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Despreciando el culto a la ignorancia
Por: Lisandro Prieto Femenía
Para comprender cabalmente el sentido del título del presente ensayo, es preciso remontarnos al año 1985, cuando el escritor y científico Isaac Asimov alertaba sobre un fenómeno alarmante que ya se venía gestando en la sociedad, particularmente en occidente: el culto a la ignorancia. Esta denuncia de Asimov, lejos de ser una mera observación anecdótica relatada por un comentarista de noticias decadentes, se ha demostrado ser una crítica bastante acertada de las tendencias que han ido permeando en nuestra cultura, especialmente en la era de la información y la híper-conexión.
Es cierto, vivimos en un momento histórico donde la información nunca ha estado tan accesible, pero también donde la desinformación y la superficialidad del conocimiento se han propagado con una rapidez alarmante. El culto a la ignorancia, en su forma más nociva, no es simplemente la carencia de ciertos conocimientos, sino una actitud activa de desprecio hacia la experticia, la ciencia y el conocimiento profundo.
Pues bien, una de las características más inquietantes del culto a la estupidez es la tendencia a considerar que todas las opiniones tienen un mismo valor, sin importar la formación, el estudio o la experiencia detrás de ellas. La paradoja radica justamente en esto: vivimos en un mundo donde las redes sociales permiten que cualquier persona exprese su opinión, generando así una apariencia de igualdad superficial de voces que ha llevado a una visión distorsionada de la democracia.
La democracia, como sistema político, ahora es vista como un sinónimo de “todas las opiniones tienen el mismo peso”, lo cual nos ha traído a este pozo decadente desde un punto de vista moral, cultural y científico. Pues no, la democracia es otra cosa, más parecida a un espacio donde se valora la deliberación informada, el diálogo basado en hechos y la toma de decisiones fundamentadas y, particularmente, la democracia moderna, depende de la participación activa de los ciudadanos, pero esta participación no debería estar basada en la ignorancia ni en el desconocimiento de los temas fundamentales.
Los científicos, los expertos, los estudiosos en general, desempeñan un papel crucial en la construcción de una sociedad más justa y racional, contrariamente a lo que creen los patéticos terraplanistas y clientes de las constelaciones familiares del Siglo XXI. El trabajo de los especialistas no es sólo un asunto técnico, sino que tiene implicaciones profundas que repercuten en nuestra calidad de vida y en la toma de decisiones que nos afectan a todos por igual.
En este contexto, la ciencia es un producto del pensamiento crítico y de la evidencia, motivo por el cual los científicos no son infalibles, pero el proceso de investigación científica está diseñado para corregir errores, cuestionar hipótesis y construir un conocimiento que se aproxima cada vez más a la realidad, contrariamente a los aportes que podría brindar un youtuber o una señora que se llama Marta, leyendo la borra del café de la mañana. En este sentido, los expertos sí tienen un valor esencial que no debería ser ignorado: a lo largo de la historia, los avances científicos han permitido que la humanidad alcance logros impensables, desde el control de enfermedades hasta el descubrimiento de muchas leyes fundamentales del universo.
Contrariamente al pensamiento oscurantista postmoderno, la ciencia no es un conocimiento “elitista”, sino más bien una herramienta que nos permite mejorar nuestra calidad de vida y superar innumerables desafíos: desde la medicina hasta la tecnología, la ciencia está en el corazón de muchos de los avances que han transformado nuestra sociedad. Sin embargo, en estos tiempos patéticos, somos testigos de un creciente escepticismo hacia la ciencia, alimentado por una desinformación adaptada al intelecto del consumidor promedio que se difunde con extrema rapidez. Este fenómeno no sólo pone en peligro la integridad de nuestras instituciones, sino que también amenaza con nuestra capacidad para abordar tanto problemas domésticos como globales, como la violencia intrafamiliar o el cambio climático, las pandemias y las crisis políticas.
Lo precedentemente enunciado no es otra cosa que el peligro que implica la simplificación atroz del pensamiento y la innecesaria importancia que se le está dando a la nefasta «opinión popular». Es cierto, vivimos en un mundo saturado de información que no sirve para nada, más la tendencia a simplificar los problemas complejos y buscar respuestas fáciles y rápidas son parte del paquete perezoso reinante del ciudadano promedio. Las plataformas de redes sociales dan lugar a lo que podríamos llamar «opinión pública», en la cual las personas, sin la formación adecuada, se sienten habilitadas para opinar sobre temas complejos sin considerar las implicaciones de su falta de conocimiento.
Este fenómeno tan triste, se ve reflejado en el desprecio por los expertos, la promoción de teorías conspirativas delirantes y el rechazo de la evidencia científica en favor de creencias populares de muy dudosa procedencia y credibilidad. En definitiva, el culto a la ignorancia se manifiesta también en la exaltación de la institución frente al conocimiento riguroso en sí: la creencia de que la experiencia personal o la «sabiduría común» son más valiosas que el conocimiento organizado y acumulado con rigurosidad a lo largo de de los años de estudios autorizados, es una falacia peligrosa. Y sí, amigos míos, aunque sea políticamente incorrecto, hay que decirlo, la ignorancia es atrevida, y mucho más cuando es considerada una forma legítima de conocimiento, junto con las opiniones que no deberían ser tenidas en cuenta sólo por su volumen de seguidores o por el ruido que generan en los medios masivos de distracción, mal llamados «de comunicación».
Ante semejante panorama, es necesario que nos preguntemos: ¿Qué responsabilidad nos cabe como sociedad, ante la decadencia sin precedentes del conocimiento? Pues bien, se supone que en una sociedad democrática, el conocimiento debe ser respetado y protegido, y los expertos deben tener el espacio necesario para comunicar sus hallazgos y reflexiones sin temor a ser descalificados por opiniones infundadas de ignotos adictos a la estupidez. En este sentido, los ciudadanos tenemos la responsabilidad- aunque no quieran asumirla- de educarnos y buscar fuentes confiables de información, en lugar de sucumbir a la tentación de confiar en «opiniones populares» que no están fundamentadas en el conocimiento profundo de los temas.
En definitiva, el verdadero reto al que nos enfrentamos es el de crear una sociedad que deje de aplaudir el oscurantismo anticientífico y anti-racional y reconozca la importancia de los expertos en la toma de decisiones. Esto no significa que los ciudadanos deban rendirse ante el autoritarismo científico, sino que deben estar dispuestos a aprender, a cuestionar de manera crítica y a distinguir entre lo que está fundamentado en evidencia y lo que es simplemente un delirio ridículo de redes sociales. No se trata, solamente, de una cuestión intelectual o epistemológica, sino de un asunto extremadamente importante desde un punto de vista político: una sociedad mediocre, inculta, orgullosa de ser ignorante y pedante, no puede exigir tener funcionarios con un desempeño ético e intelectual superior al que ella detenta. Es injusto que en cargos de toma de decisiones científicas e industriales se encuentren pigmeos de extrema ignorancia y de muy baja capacidad intelectual para realizar un verdadero aporte al progreso de la sociedad (motivo por el cual les estamos pagando, en vano, con nuestros impuestos).
En fin, queridos lectores, creo que tenemos que apuntar hacia una sociedad informada y más crítica. El culto a la estupidez, al «se dice que», a la ignorancia, es una amenaza real para el progreso y el bienestar colectivo. La ciencia, la investigación rigurosa y la experticia son esenciales para abordar los desafíos de este presente decadente que ya tiene la forma de una «edad oscura». Es crucial que, como sociedad, aprendamos a reconocer el valor del conocimiento y a no permitir que las opiniones ridículas sin fundamento eclipsen las voces de quienes sí han dedicado sus vidas a estudiar y a comprender el mundo. Solo a través del respeto al conocimiento exhaustivo, podemos avanzar de manera responsable hacia un futuro menos idiota, más justo y equitativo, en el cual los que más saben no tengan vergüenza de hablar ni pudor para aportar soluciones a lo que más abunda, a saber, problemas que requieren una urgente solución.
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«Brújulas sin cielo en un mundo de lobos: Manual de resistencia para el 2026»- Lisandro Prieto Femenía.
« ¿Y si renunciamos a la esclavitud voluntaria? Quizás allí, en ese acto de desobediencia ontológica, resida la última posibilidad de recuperar nuestra humanidad en un tiempo que nos prefiere autómatas».
Lisandro Prieto Femenía, marzo de 2025.
El año 2025 se extingue para mí no como un simple segmento cronológico, sino como el testimonio de una fractura ontológica en la estructura de nuestra civilización. A lo largo de este ciclo, mi labor de escudriñar la realidad ha dejado de ser un ejercicio académico para transformarse en una urgencia de vigilia: lo que he sentido en juego es la supervivencia de la facultad de juzgar en un mundo asediado por el estupor. Los sucesos analizados —desde el silenciamiento de periodistas en Gaza hasta la orfandad judicial en Argentina— nos sitúan en un escenario donde la razón ha dejado de ser brújula para convertirse en un susurro frente al estruendo de la intolerancia. Esta orfandad de sentido me ha obligado a interrogar a un tiempo que ha renunciado a la profundidad en favor de una superficie mediática donde el horror se consume con la indiferencia de quien ha perdido su centro de gravedad moral.
La crisis educativa que he denunciado no es una falla técnica, sino un proyecto de desarticulación del sujeto. Al preguntarme “¿Por qué destrozaron la calidad educativa?”, identifiqué una miopía deliberada que busca convertir el aula en un centro de instrucción funcional. Como sostiene Hannah Arendt en Entre el pasado y el futuro (1993), «la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él» (p. 201). Sin embargo, lo que observo es un desamor por el mundo: una pedagogía del descarte que ensaña con la sensibilidad de los niños e invisibiliza la discapacidad, tratando la vulnerabilidad como una anomalía del sistema. Esta «miopía educativa» que he criticado en los ministros de turno no es otra cosa que el abandono de la formación del carácter en favor de una tecnocracia vacía.
Como planteé en “¿Y si no todo es una construcción del lenguaje?”, el intento de disolver la realidad biológica en relatos ideológicos ha dejado a las nuevas generaciones en una esclavitud voluntaria. Esta deshumanización técnica encuentra su eco en la perversión de la justicia argentina. Al abordar el caso de Alejandro Otero y las falsas denuncias, expuse cómo la justicia, al abandonar la presunción de inocencia por el relato, incurre en una tecnología de poder que ya no busca la verdad, sino la gestión de la culpabilidad social. En este contexto, la orfandad judicial que sufren los inocentes es el síntoma de una sociedad que ha reemplazado el derecho por la ideología, convirtiendo el dolor humano en una estadística funcional para el aparato estatal.
En el terreno de lo público, el 2025 ha revelado el rostro más sombrío de la política: la legitimación de la violencia como herramienta de control. Mi análisis sobre el “ataque a periodistas en Gaza” no fue una crónica de guerra, sino una denuncia sobre el asesinato de la mirada. Al silenciar a periodistas de Al Jazeera, se busca aniquilar la ética de la guerra, esa que separa la defensa legítima de la masacre indiscriminada. Esta violencia se conecta con el “asesinato de Charlie Kirk”, donde la desaparición del espacio de diálogo precede a la eliminación física. Como advirtió Arendt, la violencia aparece precisamente allí donde el poder —entendido como la capacidad de actuar en concierto— se desvanece, dejando en su lugar solo la fuerza bruta del exterminio.
He denunciado la resurrección del “macartismo y la persecución a la disidencia”, donde el anticomunismo rancio opera como mordaza. En mi análisis sobre “poder y ciudadanía”, señalé el divorcio abismal entre la élite y el pueblo: los gobernantes ya no escuchan la angustia de los gobernados, sino que administran su hambre e inseguridad mediante operativos policiales que muchas veces terminan en matanzas injustificadas. Geopolíticamente, el drama de “Venezuela” y la “sumisión europea” confirman la fatiga de Occidente. Como advierte Michel Houellebecq en su obra, la sumisión es el síntoma de una cultura que se avergüenza de su pasado y claudica ante ideologías teocráticas por pura inercia existencial. Esta «fatiga de ser» europea es el espejo donde debemos mirarnos antes de que nuestro propio desprecio por las raíces nos deje a merced de la barbarie.
Este panorama se agrava con el declive intelectual de la razón eclesiástica. He denunciado una tibieza institucional que abdica de la Verdad en favor de una corrección política funcional al sistema, dejando a los fieles en un desierto de sentido. Aquí cobra vigencia mi pregunta: “¿Y si leemos bien a Nietzsche?”. El nihilismo pasivo es lo que permite que el «bodrio» cultural sustituya al arte y que la masa elogie a los imbéciles. Friedrich Nietzsche advertía que el nihilismo es la desvalorización de los valores supremos; cuando el templo se corrompe y el logos se retira de la jerarquía, el hombre queda a la intemperie, vulnerable a cualquier forma de fanatismo que prometa un orden ficticio.
Ante esta vacuidad, he reivindicado la “filosofía y la literatura” como las únicas revoluciones de paz capaces de sostener la libertad frente al autoritarismo. La palabra literaria, cuando es honesta, actúa como un disolvente de las mentiras ideológicas, permitiéndonos recuperar la capacidad de asombro y la autonomía de pensamiento. La verdadera libertad no se encuentra en las urnas que administran la miseria, sino en la profundidad de un texto que nos obliga a confrontar nuestra propia finitud. Esta resistencia desde la palabra es lo que he intentado sembrar en cada artículo, entendiendo que la cultura es el último campo de batalla donde todavía es posible defender la dignidad de lo humano frente al avance de lo autómata.
Frente al abismo de la razón posmoderna, propuse una “interrupción de la carne”. En mis reflexiones sobre la Natividad y el Pesebre, planteo que la Navidad es un acto de resistencia ontológica. La Encarnación es el recordatorio de que no somos construcciones del lenguaje ni peones geopolíticos; somos carne que sufre y ama. El Pesebre es la antítesis de la «intolerancia salvaje»: allí, la fragilidad de un recién nacido desafía la omnipotencia de los imperios modernos. La Navidad, leída desde esta profundidad, nos exige un cuidado del otro que va más allá de la filantropía liberal; es un compromiso absoluto con la vida en su estado más puro y desprotegido.
En este sentido, rescaté la “rebeldía en Nepal”: una juventud inspirada en Albert Camus, quien en El hombre rebelde (1951) afirmaba que la rebeldía es el movimiento que afirma la solidaridad humana. « ¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero si se niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento». Esta juventud nepalí, al igual que los que resisten la impunidad en Argentina o el genocidio en Gaza, representa la afirmación de que existe un límite que el poder no puede traspasar sin destruir su propia legitimidad. La rebeldía es la respuesta vital ante el absurdo de un sistema que pretende legislar sobre nuestra propia esencia carnal.
Finalmente, mi propuesta de una “brújula sin cielo” se nutre de este misterio: es la conciencia de nuestra finitud, el «ser-para-la-muerte» de Heidegger, lo que otorga peso a nuestra exigencia de justicia. La recuperación de la “Madre” como matriz biológica y espiritual es la defensa de la realidad frente a la quimera técnica que pretende rediseñarnos. Si el 2025 ha sido el año del naufragio de la palabra pública, debe ser también el año en que aprendamos a hablar de nuevo desde el silencio del Pesebre, desde la verdad de la carne que no miente y desde la rebeldía que se niega a aceptar la nada como destino.
Al cerrar este anuario, las preguntas son un imperativo existencial: ¿Es mi denuncia de la impunidad judicial y del asesinato de periodistas en Gaza un grito que puede horadar la sordera de un sistema que se ha vuelto verdugo? Si la justicia ha abandonado la presunción de inocencia y la política ha abrazado el exterminio bajo operativos militares en barriadas, ¿qué espacio nos queda para la libertad más allá de la rebeldía camusiana?
¿Es posible que la «esclavitud voluntaria» denunciada en marzo se haya vuelto el tejido mismo de nuestra cotidianeidad bajo el peso de la desinformación sistémica? ¿Podemos hablar de una brújula moral mientras el desamparo del alma es administrado por gobernantes que nos prefieren armados los unos contra los otros o sumidos en el macartismo? No obstante, persiste una luz. Mi esperanza para el 2026 no reside en salvadores externos, sino en la capacidad de reconstruir la comunidad desde la verdad de la carne y el coraje de nombrar al mal por su nombre.
¿Tendremos el valor de habitar la desolación con la dignidad de quien sabe que la defensa de lo humano es la única tarea que justifica el aliento? Quizás el mayor impacto emotivo de mi labor sea descubrir que, a pesar de la claudicación de las instituciones y la violencia de los poderes globales, aún somos capaces de indignarnos ante la impunidad y de arrodillarnos ante el misterio del Pesebre. Esa es nuestra última frontera: la negativa a ser nada en un mundo que nos invita, cada día, a desaparecer.
Referencias bibliográficas
· Arendt, H. (1993). Entre el pasado y el futuro: Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Península.
· Camus, A. (1951). El hombre rebelde. Losada.
· Hegel, G. W. F. (2010). Fenomenología del espíritu. Abada Editores.
· Nietzsche, F. (2011). Así habló Zarathustra. Alianza.
· Prieto Femenía, L. (2025). Macartismo y anticomunismo: la persecución a la disidencia. El Litoral.
· Prieto Femenía, L. (2025). Ética de la guerra: el ataque a periodistas en Gaza. El Litoral.
· Prieto Femenía, L. (2025). Nepal y la generación de rebeldía: una lectura desde Camus. El Litoral.
· Prieto Femenía, L. (2025). Impunidad judicial en Argentina: el caso Alejandro Otero y las falsas denuncias. El Litoral.
· Prieto Femenía, L. (2025). ¿Por qué destrozaron la calidad educativa? La Voz de Rosario.
· Prieto Femenía, L. (2025). Analizando el declive intelectual de la razón eclesiástica. La Voz de Rosario.
· Prieto Femenía, L. (2025). El Pesebre ante la sombra de la intolerancia salvaje. Diario Siglo XXI.
· Prieto Femenía, L. (2025). La brújula sin cielo: moral, finitud y sentido desde el agnosticismo. La Voz de Rosario.
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Estados Unidos “recupera” la alianza con el Triángulo Norte en C.A.
El triunfo de Nasry Asfura en Honduras marca una reconfiguración geopolítica clave en Centroamérica. El Triángulo Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) se renueva como bloque articulado con Estados Unidos, particularmente bajo la lógica de seguridad, control migratorio y orden territorial impulsada por Donald Trump.
Este reagrupamiento presenta asimetrías y retos internos que condicionan su alcance.
🛂 SEGURIDAD. Guatemala y Honduras enfrentan graves problemas de inseguridad, narcotráfico y penetración del crimen organizado. Esta realidad amplía la dependencia geopolítica y se convierte en un eje central de la relación con Estados Unidos. En este escenario, los cárteles mexicanos han trasladado parte de su guerra a la frontera sur con Guatemala. Honduras, además, carga con el precedente de narcoestado, el caso del indultado JOH y la continuidad de operaciones criminales en amplios territorios.
🐼 CHINA. El Salvador y Honduras mantienen relaciones con China, principal rival estratégico de Estados Unidos. Guatemala, por su parte, conserva vínculos con Taiwán, aliado clave de Washington. Este es un punto sensible por resolver. No es casual que Asfura haya prometido en campaña “revisar” la relación con China.
👨💼 ESTABILIDAD POLÍTICA. Guatemala y Honduras reflejan política partidaria voluble, lo que puede complicar reformas, leyes especiales y acuerdos necesarios para ejecutar planes conjuntos con el gobierno estadounidense.
En este contexto, Washington busca un Triángulo Norte predecible y cooperante, articulado con una agenda común que consolide un bloque aliado funcional en la región.
Desde la óptica estadounidense, el Triángulo Norte cumple tres funciones críticas:
➡️ Primer anillo de contención migratoria
➡️Zona clave contra el narcotráfico y el crimen transnacional
➡️Barrera geopolítica frente a la expansión de China en infraestructura crítica (puertos y aeropuertos, telecomunicaciones, comercio, minería entre otros)
♟️ En el tablero regional, Costa Rica y Panamá avanzan con acuerdos estratégicos con Washington, apostando por estabilidad, cooperación y negocios. En contraste, Nicaragua seguirá siendo el punto disonante: confrontativa, fuera de la arquitectura de seguridad y cooperación hemisférica reforzada por EE. UU., con afinidad con Venezuela y Cuba y una influencia determinante de China.
Centroamérica entra en una nueva fase: menos ambigüedad geopolítica y más presión por resultados en seguridad y gobernabilidad.El futuro del istmo está en juego.

Gabriel Trillos
Asesor en Comunicación Estratégica
Análisis de realidad contextual
Comunicador con más de 30 años de experiencia
Ex director de medios de comunicación
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El pesebre ante la sombra de la intolerancia salvaje
«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria». (Juan 1:14, Biblia de Jerusalén, 2009, Bilbao: Desclée de Brouwer, p. 1532)
La controversia pública que ha permeado las recientes semanas se manifiesta como un fenómeno poliédrico que desafía la estabilidad simbólica y la paz social de Europa- Los hechos registrados por medios internacionales como Euronews, Swissinfo, Infobae, National Geographic, Gaceta y ABC no pueden ser despachados como meras anécdotas aisladas.
La instalación de un belén compuesto por figuras sin rostro en la Grand-Place de Bruselas, calificado bajo el patético eufemismo de «inclusivo» pero percibido como una profanación de la identidad iconográfica, el asedio a los grandes almacenes en París que se han visto imposibilitados de instalar decorados navideños por presiones sociales, la cancelación de mercadillos históricos en el sur de Francia y el alarmante debate en Alemania sobre la incapacidad policial para garantizar la integridad de los asistentes frente a la amenaza terrorista, configuran un mapa de la retirada de Occidente de su propio espacio público.
Ante este escenario, donde figuras políticas «controvertidas» como Giorgia Meloni reivindican el pesebre de Belén como un emblema irrenunciable de la civilización, surge una pregunta que trasciende la gestión urbana: ¿estamos ante signos de una transformación civilizatoria que obliga a Occidente a mutar su estilo de vida por la fuerza, o ante una serie de fenómenos que hemos apresurado a unificar bajo la metáfora de la invasión? Analizar estos hechos con disciplina interpretativa exige separar lo verificable de la construcción retórica, evaluando las causas múltiples para proponer respuestas racionales y democráticas que no sacrifiquen libertades fundamentales en el altar del miedo.
Para abordar esta complejidad con rigor, debemos alejarnos de la hermenéutica social monocausal que reduce toda tensión a la presencia de un islam violento, pero sin caer en la ceguera de ignorar la voluntad de dominio que se esconde tras la intolerancia radicalizada. Por ejemplo, Hannah Arendt, en su obra «Los orígenes del totalitarismo», arroja luz sobre el riesgo de las ideologías que anulan el pensamiento individual al señalar que lo que distingue al totalitarismo no es tanto su extremismo cuanto su composición de masas movidas por un ideario que sustituye el pensamiento por la repetición (Arendt, H., 2003, Barcelona: Paidós, p. 412).
No obstante, el rigor analítico nos obliga a confrontar una dialéctica de valores donde la hospitalidad cristiana, raíz de la identidad occidental, se ve hoy asediada por una fuerza que utiliza la fe como instrumento de coacción y profanación. Esta hospitalidad no es una debilidad claudicante ni una tolerancia vacía, sino que se asienta en el mandato del ágape y la «caritas»: una apertura al otro que busca la paz y el reconocimiento de la dignidad. No olvidemos que Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) sostenía que la fe cristiana ha creado una cultura de la hospitalidad que permite la existencia del otro en su diferencia, siempre que esta no destruya el fundamento mismo de la convivencia humana (Ratzinger, J., 2005, Madrid: Taurus, p. 89).
<<La hospitalidad no es solo una virtud de acogida, sino la esencia misma de una civilización que se reconoce en el amor al prójimo como imagen de lo divino». (Ratzinger, J., 2005, La fraternidad cristiana, Madrid: Taurus, p. 112).
Ahora bien, centrémonos por un instante en la figura que representa una ofensa para este malón de lúmpenes violentos e ignorantes. En el corazón de esta disputa simbólica, el pesebre emerge no como una estructura de poder o una amenaza identitaria, sino como la manifestación estética de la kenosis divina: un anonadamiento de Dios que se hace pequeño para encontrar al hombre.
Desde una reflexión teológica, el pesebre es un signo potentísimo de humildad que subvierte la lógica del dominio. Tal como señaló Hans Urs von Balthasar en Gloria, la belleza de lo sagrado en el cristianismo no se impone por la fuerza, sino por la irradiación de un amor que se entrega sin condiciones. En este sentido, el pesebre representa la paradoja de un Dios que, lejos de exigir sumisión mediante el terror, se expone en la fragilidad de un recién nacido, ofreciendo un paradigma de perdón y respeto absoluto por la libertad del otro. Esta «debilidad» de Dios es, en realidad, una fortaleza ética que invita a la esperanza y propone una convivencia basada en la vulnerabilidad compartida y no en la hegemonía teocrática.
Complementariamente, RémiBrague, en su obra Europa, la vía romana, refuerza esta idea mediante el concepto de «segundidad»: la esencia de la cultura europea radica en su capacidad de reconocerse heredera de una alteridad. El pesebre es el símbolo máximo de esa segundidad, pues presenta a un dios que «viene de fuera» para habitar lo cotidiano. Sin embargo, esta apertura entra en colisión directa con la violencia intolerante musulmana que, en sus vertientes extremas, se presenta como una cultura de «primariedad» absoluta, buscando la sustitución totalitaria del espacio sagrado del anfitrión.
Esta categoría (secondarité) describe la experiencia de quien se sabe heredero de una fuente anterior a la que no puede sustituir, sino que debe interpretar y transmitir. Europa es «romana» en el sentido de que Roma no inventó sus contenidos culturales (que eran, en su gran mayoría, griegos), sino que se posicionó como el puente que permitió su pervivencia. En su obra fundamental, Brague define esta estructura de la siguiente manera: «Ser «romano» es tener la conciencia de que lo que se transmite no nos pertenece, de que somos los segundos con respecto a una fuente que es mayor que nosotros mismos y que nos precede en dignidad» (Brague, R., 2005, Europa, la vía romana, Madrid: Editorial Gredos, p. 54).
Esta disposición ontológica explica por qué la hospitalidad cristiana y la apertura de occidente no ha sido, históricamente, signo de debilidad, sino la manifestación de una cultura que sabe que su supervivencia depende de su capacidad de acoger una alteridad fundante. Sin embargo, la crisis actual en ciudades europeas surge cuando esta «segundidad», totalmente desvirtuada por la agenda posmo-progre decadente, se enfrenta con la cosmovisión extremista, la cual no se presenta como interlocutor legítimo, sino que buscan la sustitución totalitaria de la memoria del país que los acogió.
<<Si no puedes cambiar la dirección del viento, ajusta las velas de tu barco», escribió Epicteto, pero la época exige saber si acaso no nos piden que quememos la embarcación. (Epicteto, Manuel trodugión 00stollopon132008)
La resistencia simbólica- la defensa del rostro en el Belén o la persistencia de los mercados navideños no es, desde la perspectiva de Brague, una cerrazón chovinista. Es, por el contrario, la defensa de la «segundidad» misma: el derecho a seguir siendo el cauce de una herencia que se reconoce limitada pero valiosa. Pues bien, si Europa renuncia a sus símbolos por miedo o por una malentendida neutralidad, no está siendo más inclusiva, sino que está traicionando la estructura romana que le permitía, precisamente, ser el espacio de encuentro para lo diferente. La capitulación ante la intolerancia radicalizada significaría el fin de la vía romana y el inicio de un tiempo donde la «primariedad» del más fuerte borraría el derecho a ser «segundo», es decir, el derecho a heredar y respetar una historia que nos precede y nos constituye.
La resistencia simbólica en las capitales europeas frente a la mutilación de los belenes no es un acto de exclusión, sino la defensa de un símbolo que predica la humildad frente a la soberbia del fanatismo. La figura borrada de Bruselas es una afrenta a la visibilidad de la encarnación, esa verdad teológica que afirma que lo divino tiene un rostro humano y, por tanto, merece respeto y no ocultamiento.
Por su parte, San Agustín de Hipona nos ofrece una clave fundamental para entender este conflicto al definir la paz como la tranquillitas ordinis o la tranquilidad del orden, es decir, una disposición de las cosas que atribuye a cada una su lugar justo (Agustín de Hipona, 2007, Madrid: Gredos, p. 543).
En la Europa posmoderna, la seguridad debe ser la protección de este orden que permite a la cultura de la hospitalidad y al signo del pesebre sobrevivir sin ser desplazados por la amenaza. Cuando los Estados cancelan un rito para evitar ofensas, rompen la tranquillitas ordinis y permite que la intolerancia ignorante y violenta dicte la forma de nuestra vida común.
<<La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden; y el orden es la distribución de los seres iguales y desiguales, que da a cada uno su lugar». (Agustín de Hipona, 2007, La ciudad de Dios, Madrid: Editorial Gredos, p. 542).
Esta tensión pone en jaque, también, el principio de John Stuart Mill, quien sostiene que la única finalidad del poder es prevenir el daño a otros (Mill, J. S., 1999, Madrid: Alianza Editorial, p. 78). Queda claro que el daño, hoy, se manifiesta en la erosión progresiva del espacio simbólico. Paralelamente, George Orwell nos avisó que si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper al pensamiento (Orwell, G., 1996, Madrid: Alianza Editorial, p. 252): Ilamar «inclusión» a la eliminación de los rostros en un pesebre es una clara perversión semántica que oculta la capitulación progre ante la intolerancia que no soporta la humildad del signo cristiano.
La «plaza» sin adornos que hoy vemos transformada es el reflejo de una sociedad que ha comenzado a dudar de su propia legitimidad moral frente al salvajismo intolerante. Si el pesebre es, como hemos argumentado, un signo de esperanza y perdón, ¿qué mensaje enviamos al futuro al permitir que sea profanado o escondido por miedo a quienes sólo conocen el lenguaje de la imposición barbárica? Resulta imperativo reflexionar si una democracia puede sobrevivir si confunde la tolerancia con el renunciamiento ante quienes desprecian sus símbolos más profundos y sagrados, permitiendo que el espacio común sea despojado de su rostro por el simple hecho de no ofender a la violencia.
¿Hasta qué punto la autonegación de lo sagrado en nombre de una supuesta neutralidad pluralista no es, en realidad, una invitación directa a la ocupación cultural por parte de quienes no respetan la diversidad de la hospitalidad cristiana? Debemos cuestionarnos con urgencia cómo evitaremos que la política del miedo nos transforme finalmente en extranjeros en nuestra propia tierra, limitando nuestra existencia a una supervivencia biológica despojada del espíritu que el rito y la historia otorgan a nuestras vidas.
Por último, queridos lectores, ¿es el pesebre una amenaza para la paz, o es acaso la última frontera de una paz verdadera que se niega a ser sustituida por la tranquilidad de los cementerios? ¿Estamos aún a tiempo de defender la tranquilidad del orden que nos permite ser nosotros mismos, o hemos aceptado ya que la figura borrada del belén de Bruselas sea el único espejo donde nos atrevemos a mirarnos?


