la cúpula del régimen chavista tras la captura de Nicolás Maduro. https://www.infobae.com/venezuela/2026/01/03/como-queda-la-cupula-del-regimen-chavista-tras-la-captura-de-nicolas-maduro/
Kant, I. (2012). Sobre la paz perpetua. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1795).
La Nación. (4 de enero de 2026). Soplotes gigantes, un intento de fuga y decenas de muertos: salen a la luz nuevos detalles. https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/sopletes-gigantes-un-intento-de-fuga-y-decenas-de-muertos-salen-a-la-luz-nuevos-detalles-del-nid04012026/
La Voz. (3 de enero de 2026). El Ejército de Venezuela respaldó a Delcy Rodríguez y exigió la liberación de Nicolás Maduro. https://www.lavoz.com.ar/mundo/el-ejercito-de-venezuela-respaldo-a-delcy-rodriguez-y-exigio-la-liberacion-de-nicolas-maduro/
Le Grand Continent. (4 de enero de 2026). El secuestro de Maduro: análisis operacional y consecuencias estratégicas. https://legrandcontinent.eu/es/2026/01/04/el-secuestro-de-maduro-analisis-operacional-y-consecuencias-estrategicas/
Perfil. (3 de enero de 2026). Edmundo González Urrutia llamó a los venezolanos a prepararse para la “reconstrucción nacional”. https://www.perfil.com/noticias/politica/edmundo-gonzalez-urrutia-llamo-a-los-venezolanos-a-prepararse-para-la-reconstruccion-nacional.phtml
Prieto Femenía, L. (2025). Venezuela: ahora — hoy. El Litoral. https://www.ellitoral.com/opinion/venezuela-ahora-hoy-estados-unidos-nicolas-maduro-donald-trump_0_u4JJ8pxcDu.html
United States Department of State / Declaraciones del Presidente Donald J. Trump. (3 de enero de 2026). Fragmento de las declaraciones durante una conferencia de prensa sobre la captura de Nicolás Maduro.


